¿Triste final de una historia cargada de expectativas?


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La historia comenzó gracias a que el papa Francisco tomó en serio la pregunta de la hermana Therezinha Rasera hace diez años, en mayo de 2016, y gracias a lo cual en Roma se habla hoy del lugar de las mujeres en la Iglesia desde una óptica diferente a la que los hombres de Iglesia elaboraron en el curso de los siglos. Pero no logran liberarse del todo del imaginario sacerdotal y la mentalidad clerical en la que fueron formados y que enmarca su visión de dicho lugar de las mujeres.

La pregunta de la hermana Therezinha

La pregunta se refería al diaconado femenino: ¿Qué impide que la Iglesia incluya a mujeres entre los diáconos permanentes, al igual que ocurrió en la Iglesia primitiva? ¿Por qué no crear una comisión oficial que estudie el tema?”.

A la pregunta respondió Francisco pocos días después anunciando la creación de una comisión para estudiar el diaconado femenino. La noticia hizo pensar a quienes nos duele la discriminación de las mujeres en la Iglesia que la respuesta de Francisco podría abrir el camino a su ordenación –por supuesto, para el diaconado–, comoquiera que la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis (1994) del papa Juan Pablo había declarado que la Iglesia “no tiene en absoluto la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres”, opinión ratificada en forma definitiva por el cardenal Ratzinger desde la Congragación para la Doctrina de la Fe al año siguiente.

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Me equivoqué, porque si algo han evitado los pronunciamientos desde Roma durante estos diez años es hablar del acceso de las mujeres al sacramento del orden. Me equivoqué porque de un día para otro no se borran siglos de minusvaloración y exclusión por parte de los hombres de Iglesia, formados para el sacerdocio y desde la interpretación sacerdotal de su ministerio como una categoría superior asociada a su condición de representantes de Cristo y al hecho biológico de ser varones, según lo consagra el Código de Derecho Canónico que excluye a las mujeres del sacramento del orden: “Solo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación” (canon 1024). No tienen ellos la culpa porque así han sido formados. Pero no han sido capaces de oír las voces de las mujeres que reclaman equidad en la organización eclesiástica. La misma, propiamente, que el papa Francisco reclamaba en  Fratelli tutti: “es inaceptable que alguien tenga menos derechos por ser mujer” (FT 127).

“Todos pensaban diferente” en la primera comisión para estudiar el diaconado femenino

Volviendo a la pregunta que dio inicio a los estudios y pronunciamientos vaticanos que desde entonces he venido siguiendo con ojos de mujer y compartiendo el seguimiento en este blog. Tres años después, en mayo de 2019, Francisco informó que en la comisión creada para estudiar el diaconado femenino, “todos pensaban diferente, pero han trabajado juntos y se han puesto de acuerdo hasta un cierto punto. Pero, cada uno de ellos tiene su propia visión que no concuerda con la de los otros. Y allí se detuvieron como comisión y cada uno está estudiando seguir adelante”.

La buena noticia, en palabras del papa Francisco: “cada uno sigue estudiando” y se ha llegado hasta un cierto punto común que puede servir como aliciente para seguir adelante, estudiar y dar una respuesta definitiva sobre si sí o no, según las características de la época”. Pero esgrimió su primer argumento contra la ordenación de las mujeres: “no hay certeza de que fuese una ordenación con la misma forma y la misma finalidad de la ordenación masculina. Algunos dicen que hay duda”, sin embargo propuso: “Sigamos adelante a estudiar. No tengo miedo al estudio, pero hasta este momento no va”.

Nuevas expectativas de una Iglesia inclusiva: el Sínodo Panamazónico

Después vino el Sínodo Panamazónico, en 2019, que desde su convocatoria despertó nuevas esperanzas para quienes venimos soñando con una Iglesia inclusiva porque creemos que es Ecclesia semper reformanda que sabe responder a las circunstancias de la historia. Los documentos preparatorios insistieron en propuestas “valientes” respecto a los ministerios y se refirieron a la necesidad de “dar a las mujeres algún ministerio oficial que pueda ser conferido a la mujer, tomando en cuenta el papel central que hoy desempeñan en la Iglesia amazónica”, matizando, con esta aclaración que no se podía pensar en su ordenación reservada a los hombres. La escucha sinodal recogió las voces que proponían nuevos ministerios para una Iglesia con rostro amazónico. Como el diaconado femenino. Pero del aula sinodal salió, como premio de consolación, “revisar el motu propio Ministeria quedam, para que también mujeres adecuadamente formadas y preparadas puedan recibir los ministerios del lectorado y el acolitado, entre otros a ser desarrollados”, uno de los cuales es el ministerio instituido de “la mujer dirigente de la comunidad”. Y lo pidieron los obispos, teniendo en cuenta que en la Amazonía, “la mayoría de las comunidades católicas son lideradas por mujeres”.

Sínodo de la Sinodalidad. Mujeres

Aunque habría sido de esperar que fuera reconocido su trabajo al frente de las comunidades amazónicas como ministerio ordenado –propiamente como diaconado– pero se quedó en ministerio instituido. Propiamente lo que antiguamente se llamaba una orden menor. Al fin y al cabo, como hombres de Iglesia, no se atrevieron a pedir la ordenación de mujeres para el diaconado. Con lo cual las mujeres que, en la práctica, ejercen el diaconado en la región amazónica lo tuvieron que seguir ejerciendo de facto y sin contar con la gracia sacramental, sencillamente por ser mujeres, mientras los hombres, por ser hombres, sí pueden contar con ella –con la gracia– para ejercer el servicio diaconal.

Una nueva esperanza asomaba en la exhortación apostólica postsinodal de un paso significativo y que la Ecclesia semper reformanda –repito e insisto– respondiera a las circunstancias de la historia en lugar de defender opiniones elaboradas en otros contextos para responder a otras circunstancias. Pero en Querida Amazonía (2020) Francisco se quedó enredado en la tradicional lectura sacerdotalizante de la ministerialidad eclesial que alimenta la formación de los hombres de Iglesia –“lo específico del sacerdote” es que “el sacramento del orden sagrado lo configura con Cristo sacerdote” y “signo de Cristo Cabeza”– y en el temor de clericalizar a las mujeres. Por eso propuso que “deberían poder acceder a funciones e incluso a servicios eclesiales que no requieren el orden sagrado”.

Una segunda comisión para estudiar el diaconado femenino y el Informe Petrocchi

Quedaba, sin embargo, otra esperanza. Al finalizar el Sínodo Panamazónico en el que tanto ruido hicieron las mujeres, el papa Francisco acogió el pedido de re-llamar a la comisión o quizás abrirla con nuevos miembros para seguir estudiando cómo existía en la Iglesia primitiva el diaconado permanente”. Recordó que los integrantes de la comisión llegaron a un acuerdo, que entregó los resultados a la Unión general de religiosas que fue la que le pidió hacer la investigación y anunció que iba “a procurar rehacer esto con la Congregación para la Doctrina de la Fe, y asumir nuevas personas en esta Comisión”.

Meses después la Oficina de Prensa dio a conocer a sus integrantes, elegidos por el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, monseñor Ladaria, ninguno de los cuales parecía ser partidario del diaconado femenino. Y no se volvió a saber de las andanzas de la comisión hasta septiembre del año pasado, 2025, cuando su presidente, monseñor Petrocchi, entregó al papa León XIV el Informe que recogía los resultados del trabajo realizado y en el que declaraba “indispensable, como condición previa para los siguientes discernimientos, un amplio y riguroso examen crítico desde la perspectiva del ‘diaconado en sí mismo’, es decir, sobre su ‘identidad’ sacramental y su ‘misión’ eclesial, aclarando algunos aspectos ‘estructurales’ y pastorales que no han sido plenamente definidos”. Como quien dice, en las mismas de cuando la hermana Therezinha le propuso a Francisco, en 2016, que nombrara una comisión para estudiar el diaconado femenino. Y esta era la segunda, que consideró indispensable estudiar el diaconado para poder estudiar el diaconado femenino.

También monseñor Petrocchi subrayó en su Informe el parecer unánime de las comisiones acerca de “la necesidad de ampliar los ‘espacios de comunión’ para que las mujeres puedan expresar una adecuada participación y corresponsabilidad en los nudos decisorios de la Iglesia, como también a través de la creación de nuevos ministerios laicales”. Es decir, no al diaconado para las mujeres, sí a ministerios laicales para ellas.

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Informe Petrocchi, el motu proprio Spiritus Domini firmado por el papa Francisco en enero de 2021 ya había autorizado a las mujeres para servir en el altar como acólitas o lectoras, cumpliendo así con una de las Proposiciones del Sínodo Panamazónico. Lo que desde tiempo atrás venían haciendo de facto. E introdujo una modificación al canon 230 del Código de Derecho Canónico, simplemente eliminando del texto la palabra “varones”, lo que permitiría pensar en que este cambio también se puede hacer a otro canon: “Solo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación” (canon 1024). Ahora bien, el documento y la carta remisoria que lo acompañaba evidenciaron que a Francisco se le había vuelto a enredar el imaginario sacerdotal preconciliar que también se le había enredado en Querida Amazonia.

Las expectativas de cambio que despertó el SÍnodo de la Sinodalidad

Ese mismo año, el Sínodo de la Sinodalidad, convocado por Francisco en 2021, se había puesto en camino y una vez más despertaba expectativas respecto a la posibilidad de ordenación de mujeres para el diaconado. En ese “mientras tanto” entre el Sínodo Panamazónico y el Sínodo de la Sinodalidad, el papa Francisco hizo numerosos nombramientos de mujeres en cargos de dirección de la Iglesia y manifestó en repetidas ocasiones su preocupación por encontrarles un lugar donde pudieran liderar, participando en la toma de decisiones. Insistió, por supuesto, en el temor a clericalizarlas, desde su rechazo al clericalismo, al que le achacaba los males de la Iglesia. Y en cuanto al diaconado femenino no volvió a mencionarlo y, menos aún, la ordenación de mujeres.

A la que se refirió en tres entrevistas televisadas acudiendo a un confuso argumento –el principio mariano y el principio petrino– para caracterizar lo femenino con el carisma y lo masculino con la ministerialidad, justificando que las mujeres no podían acceder a ministerios ordenados: ¿Y por qué una mujer no puede entrar a los ministerios, a la ordenación? Es porque el principio petrino no da cabida a eso. Sí, tiene que estar en el principio mariano, que es más importante. La mujer es más, asemeja más a la Iglesia, que es mujer y que es esposa, prolongando en la Iglesia la tradicional división de roles de la familia en la sociedad patriarcal. Pero el mundo ha cambiado y el argumento del doble principio petrino-mariano no sirve para seguir discriminando a las mujeres en la Iglesia negándoles el sacramento del orden: sencillamente, no responde a las actuales circunstancias sociales.

Volvió a estar el diaconado femenino sobre el tapete en el Sínodo de la Sinodalidad. Una de las Proposiciones del Informe de síntesis de la primera sesión planteaba “Que siga adelante la investigación teológica y pastoral sobre el acceso de las mujeres al diaconado, ayudándose de los resultados de las comisiones instituidas a este propósito por el santo Padre, y de las investigaciones teológicas, históricas y exegéticas ya efectuadas. Si es posible, los resultados deberían presentarse en la próxima Sesión de la Asamblea”.

La hoja de ruta para dicha segunda sesión proponía, por su parte, “la profundización de la investigación teológica y pastoral sobre el diaconado y, más concretamente, sobre el acceso de las mujeres al diaconado” como uno de los dos “temas de gran importancia” que “deben ser tratados a nivel de toda la Iglesia y en colaboración con los Dicasterios de la Curia Romana”. Lo que realmente era una forma muy diplomática de evitar que el tema fuera abordado en el aula sinodal.

¿Triste final?

Porque no se presentó informe alguno en la segunda sesión sino que el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe explicó: El Santo Padre ha expresado que, en este momento, la cuestión del diaconado femenino no está madura y ha pedido que no entremos ahora en esta posibilidad”, dijo el cardenal. Además, el Párrafo 60, sobre el papel de la mujer en la Iglesia, fue uno de los doce párrafos que más votos en contra obtuvo en la Asamblea Sinodal, probablemente porque afirmaba que “no hay nada en las mujeres que les impida desempeñar funciones de liderazgo en las Iglesias” y que “la cuestión del acceso de las mujeres al ministerio diaconal sigue abierta”.

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Pero, ¡qué le vamos hacer! A pesar de que las madres sinodales tenían derecho a voto, los padres sinodales eran mayoría, y como hombres de Iglesia en su voto tenía que pesar el imaginario sacerdotal y la mentalidad clerical en que fueron formados.

Que también pesa en las instancias decisorias. Y, por supuesto, pesa en el capítulo más reciente de esta historia: la publicación del “Informe del Grupo de estudio n. 5, Sobre la participación de las mujeres en la vida y la dirección de la Iglesia”, su título en español, aunque en algunas versiones también aparece como gobierno de la Iglesia, guida en el texto italiano, y leadership en la traducción al inglés, anotación necesaria por la importancia que se da a la participación de las mujeres. A cambio de desaparecer la posibilidad de ordenación de mujeres para el diaconado. Incluso la desaparición del diaconado femenino, del cual tampoco habla el documento en sus 83 páginas.

Porque se trata de un completísimo documento que recorre en la primera parte la historia del grupo de estudio responsable de su elaboración y en la segunda parte ofrece una síntesis de temas tratados que, después de reconocer el aporte de las mujeres, reúne un elenco de cuestiones de fondo para fijar posiciones: una antropología relacional para “reformular los ámbitos de competencia del ministerio ordenado” en perspectiva claramente sacerdotal y “abrir el camino al reconocimiento de nuevos espacios de responsabilidad para las mujeres en la Iglesia”; un recorrido histórico acerca del significado de la potestas en la vida de la Iglesia; y una teología de los ministerios, pero de los ministerios no ordenados; y para cerrar, un canto a la dimensión carismática del papel de las mujeres en la Iglesia, como si esta dimensión fuera exclusiva de ellas y no de la comunidad eclesial. El documento se completa con seis Apéndices que se ocupan de figuras femeninas de la Biblia, de la historia del cristianismo y que actualmente participan en el gobierno de la Iglesia, los tres primeros; una extensa referencia al principio mariano y al principio petrino, que sirvieron de argumento a Francisco para hacerle el quite a la ordenación diaconal de mujeres, en el Apéndice IV, y una profundización acerca de la potestad eclesial, en Apéndice V; por último, un repaso de los planteamientos de los dos últimos papas acerca del papel de las mujeres en la vida y el gobierno de la Iglesia.

En cambio, al diaconado femenino solamente se refiere el documento a propósito de la historia del grupo de estudio, y no lo aborda como objeto de estudio. Por supuesto, tampoco menciona la posibilidad de ordenar mujeres para el diaconado. El sacramento del orden es exclusivamente masculino.

Lo que sí es importante reconocer es que gracias a la pregunta de la hermana Therezinha la participación de las mujeres en la vida y la misión de la Iglesia se interpreta hoy como una participación activa en la toma de decisiones de la Iglesia, en el gobierno, la dirección, la guía o el liderazgo. Algo que hay que valorar, a la espera de un nuevo soplo del Espíritu.

A la espera de un nuevo soplo del Espíritu

Y porque la esperanza es virtud cristiana, a pesar del triste final de esta historia de expectativas quiero creer y esperar en un nuevo soplo del Espíritu que pareció asomar en la homilía del papa León XIV sobre el encuentro de Jesús y la mujer samaritana en el Ángelus del pasado 8 de marzo, cuando se celebraba el día de la mujer.

Se asomó en la referencia del papa a la igual dignidad del hombre y de la mujer, reconociendo al mismo tiempo que “lamentablemente muchas mujeres, desde la infancia, siguen siendo discriminadas y sufren diversas formas de violencia”, por supuesto sin caer en la cuenta de la discriminación y la violencia que en la Iglesia se ejerce contra ellas.

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Se asomó, sobre todo, al recordar el papa la sorpresa de los discípulos porque Jesús hablaba con una mujer y resaltar la respuesta de Jesús: “Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega” (Jn 4,35), comentando a renglón seguido que “el Señor también dice a su Iglesia: “Levanta los ojos y reconoce las sorpresas de Dios”.

Mi oración, entonces, desde lo más profundo de mi fe es que en las instancias decisorias de la Iglesia caigan en cuenta de los cambios ocurridos en la vida de la sociedad en los últimos cien años y a ellos respondan reconociendo el lugar donde deberían estar las mujeres en la Iglesia católica, que no puede ser el mismo en el que han estado y siguen estando.