A raíz del conflicto en Oriente Medio volvió a aparecer en nuestras vidas el “No a la guerra” (¿cuánto tardaremos en ver de nuevo el ‘Nunca mais’?). Pero ¿habrá alguien que esté a favor de la guerra? ¿Acaso no coincidimos todos con las ‘misses’, que a lo que aspiran es a desear la paz en el mundo? Todo esto, además, se puede aderezar con razonamientos aparentemente serios y fundados ‒aunque, desgraciadamente, con escasas concreciones en el mundo real por falta de una fuerza coercitiva‒, como el respeto a la legalidad internacional. De hecho, si pensamos en la guerra con Irán, ¿cuál sería esa legalidad internacional? ¿Un Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en el que hay cinco naciones que son miembros permanentes y con derecho de veto, entre ellas tres que están implicadas directamente en el asunto: Estados Unidos a favor de Israel, y Rusia y China favorables a Irán?
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Obviamente, no todas las guerras son iguales. Y, por desgracia, algunas de ellas son necesarias. En la Escritura, el género apocalíptico ofrece un ejemplo palmario: el fin de este mundo injusto tiene lugar precisamente con una guerra en la que el bien triunfa definitivamente sobre el mal. Así lo leemos en el Apocalipsis:
“Vi un ángel de pie sobre el sol, que gritó con una gran voz, diciendo a todas las aves que vuelan por mitad del cielo: ‘Venid, reuníos para el gran banquete de Dios; comeréis carne de reyes, carne de generales, carne de poderosos, carne de caballos y de jinetes, carne de hombres de toda clase, libres y esclavos, pequeños y grandes’. Vi a la bestia y a los reyes de la tierra con sus tropas, reunidos para hacer la guerra contra el jinete del caballo y su ejército. Fue hecha prisionera la bestia y con ella el falso profeta, el que hacía signos en su presencia, con los que extraviaba a los que llevaban la marca de la bestia y adoraban su imagen. Los dos fueron arrojados vivos en el lago de fuego que arde en azufre. Y los demás fueron muertos por la espada que salía de la boca del jinete del caballo. Y todas las aves se hartaron de su carne” (Ap 19,17-21).
Escena apocalíptica
Por supuesto, nadie en su sano juicio desearía contemplar una escena como esta. En realidad, la escena está narrada conforme a unos clichés literarios determinados, los de la apocalíptica. Pero, más allá de las convenciones literarias, ¿quién no estaría de acuerdo con una guerra en la que el mal cediera el puesto al bien, y más si se trata de un mal y un bien últimos y definitivos? Aunque sea dicho de forma provocativa, bienvenida esa guerra.
