León XIV ha ido a Argelia tras las huellas de san Agustín… y las de Esther y Caridad

  • Lourdes Miguélez, la compañera de las dos agustinas españolas asesinadas en 1994, aprecia que el Papa “tiene nuestra misión en el corazón”
  • Siendo prior general de la Orden de San Agustín, ya las visitó en 2004 y 2009, por lo que, nada más ser elegido, ya le aseguró a la comunidad que volvería “muy pronto”

Esther y Caridad, mártires agustinas de Argel. Foto. Jesús. G. Feria

Como primer papa agustino de la Historia, León XIV tuvo claro desde el día de su elección papal, el 8 de mayo de 2025, que iría “muy pronto” a Argelia, la tierra de san Agustín de Hipona. A las pocas horas de salir del cónclave revestido de blanco, así se lo aseguró a Lourdes Miguélez al contestarle a su mensaje de felicitación.



Con emoción, esta agustina misionera leonesa, que lleva 53 años en Argel, la capital, detalla a Vida Nueva que, además de querer pisar el país africano que alumbró la vida del fundador de su congregación, tenía otro gran objetivo: “Venir a abrazar a nuestra comunidad, como ya hizo en 2004 y en 2009, cuando era prior general de la Orden de San Agustín”. Momentos, los vividos entonces, que le marcaron profundamente, pues tanto las religiosas como él echaron la vista mucho más atrás.

En el Domund

Concretamente, al 23 de octubre de 1994. Ese día, la Iglesia celebraba el Domund y era un día alegre y especial para los misioneros repartidos por los cinco continentes. También para las tres agustinas misioneras españolas presentes entonces en Argel: Esther Paniagua, Caridad Álvarez… y la propia Lourdes Miguélez. Tristemente, ese día, ella sufrió el mayor impacto de su vida: sus dos compañeras fueron asesinadas.

León XIV con las agustinas de Argel

León XIV con las agustinas de Argel

Entonces, el país sufría una guerra civil entre los militares y el Grupo Islámico Armado (GIA), que, entre sus objetivos, apuntó a la minoría cristiana, asesinando a 19 mártires entre 1994 y 1996. Además de los siete trapenses de Tibhirine o el obispo de Orán, Pierre Claverie, los fundamentalistas mataron a otros 11 misioneros, incluidas las dos españolas. Un sacrificio reconocido por la Iglesia con la beatificación conjunta de los 19, el 8 de diciembre de 2018.

En el caso de las tres agustinas misioneras españolas, encarnada su misión en Bab-el-Oued, un barrio de gente sencilla y trabajadora, pero muy conflictivo, todas ellas sabían que estaban en la diana… Discernieron si salían o no del país, pero la decisión fue rotunda: “Teníamos clarísimo que queríamos quedarnos”.

Como la Verónica

Más de 30 años después, Miguélez, que hoy comparte comunidad con seis hermanas (cuatro de Kenia, una de India y otra de Chile), define lo ocurrido “como un momento de acción de gracias, pues optamos por seguir viviendo con nuestra gente, a la que queremos, participando de la muerte y resurrección del pueblo. Como la Verónica con Jesús camino de la cruz, ese era el compromiso con nuestros amigos”.

Una entrega total que, ayer, lunes 13 de abril, en su primer día en Argelia, estuvo más que presente cuando León XIV visitó, en Bab-el-Oued, el Centro de Acogida y Amistad de las agustinas misioneras, así como su casa. El Pontífice quiso que fuera un encuentro privado. Junto a las religiosas, también estuvieron varias mujeres (musulmanas la mayoría) acompañadas en una guardería, un pequeño centro de salud y un taller de costura y joyería. Como recoge Vatican News, le regalaron “un pequeño rosario con la imagen de Esther y Caridad, así como una estola con el emblema agustino y la inscripción, en árabe, ‘Dios es amor’”.

Miguélez fue la anfitriona y la que leyó un pequeño texto de agradecimiento. Además, como le explica a Vida Nueva, “en todo momento tuve muy presente lo que me dijo cuando le felicité: ‘Como papa, tendré que renunciar a algunas cosas, pero nunca a mi ser agustino’. Un compromiso que marca su identidad y que siente reflejado en el ‘morir y vivir con el pueblo’ que Esther y Caridad siguieron hasta el final… De ahí que me asegurara que vendría a vernos ‘muy pronto’. Algo que ha cumplido antes del primer año de su pontificado. Todo un regalo que nos emociona, pues denota su ilusión por esta presencia, ya que de verdad sentimos que tiene nuestra misión en el corazón”.

Un contexto muy diferente

Afortunadamente, hoy el contexto es muy diferente al de hace tres décadas, con la guerra civil y la persecución a los cristianos. Aunque “sigue vigente el hecho de no poder citar públicamente a Jesús”. Algo que no les importa, pues lo suyo no es el proselitismo, sino “el testimonio personal que se plasma en vivir con sencillez y naturalidad nuestra vocación, acompañando y simplemente estando con los demás”.

Eso sí, como aprecia Miguélez, “en 53 años, nunca había visto tanta ilusión en el conjunto del país por acoger a un huésped extranjero. Se han desvivido al preparar al detalle la visita papal y la ven, como me reputen muchos, como una ‘gracia’. Saben que León XIV es un instrumento de diálogo y un testimonio claro de que los cristianos y los musulmanes estamos llamados a convivir juntos”.

León XIV con las agustinas de Argel

En un mundo convulso, “la gente solo quiere paz, paz, paz. Así, llenos de la luz pascual, del frescor de Cristo resucitado, nos sabemos llamados a la armonía y la amistad”. Algo en lo que es ejemplar “la pequeña comunidad cristiana. Somos muy pocos, pero estamos vivos, siempre atentos a los más frágiles. En mi caso, trabajo en un hospital con 3.000 sanitarios… Soy la única cristiana y me emociona la confianza que la gente tiene en mí. Lo mismo que en nuestra guardería, donde nos dejan a sus hijos para que los cuidemos como si fueran nuestros”.

A la espera del visado

Otro testimonio es el de Ana María Guantay, superiora general de la congregación. Argentina, nos atiende desde Madrid, donde vive al estar allí la casa madre de las agustinas misioneras. Está algo triste, pues, con las maletas en la mano, no ha recibido el visado de Argelia para poder llegar a tiempo de estar presente en la visita del Papa [lo ha recibido esta misma mañana, por lo que cree que podrá llegar al menos a pisar Argelia antes de que Prevost concluya el viaje]… Algo que es habitual, ya que las autoridades locales suelen poner bastantes impedimentos burocráticos a las comunidades religiosas.

Con todo, prevalecen la felicidad y la emoción por el hecho de que el Papa las haya visitado en su hogar, como ya hiciera dos veces antes como prior general de los agustinos: “Cuando vivían, el de Esther y Caridad era un compromiso anónimo… Con la beatificación de 2018, su testimonio tocó muchos corazones. Y ahora, gracias al gesto del Pontífice, esto resurge”.

Para Guantay, es un regalo: “Nuestra presencia en Argelia implica una manera de vivir, queriendo ser un pequeño signo de la Iglesia que, en medio de las dificultades que aún persisten, responde con creatividad y autenticidad”.

El hermano Prevost

Así, “que nuestro hermano, León XIV, esté en Bab-el-Oued, no es solo una visita: es como si la memoria encendiera de nuevo una llama que nunca se apagó. Allí, donde Esther y Caridad entregaron la vida, la tierra guarda una semilla. No es una semilla de muerte, sino de Evangelio vivido hasta el extremo. Su amor llevado hasta el final deja sin voz a la venganza: susurra sentido. Nos pregunta, nos incomoda, nos despierta: ¿por qué merece la pena dar la vida hoy?”.

Como enfatiza la superiora general, “su presencia entre nosotras vuelve a pronunciar el nombre que lo sostiene todo: Jesús. Ese Jesús que no levantó muros, que no trazó fronteras, que soñó (y sigue soñando) que todos seamos hermanos. Un sueño peligroso, porque nos desinstala. Un sueño hermoso, porque nos humaniza”. Hasta el extremo de que “Bab-el-Oued no es solo un lugar. Es un umbral. Es la escuela donde aprendemos que la misión no se impone: se comparte. No se grita: se susurra en la vida. No se conquista: se ofrece”.

León XIV con las agustinas de Argel

En ese camino, Guantay siente que “nuestros hermanos musulmanes no son frontera, sino encuentro. En la amistad con ellos descubrimos que el diferente no nos amenaza: nos ensancha, nos afina el corazón, nos vuelve más verdaderas. Ahí está nuestro desafío como agustinas misioneras: permanecer cuando sería más fácil irse, amar cuando no hay garantías, dialogar cuando no hay palabras comunes, creer que Dios ya habita en el otro antes de que lleguemos”.

Lo que anheló el fundador

Todo eso es, al fin y al cabo, lo que anheló san Agustín: “Ser presencia que no invade, sino que acompaña. Ser sencillez que no se justifica, sino que se entrega. Ser puente en un mundo que levanta muros, sembradoras de paz en medio de la guerra”.

Por ello, concluye con un deseo: “Que esta visita no nos tranquilice, sino que nos descoloque. Que nos devuelva al corazón del Evangelio. Que nos recuerde que la misión verdadera siempre huele a vida compartida, a mesa abierta, a fraternidad posible, a mano tendida hacia el más vulnerable. Porque, al final, el camino sigue siendo el mismo: vivir de tal manera que el otro pueda intuir (aunque sea en silencio) que Dios es amor y que ese amor es para todos”.

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Fotos: Jesús G. Feria/Vida Nueva (apertura) y Vatican Media.

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