Impulsar la misión desde la humildad, sin imponer ni controlar, dejando espacio al diálogo y a la libertad del otro. Ese es el camino que ha propuesto el predicador de la Casa Pontificia, el capuchino Roberto Pasolini, en su tercera meditación de Cuaresma, titulada ‘La misión. Anunciar el Evangelio a toda criatura’, pronunciada este 20 de marzo en el Aula Pablo VI ante el papa León XIV.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
“El anuncio del Evangelio no debe proponerse ‘desde una posición de superioridad o de control’, señaló Pasolini, porque eso “correría el riesgo de traicionarlo”. Frente a esa tentación, propone recuperar la lógica franciscana: “Nuestra autoridad no nace del rol, sino de una vida que acepta entrar en este dinamismo de amor”.
De ahí que recuerde el gesto fundacional de san Francisco de Asís al llamar a sus frailes “menores”: “Les asignó no un título, sino un modo concreto de estar en el mundo”. Y añade: “Es precisamente esta pequeñez, esta humildad vivida, la que hace fecundo el anuncio del Evangelio”.
Una fe que primero se encarna
Y es que, para el predicador, la misión no empieza hablando, sino viviendo. “No se puede hablar verdaderamente de aquello que todavía no ha echado raíces en la propia vida”, ha explicado, ya que “Cristo no es una información que transmitir, sino un misterio que habita la humanidad”.
Por todo ello, “el Evangelio no se comunica como una simple noticia; se entrega como una vida que lentamente toma forma”. En este sentido, “primero Cristo ocupa espacio dentro de nosotros, en silencio, en la oración, en las decisiones cotidianas. Y solo después puede aparecer exteriormente”.
Además, Pasolini ha recordado que “no somos nosotros el centro del anuncio, sino el rostro de Dios que podemos, con sencillez, hacer transparente y accesible”. De ahí la importancia de reconocer al otro: “Significa tomar en serio su humanidad, su capacidad de bien, su disponibilidad”.
Evangelizar, en este sentido, no es convencer, sino acompañar: “Significa decir a los demás —incluso sin palabras— que es bueno que existan, que su vida tiene valor”.
“Anunciar el Evangelio significa acercarse con respeto a la vida de los otros y reconocer que, en la complejidad de su existencia, ya hay una búsqueda de sentido, de bien y de verdad”, ha insistido. De esta manera, “el Evangelio no se anuncia para vencer, sino para encontrar”. Por ello, eEl otro no es un objetivo que alcanzar, sino un umbral ante el cual uno se detiene, esperando ser acogido”.