Nada procedente del poder ni la fuerza ha causado, movido ni ayuda a ninguna conversión religiosa, sino lo contrario. Sólo en la santidad resuena el Espíritu Santo a los demás y suele tener forma de pequeña semilla. Recordemos a Elías Valiña que comenzó a sembrar pequeñas flechas amarillas y lo que comenzó con medio centenar de peregrinos se ha convertido cada año en mucho más de medio millón.
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En 1957, el cura gallego Elías Valiña eligió ser párroco en O Cebreiro, Lugo, donde vivían tan solo 300 habitantes ―en 1970 había 900 empadronados en todo el municipio―, y permaneció allí durante 32 años. Desde ese pequeño lugar de la montaña inició como un pequeño peregrino la recuperación del Camino de Santiago hasta lograr como un gigante de la cultura su reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad, Itinerario Cultural Europeo y recibir el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Pero todo comenzó como una pequeña flecha amarilla en un camino olvidado de un paisaje remoto.
Reabrir caminos
En la década de los 70, en muy distantes puntos del Camino se fue asentando un pequeño grupo de curas y laicos que convirtieron sus casas y parroquias en albergues, rehabilitaron iglesias, monasterios y volvieron a abrir viejos albergues abandonados. Además de a Elías, recuerdo con mucho cariño al cura José María Alonso Marroquín, el santo de las Sopas de Ajo, quien nos recibió, dio de cenar y lugar para dormir en el monasterio de San Juan de Ortega ―cuya rehabilitación llevó a cabo con amigos y sus manos piedra a piedra―, ayudado por sus hermanas Julia y Delfina. Recuerdo la profunda conversación de noche alrededor de la sopa con él y nuestra pequeña compañía de jóvenes, varios peregrinos extranjeros de Holanda y Alemania, y una persona belga que redimía su pena de prisión. A la mañana siguiente todos partimos siendo profundamente más peregrinos y humanos.
Desde aquella pequeña parroquia popular y rural do Cebreiro, Elías Valiña comenzó a recuperar los caminos ya olvidados a Compostela, limpió las sendas tomadas por silvas y árboles caídos, y pintó las famosas flechas amarillas que se han convertido en un referente mundial. Humildemente, sumando cada vez más personas a la ardua e imprevisible labor de recuperar los caminos para nuevos peregrinos, dedicó toda su vida a acoger hospitalariamente peregrinos, curar sus pies heridos, dar de comer gratis tras la laboriosa subida do Cebreiro.
La semilla multiplicada por ocho mil
En el año 1970, cuando Elías llegó a aquella remota parroquia rural en la profundidad del corazón montañoso de Galicia, hicieron el Camino de Santiago 68 personas. En 2025 ya fueron 530.987 peregrinos los que solicitaron la Compostelana siguiendo aquellas flechas amarillas, el 57% no eran españoles. La pequeña semilla de mostaza de Elías Valiña se ha multiplicado por 7,8 mil veces, y el número de peregrinos por los más variados caminos no cesa de subir. Tengamos en cuenta, además, que no todos los peregrinos solicitan la Compostelana y se estima que los números son alrededor de un 22% mayores.
El 77% de los peregrinos que piden la Compostelana declaran que tienen una motivación religiosa para haber hecho el Camino. ¿Cuántos cientos de miles de personas habrán experimentado una conversión vital o religiosa haciendo el Camino en todos estos años?
Según las precisas estadísticas de la Oficina de Acogida al Peregrino, en el primer cuarto del siglo XXI han realizado el Camino de Santiago ―y pedido la Compostelana―, un total de 5.787.654 peregrinos. Si sumamos la estimación del 22%, se superan los 7 millones de peregrinos de 2000 a 2025.
Un modelo inspirador para la Evangelización
El ejemplo de Elías Valiña es inspirador para el nuevo fenómeno de camino hacia la fe de personas adultas, las nuevas peregrinaciones vitales a Dios, que la mayor Peregrinación de la humanidad desde el origen en todos los lugares y lo seguirá siendo hasta el final de los tiempos.
El movimiento de peregrinos compostelanos es sin lugar a duda el mayor acontecimiento de conversión religiosa de Europa, y un gran modelo pastoral que debería inspirarnos a todos. Como en el siglo XIX, los caminos al encuentro con Cristo han ido siendo menos frecuentados, olvidamos los caminos de nuestros padres, abuelos y ancestros. Algunos caminos se han llenado de piedras, leños caídos y silvas, otros ya se han perdido o muy pocas personas los andan, leen los libros, escuchan la música, admiran las iglesias. Hay menos lugares donde sentir una comunidad viva y muchos vecindarios carecen de una parroquia abierta y acogedora donde los peregrinos de la vida puedan alimentarse, alentarse, celebrar, pensar la siguiente etapa y encontrar compañeros de camino.
Nos toca abrir los caminos primeros, como aquel que siguió Felipe de Betsaida hasta su amigo Natanael, que estaba en la higuera, durmiendo bajo su sombra; hay que volver a pintar flechas amarillas por las calles, en las puertas de nuestras casas, en las parroquias, en las escuelas. La sabiduría del camino de los Encuentros nos ayuda a ayudar en una peregrinación en la que todos somos siempre peregrinos, aunque hayamos pasado varias veces por un mismo lugar. La libre conversación, las muchas motivaciones, la compañía y tolerancia, la acogida u hospitalidad, la ternura y paz, la ayuda a cualquiera.
En el camino de los Encuentros se experimenta cada día el gusto por saludar al desconocido con el “¡Buen camino!”, los inesperados diálogos de profundidad con quien menos te esperas, la palabra y el gesto oportuno, el tiempo de silencio, meditación y oración; la celebración alrededor de la cena fraternal con todos, gente de todas edades, mayores hablando con jóvenes, niños que caminan sintiendo que protagonizan una aventura, la vida sencilla y humilde del peregrino… He organizado el Camino de Santiago con personas sin hogar y pobres y ricos conviven sin saber quién es quién, pero los que tanto conocen la calle nos enseñan a cómo vivir por los caminos. La gratitud con los hospederos, los buenos e imprescindibles consejos, la ternura y cuidado con que te curan las ampollas y lesiones, sentir los propios límites, las lágrimas y también las risas, darle vueltas a tu vida, quedarse extasiado ante los paisajes, oír los pájaros acompañándote parte del camino, el color y olor de los brezos, sentir el Sol, lluvia y nieve, animar y que te animen. A veces sigues porque te pones tras los talones de otro peregrino que te acompaña y tira de ti.
Nunca se deja tirado a nadie. Decidimos juntos qué hacer. Es una gran experiencia verdadera de reconexión con la realidad, el cuerpo, la naturaleza, los otros. Te sienten en comunión con todas las generaciones de peregrinos que anduvieron desde hace un milenio los mismos caminos.
Madrugar, respetar las motivaciones, apreciar la singular personalidad de cada uno, escuchar mucho, confiar, recordar los centenares de nombres de lugares, aldeas y personas. Como decía el buen cristiano Galdós, la democracia familiar. Extasiarte con la montaña y el páramo, con la pequeña ermita y la catedral, con la vecina de una aldea que te da agua y un ruidoso grupo de adolescentes que van esparciendo como un diente de león semillas de alegría y te dan esperanza, familias enteras peregrinando y solitarios que llevan tantas piedras como semillas en su mochila, y todas las ponen en la colina sobre la que se alza la Cruz de Hierro. Así en la vida. No se me ocurre un mejor modelo pastoral y más adecuado a los tiempos que vivimos.
Necesitamos un movimiento de hospederos que abran pequeños espacios de acogida por todos los vecindarios, espacios y caminos de la vida, de tierra o digitales; espacios abiertos de servicio y celebración, reflexión y conversación sobre nuestros caminos y el Camino para los millones de peregrinos que somos. Con la humildad y esperanza de Elías Valiñas, sin aspavientos ni cediendo a la tentación de envidiar los medios y demostraciones del poder y la fuerza. Necesitamos extender al conjunto el Movimiento de las Flechas Amarillas.
Se ha estrenado en 2024 un documental realizado por Aser Álvarez y titulado ‘Elías Valiña, el inventor de las flechas amarillas’, que hace justicia a un hombre, cura y profeta que actualmente es más conocido en Alemania o Austria que en su propio país. La mayor movilización espiritual de Europa sigue hoy y ahora mismo caminando por todos los senderos, como corre la brisa del Espíritu, sin hacer más ruido que las huellas sobre la tierra.


