Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.452
Nº 3.452

Diaconía cofrade: Caridad y encuentro con los pobres en la religiosidad popular

El Jueves Santo, cuando escuchamos el mandamiento nuevo “amaos unos a otros como yo os he amado”, la Semana Santa nos pone ante un examen sin atajos: no se puede celebrar a Cristo sin hacerse hermano. Hay un instante, en casi cualquier procesión, en el que el pueblo deja de mirar al paso y empieza a mirarse por dentro. No ocurre cuando suena la marcha más conocida ni cuando el capataz llama. Sucede cuando alguien se quiebra y otro le acerca agua, cuando una madre reza por un hijo que no vuelve, cuando un joven que quizá no pisa una parroquia en meses se santigua con una seriedad que no se improvisa.



Ese instante es precioso. Y también es una prueba: la belleza puede abrir el alma o servir de escondite. Puede empujarnos a la conversión o dejarnos tal como estamos, con la emoción bien colocada y la vida sin mover. Por eso, en Semana Santa necesitamos recordarnos que la calle no se reduce al recorrido oficial ni la fe se mide por un palco. Hay vida fuera de la carrera, sin aplausos, que reclama manos y presencia. Si no miramos más allá, el mandamiento nuevo se quedará en cera… y la Resurrección en cartel.

Aquí entra una palabra antigua que vuelve a sonar con fuerza: diaconía. No es solo “hacer cosas buenas”: es servir como sirve Jesús, con un estilo que te baja a la altura del otro, te obliga a escuchar y, si hace falta, a arrodillarte. Sin esa interrupción, la Semana Santa corre el riesgo de ser brillante… y estéril. Dicho en una sola línea: diaconía cofrade es caridad y encuentro con los pobres en la religiosidad popular.

La brújula de Jueves Santo

El Jueves Santo ponemos en marcha la brújula de la diaconía cofrade: al ver a Jesús ceñirse la toalla, arrodillarse y entregarnos el mandamiento nuevo, decidimos hacia dónde mirar y cómo caminar. Ahí se orienta todo: no hacia el brillo, sino hacia el servicio; no hacia el aplauso, sino hacia el hermano. Y si es verdad, termina en un envío. El Resucitado no se queda en el sepulcro: sale al encuentro y nos devuelve al camino, como a los de Emaús. La Resurrección es eso: una vida que ya no puede seguir igual.

Lavatorio Pies

El papa Francisco lava los pies de varios jóvenes en Jueves Santo

Por eso, si nuestra fe toca la calle estos días, no se trata de pensar “qué bonito salió”, sino “qué nos pide”. La Pascua no es una emoción que se guarda; es una conversión que se pone en marcha. Y la conversión, en las hermandades, tiene un nombre concreto: dejar que el culto nos empuje a la diaconía, a un servicio de caridad, que sea estable, humilde y verificable.

El Domingo de Resurrección es el día en que se apaga la cera… y se enciende la responsabilidad. Se terminan los itinerarios oficiales y empiezan los itinerarios reales: los de la gente que vuelve a casa con una mochila de soledad, los de la familia que no llega a fin de mes, los de la persona mayor que cruza el barrio sin que nadie le pregunte cómo está, los de quien arrastra una adicción, los de quien vive un duelo reciente. Ahí también pasa Cristo. Ahí también se juega la verdad de lo que hemos celebrado.

La Pascua, punto de partida

Dicho de frente, sin dramatismos y sin anestesia: si el Domingo de Resurrección todo vuelve a su sitio y nada cambia en nuestra manera de mirar al que sufre, hemos celebrado mucho… pero hemos obedecido poco. La Pascua no es un punto final; es un punto de partida.

La procesión del encuentro entre el Resucitado y la Virgen, en Teruel

La procesión del encuentro entre el Resucitado y la Virgen, en Teruel

Imaginemos dos fotografías del mismo día. En una, una imagen de Cristo o una imagen de la Virgen avanzan con flores frescas, cera, música, silencio, un pueblo emocionado. En la otra, a tres manzanas, una cola discreta frente a un economato; una familia que no quiere que la vea el vecino; una persona mayor que ha dejado de comprar medicinas para poder pagar la luz; un chaval que duerme en el sofá de un amigo porque en su casa ya no hay sitio; una mujer que no puede más con la ansiedad y no sabe a quién acudir.

Las dos escenas no son dos mundos: son la misma ciudad. Y si no se rozan, algo se nos está rompiendo por dentro.

Una vida entregada

La pregunta no es “por qué no ayudáis más”, como si todo se arreglara echando más kilos a la bolsa. La pregunta es más profunda: qué relación real existe entre esas dos escenas. ¿Se alimentan mutuamente o se ignoran? Porque el Evangelio no nos pide un gesto ocasional: nos pide una vida entregada. Y la vida cofrade, cuando es madura, sabe que la fe no se demuestra solo con lo que se muestra, sino con lo que se sostiene.

Además, conviene reconocer algo: las cofradías ya saben servir. Saben organizar, cuidar detalles, cargar pesos, sostener silencios, madrugar, salir los primeros y llegar los últimos, aguantar frío y calor por una causa. Ese “saber servir” es un capital evangélico enorme. La cuestión es hacia dónde se orienta y con qué continuidad. Porque el servicio puede quedarse en la logística del culto o puede abrirse, como fruto natural, al servicio de los últimos, que también tienen nombre.

Diaconía cofrade es unir esas dos fotos sin manipular ninguna. Es dejar que la procesión nos lleve, con naturalidad evangélica, hacia la cola del economato. Y dejar que esa cola nos devuelva, purificados, a la procesión. Sin postureo. Sin propaganda. Con verdad.

Ni idealizar ni despreciar

A veces, hablamos de religiosidad popular como si hubiera que elegir entre idealizarla o despreciarla. O es “lo puro” del pueblo, o es “folclore” sin profundidad. Las dos posturas son cómodas, porque evitan el trabajo serio: leer lo que el Espíritu está haciendo en la fe de la gente.

Cofradía del Cristo del Consuelo, conocida como “Los Gitanos”, en Granada

La piedad popular no es un museo. Es una corriente viva: símbolos, promesas, lágrimas y silencios. Por eso puede ser una potencia evangelizadora cuando está bien acompañada: llega donde otros lenguajes ya no llegan y sostiene la fe de quienes tienen heridas y esperanza (cf. ‘Evangelii gaudium’, n. 126). En Ajaccio, al clausurar el Congreso sobre religiosidad popular en el Mediterráneo, Francisco recordó que esta espiritualidad puede abrir caminos de encuentro y anuncio si no se encierra en sí misma.

Ahora bien, esa fuerza tiene una condición: que no se convierta en una identidad cerrada. La religiosidad popular se enferma cuando se usa como bandera contra otros, como excusa para no escuchar, como forma de superioridad moral. También se vacía cuando se reduce a estética. Y lo cofrade no se defiende solo con estética. Se defiende con vida cristiana: santidad cotidiana, misericordia concreta, coherencia humilde que no presume, pero se nota.

Escuela de fe

Por eso es tan importante comprender lo cofrade como escuela de fe para muchos que están en el borde: quien quizá no pisa una parroquia en meses, pero reza; quien no conoce el Credo, pero conoce el dolor; quien no sabe explicar un dogma, pero sabe ponerse de pie ante una imagen y pedir ayuda. Eso no es poco. Es un terreno sagrado. Y, precisamente por serlo, exige responsabilidad: acompañar, formar, integrar, abrir comunidad, evitar que la emoción se quede sola.

Acompañar no significa domesticar. Significa ayudar a que la fe popular crezca en profundidad sin perder su frescura: unir devoción y Palabra, culto y vida, promesa y conversión, procesión y comunidad. Significa cuidar que la hermandad no sea solo “un lugar donde se está”, sino “un lugar donde se aprende a vivir como cristiano”. Y eso incluye aprender el lenguaje más convincente del Evangelio: el servicio, la diaconía.

Aquí está el reto de Semana Santa: si lo mejor de nuestra fe sale a la calle, ¿a quién encuentra de verdad cuando sale? ¿A quién abraza? ¿A quién levanta? ¿A quién devuelve dignidad? (…)

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Índice del Pliego

1. PUNTO DE PARTIDA

  • Dos fotos, una ciudad
  • Piedad que envía

2. MATEO 25

  • El estilo de Jesús
  • No un departamento

3. IGLESIA, SIEMPRE IGLESIA EN LA CARIDAD

  • También espiritual

4. MÁS ALLÁ DEL PALCO

  • Justicia sin resignación
  • La cárcel, sin excusas

5. PASCUA EN MARCHA

  • Itinerario pascual
  • Sin focos
  • Compromisos posibles
  • Aleluya fraterno
  • Evangelio con olor a calle