Puede que no sepamos hacer el bien necesario para parar las guerras, pero ni el mayor poder terrenal nos puede obligar a ser cómplices de su mal. Una banda de criminales se ha hecho con el gobierno del Estado más poderoso del planeta y el mundo vive al arbitrio de un poder autocéfalo que considera su capricho individual por encima de cualquier derecho. Esa es la exacta definición de tiranía.
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No tenemos en nuestras manos la antorcha de la paz, pero sí migajas de ese fuego espiritual. La mujer sirofenicia recordó a Jesús que hasta los perros tienen derecho a comer las migajas de pan que se les caen a sus amos. No tenemos antorchas, pero arden migajas del fuego de la paz en nuestras manos y hasta la más pequeña de las centellas puede prender al coloso en llamas.
El movimiento pacifista se ha empobrecido tanto que gran parte del planeta ha cedido a la civilización del odio. Hay que reemprender rápidamente un renovado movimiento pacifista, es urgente ser profecías de la paz. Recordemos a Mahatma Gandhi o Martin Luther King: siempre comienza por la vigilia, el silencio multitudinario, la oración pública, intensificar la interioridad y la moral colectivas, la calle movilizada y pequeños gestos en muchos sitios, procesos para la conversión de las conciencias.
Conciencia ciudadana
Seamos las primeras migajas de un nuevo movimiento por la paz, pero de uno que sea duradero, que tenga más hondas sus raíces y grandes pulmones de interioridad y contemplación, que emprenda la gran revinculación para hacer juntos el bien.
Lo único que para una tiranía es el movimiento masivo de las conciencias, porque ninguna dictadura puede resistir todas las veces, todo el tiempo y en todas partes a una conciencia ciudadana contraria a su violencia y arbitrariedad. Renunciar al mal, ya es hacer el bien.

