No es novedad que Donald Trump destaque por sus incoherencias. Delincuente convicto -en 2024 se le declaró culpable de 34 delitos graves de falsificación en registros comerciales-, en libertad incondicional por ocultar pagos para comprar el silencio de Stormy Daniels, acumula una larga lista de críticas.
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Se le ha acusado de utilizar un lenguaje polarizador, en especial hacia sus adversarios; de distorsionar la verdad y fomentar la desinformación; de incitar a sus seguidores para asaltar el Capitolio en 2021; de separar familias de migrantes y de construir un muro fronterizo con México; de minimizar la gravedad del COVID-19 en sus etapas iniciales; de confrontarse con organismos internacionales como la ONU y la OTAN; de tener conflictos de interés entre sus negocios y la presidencia; de incrementar el déficit fiscal en los Estados Unidos y de beneficiar de manera desporporcionada a grandes corporaciones amigas; de atacar constantemente a la prensa y -aquí en México- de burlarse de nuestra presidenta. Una fichita, pues.
Su equipo más cercano ‘no curte malas vaquetas’. Marco Rubio es conocido por su conservadurismo; Betsy DeVos fue cuestionada por su escasa experiencia en educación pública; Paul Manafort fue condenado por delitos financieros; Michael Flynn tuvo que renunciar por controversias sobre sus contactos con Rusia; Stephen Miller se distingue por sus políticas migratorias duras y, si en México alguien nos dijo durante seis años que tenía “otros datos”, Kellyanne Conway popularizó el témino “hechos alternativos”.
Pero ni el Presidente norteamericano ni su gabinete habían cruzado la frontera del respeto a los valores religiosos. Pues ya lo hicieron. Y no me refiero a la respuesta que Karoline Leavitt, portavoz de Washington, dio al papa León XIV, cuando este afirmó que Dios no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra. La funcionaria de Trump dijo que era bueno rezar por las fuerzas armadas norteamericanas que pelean en el extranjero. No.
Llamó la atención, aún acostumbrados como estamos a sus desplantes, la comparación que el presidente gringo hiciera de sí mismo con Jesús, señalando que sus seguidores lo llamen ‘rey’, al igual que al nazareno el Domingo de Ramos. Su asesora espiritual, Paula White-Cain, remató, equiparando las batallas legales de Trump y los ataques que recibe con la ‘crucifixión de JesuCristo’.
Resulta todavía peor, según nos informa la revista Publik-Forum, el que Pete Hegseth, secretario de Guerra, haya utilizado el Padre Nuestro para ilustrar una escena militar. Así, junto a cada frase de la oración más respetada por muchas religiones, Hegseth va mostrando un misil en el cielo, una flota de buques de guerra, un bombardeo en vuelo, la mano de un soldado en una ametralladora y, no podría faltar en el amén, la bandera norteamericana.
Y todavía hay quien simpatiza con estos personajes blasfemos.
Pro-vocación
Pero si algo nos debe distinguir a los seguidores de Jesús frente a pandemias, guerras, enfermedades y muertes, es la certeza en la resurrección de Jesús que hoy celebramos. Vivamos pascuales, resucitados nosotros y ayudando a los demás a hacerlo, todo el año, toda la vida, y no solo hoy.
