Hace un par de días salió la noticia del remate de un inmueble en Francia que no había logrado venderse, a pesar de tener un buen número de metros cuadrados, el uso inicial de la construcción era una iglesia católica, y la razón que ofrece la nota es simplemente porque es fea, ya que fue construida en la década de los sesenta del siglo pasado y es ejemplo “de la decadencia de la arquitectura católica de los últimos tiempos”.
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Y en realidad no ha dejado de sorprenderme la nota, sobre todo los argumentos, pues creo que como creyentes la preocupación no debería ser si se vende o no una iglesia por fea, sino qué conllevó a que tengan que secularizar un edificio religioso.
Sin conocer las razones, la primera idea que viene en mente es la falta de fieles, las parroquias solo cierran cuando las personas que viven a su alrededor ya no van a ella, porque ni siquiera que no hayan sacerdote es motivo para cerrar una iglesia, en más de una comunidad se las arreglan con la celebración de la palabra para mantener presente la fe en ese lugar.
El tema no es uno sino otro
Sorprende cómo llegamos al punto de ver más la consecuencia que la causa, el resultado que el producto, las hojas del árbol y no las raíces, porque el tema clave es la pérdida de la fe.
La belleza es un aspecto importantísimo en la fe, pero no es la fe, es un camino para la fe, la denominada Via Pulchritudinis es una oportunidad para acceder a la profundidad del misterio desde lo visual, sin embargo, comprende también la bondad y la verdad.
Si, si, la belleza salvará al mundo, dijo Dostoyevski, pero Jesús salvó el mundo en una cruz, el acto sublime de salvación no fue logrado con belleza estética aparente, sino con la interior, pues no hay ni habrá amor más grande.
Al menos en mi reducida experiencia no he escuchado decir a nadie que abandona la fe porque la iglesia parroquial es fea, o porque sea del modernismo o el brutalismo. La fe no se pierde por un edificio, se pierde por lo que las personas hacen con ese edificio.
Francia es un ejemplo preciso, frente al aumento de bautizados en una sociedad secular en la que aproximadamente 48% se confiesa católica, pero no practicante, el decrecimiento abismal de la vida religiosa y las vocaciones sacerdotales.
“La iglesia crece por atracción no por proselitismo”
El tema no es la arquitectura, ni el arte, sino la fe, el anuncio de la Buena Noticia, el testimonio alegre que es lo que realmente convoca y convence.
En el inicio del cristianismo no había templos que exhibir, el culto era en espacios domésticos, y las vocaciones no surgían por contemplar un mosaico o un vitral, sino por la vivencia auténtica de la fe.
Un sabio obispo me dijo una vez: “la iglesia no se hace al país, ni se hace a la ciudad. La iglesia está en el país y está en la ciudad con todo lo que esto comprende” y creo que allí está la razón de la arquitectura y el arte contemporáneo, son reflejo y no causa.
Por Rixio G Portillo. Profesor e investigador en la Universidad de Monterrey.
