¿Qué les digo a mis hijos adolescentes que no encuentran razón alguna para creer en la Iglesia? Esta pregunta me la hizo una madre el pasado jueves, tras hacerse pública la investigación llevada a cabo por ‘Correctiv’ (Alemania), ‘Boston Glove’ (Estados Unidos), ‘El País’ (España), ‘Observador’ (Portugal), y ‘Casa Macondo’ (Colombia) y que ha dejado al descubierto el sistema para tapar abusos del Vaticano.
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La pregunta de la madre es de muy difícil respuesta, lo mismo que preguntarse por cuántas víctimas nunca sabremos que lo fueron porque no pudieron hablar, cuántas se suicidaron por asco y miedo, cuántas no habrán existido porque sus casos quedaron sepultados, los expedientes quemados o sus voces silenciadas.
El catolicismo, pese a los despertares que algunos ven, vive una crisis profunda, si bien para algunas personas continúa siendo un espacio vital y experiencia de fraternidad. Las situaciones de abusos de poder y todos los demás abusos vienen a evidenciar problemas de la propia estructura donde el mensaje del evangelio fue trastocado, ya que no se cuidó de las personas convertidas en víctimas, y sí de tener mucho cuidado de guardar y proyectar una buena imagen de la Institución creando y enseñando una cultura de silencio que no permitiera posibles grietas.
Sí, el Vaticano ha encubierto casos de abusos
Noticias como la que descubrimos el jueves, 19 de marzo, deberían haber despertado preguntas, asombros, dudas, extrañezas, iras, indignaciones… ¡Y, comentarios en medios de comunicación! A nivel internacional sí los hubo y, algunos muy interesantes, sin embargo, en nuestro país, nada. El devastador momento por el que pasa la humanidad nos afecta a todos y, eso, no es excusa para haber dejado esta investigación enterrada casi antes de que viera la luz. Solo algún lamentable comentario en X, confundiendo churras con merinas y, eso sí, apuntando a que es un ataque orquestado porque “el Vaticano molesta”. Es lamentable descubrir lo triste, indignante, doloroso y todo lo que se quiera decir, que resulta la impunidad, la permisividad, el corporativismo, y el secretismo tan arraigado en la Iglesia.
Lo descubierto por esta investigación es tremendamente grave porque la sospecha se ha confirmado. La duda que siempre flotaba ha encontrado la respuesta: sí, el Vaticano ha encubierto casos de abusos. Se ha mentido a lo largo de años. Se ha ocultado, manipulado y ninguneado a las víctimas, porque la Institución tenía que mantener el ‘buen nombre’. La información llegaba desde las diócesis y, con un estricto protocolo se archivaba y ocultaba.
La cultura del silencio: Esto no debe saberse. La cultura del descarte: Sin víctimas, no hay abusos. Así, desde hace 100 años -al menos que se tenga constancia desde los archivos- se ha negado absolutamente todo a las víctimas, encubriendo a los abusadores, y promocionando a los muchos encubridores -el cardenal Law de Boston, encubridor donde los haya, fue sacado de su diócesis y nombrado arcipreste de la Basílica de Santa María la Mayor, por Juan Pablo II-.
La lacra de los abusos continúa
Tenemos que sacudirnos muchos miedos y respetos mal entendidos. Lo que se hizo mal, se hizo. Quién ocultó, ocultó fuera quien fuera y aunque fuese un papa. Y, si para muchas víctimas ya no habrá justicia humana de ningún tipo, todavía es posible que sí la haya para las actuales. Porque no podemos olvidar que esta lacra sigue, y no podemos seguir proyectando la idea de que la Institución está por encima de las personas.
Recordemos que, en 2016, se promulgó ‘Como una madre amorosa’ (CUMA), una carta apostólica en forma de ‘motu proprio’ para gestionar la grave negligencia de algunos jerarcas al tratar estos casos. Demasiado revolucionaria en su momento, puesto que no apuntaba a la responsabilidad penal de la jerarquía sino a una rendición de cuentas (‘accountability’) de carácter moral, es dudosa su ‘receptio legis’ a causa de la tibia acogida que tuvo entre los obispos. Su olvido interesado revela lo extendida que está la idea de que “peor que el mismo abuso es el escándalo”, recuerda Jordi Bertomeu, Oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
Es necesario leer el informe de la investigación. Es urgente dejar de hablar -y menos enseñar- esa peligrosa ‘paternidad espiritual’. Es incuestionable suprimir cualquier idea que lleve a pensar en la impunidad para que nadie pueda alegar: ‘A mí me habían dicho que esto no se iba a saber’… El sacramento del orden, aunque históricamente así se ha presentado, no ha sido, no es, y nunca podrá ser un privilegio. Ni el clérigo el sustituto de Dios.
Una vez más son las investigaciones periodísticas las que ponen luz en la oscuridad y, por lo tanto, enfocan a las víctimas. Una vez más ‘Vos estis lux mundi’, es como si no existiera. Una vez más, como ya dijo el abogado Mitchel Garabedian, que defendía a las víctimas en Boston, tienen que ser ‘los de fuera’ de la Iglesia los que hagan la investigación.
¡Pues bienvenidos sean ‘los de fuera’! Porque, como dice Véronique Margron, religiosa y teóloga especialista en moral: “La Iglesia católica no está acostumbrada a confiar asuntos a estructuras independientes, mucho menos cuando afectan a sus sacerdotes y a su integridad moral. No es por casualidad que la cultura del silencio está tan profundamente arraigada. Además de eso, la sospecha de que el mundo quiere atacarnos persiste en su discurso”.
Ni los periodistas, ni los medios en que ha sido publicada la investigación quieren atacar a la Iglesia. Hacen su trabajo -el que nosotros no hacemos- y hay que darles las gracias por ello. Después de todo, “la verdad os hará libres”. Aunque sean otros quienes nos la pongan delante de los ojos.