Tribuna

Madre Félix Torres, el amor como explicación y destino

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Hace poco tuve la oportunidad de ver el documental ‘Dios sobre todo’, en el que nos cuentan la vida y la obra de la Madre Félix Torres, fundadora de la Compañía del Salvador y de los Colegios Mater Salvatoris. Una película que, mientras avanzaba, me trajo a la memoria una frase de san Juan de la Cruz y un poema de san Juan Pablo II. Por ello, me gustaría meditar a la Madre Félix en el marco que me ofrecen ambas referencias. Ambos santos me hablan del amor como una fuerza dinámica, práctica y comunicativa.



En el crepúsculo de la existencia, san Juan de la Cruz nos advierte que “al atardecer de la vida, nos examinarán en el amor”. Esta frase no es una amenaza, claro está, sino una brújula que señala hacia el único valor absoluto. Para la Madre Félix, esta verdad no fue una teoría lejana, sino una potencia que articuló cada uno de sus días. Además, su vida podemos leerla como una respuesta encarnada a un poema de san Juan Pablo II. Una vida que fue camino donde el amor, en su sencillez y grandeza, lo explicó y lo resolvió todo.

Madre Felix Juan Pablo Ii

La sencillez de un ‘Sí’

San Juan Pablo II escribe: “El amor me lo ha explicado todo / el amor me lo ha resuelto todo”. Para la joven María Félix, una estudiante brillante en una época donde la mujer apenas tenía espacio en la universidad, la explicación de su vida no llegó a través de los libros, sino de un encuentro íntimo con Jesucristo. A los 14 años, durante unos ‘Ejercicios Espirituales’, descubrió que su identidad no se definía por sus capacidades intelectuales, que las tuvo y en gran medida, sino por su pertenencia a Dios, puesto que reconoció que Dios está activamente amándonos a través de la realidad cotidiana.

Como dice el poema, Dios “quiere ser recibido por gente sencilla”. La Madre Félix, a pesar de su gran inteligencia y formación, mantuvo siempre la pureza de corazón de quien no busca su propia gloria, sino la de Dios, muy a pesar de que ella misma se presentaba en aquellos años como una mujer soberbia. Su lema, ‘Dios sobre todo’, es la traducción práctica de ese amor que simplifica la existencia. Cuando el amor es el centro, las dudas se disipan y la voluntad se vuelve nítida. Ella lo tuvo muy claro siempre que el amor de Dios se demuestra en Sus actos (la creación, la redención) y nuestra respuesta debe ser igual: hechos, no solo buenos deseos.

La pedagogía del acompañamiento

El poema de Wojtyła señala que Dios se ha parado “a poca distancia de la nada”. La Madre Félix llevó esta idea a las aulas de los colegios Mater Salvatoris. Ella no buscaba una educación distante o elitista en lo espiritual, sino una que viera a Dios cerca de nuestros ojos. Su obra se centró en formar mujeres que, con corazones puros, pudieran ser presencia de Dios en la sociedad. Entendió, como san Juan Pablo II, que la vida es una “ola de sorpresas” y que la mayor sorpresa es descubrir que la fragilidad humana es el lugar preferido de la Gracia. Su labor educativa fue, en última instancia, una lección de cómo no tener miedo a la propia pequeñez frente a la grandeza del llamado.

Si san Juan de la Cruz tiene razón y el juicio final será sobre el amor, la Madre Félix se presentó ante el Juez con las manos llenas de nombres, no de estructuras. Sus fundaciones en España y América no fueron ladrillos, sino gestos de caridad ordenada. El poema de san Juan Pablo II concluye con una nota de victoria sobre la finitud: “Una ola más alta que la muerte / No tengáis miedo jamás”. La Madre Félix vivió 93 años bajo esta premisa. Su muerte no fue un final, sino la resolución definitiva de ese amor que le explicó el sentido de su entrega. Ella demostró que cuando el amor es el motor, incluso los que “no encuentran palabras para expresar su amor”, como los jóvenes a los que dedicó su vida, pueden hablarle al mundo a través de sus actos. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris