El Vaticano alerta del riesgo de una humanidad sin rumbo ante la inteligencia artificial y el transhumanismo

Un documento de la Comisión Teológica Internacional aprobado por León XIV advierte que “el futuro de la humanidad no se decide en los laboratorios de bioingeniería”

El Vaticano alerta del riesgo de una humanidad sin rumbo ante la inteligencia artificial y el

‘Quo vadis, humanitas? —¿Hacia dónde vas, humanidad?’. Esta es la pregunta que da título al nuevo documento de la Comisión Teológica Internacional (CTI). Es, asimismo, el hilo conductor de una reflexión que intenta mirar de frente uno de los grandes desafíos del siglo XXI: el impacto de la revolución tecnológica —y especialmente de la inteligencia artificial— sobre la comprensión misma de lo que significa ser humano.



El texto, aprobado por el papa León XIV el pasado 9 de febrero, propone una reflexión teológica y pastoral que sitúa la vida humana como una “vocación integral” y una “corresponsabilidad hacia los demás y hacia Dios”. En otras palabras: frente a una época que promete rediseñar al ser humano desde la tecnología, la teología quiere recordar que la humanidad no se reduce a datos, algoritmos o mejoras biológicas.

Entre el transhumanismo y el poshumanismo

El primer capítulo del documento sitúa el debate actual entre dos grandes polos culturales. Por un lado, el transhumanismo, que busca mejorar las capacidades humanas mediante la ciencia y la tecnología, superando los límites biológicos. Por otro, el poshumanismo, que llega a imaginar la sustitución del ser humano por formas híbridas entre hombre y máquina.

Entre ambos polos, la fe cristiana propone otro camino. Según el documento, la visión cristiana “impulsa a buscar una síntesis” de las tensiones humanas en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. De esta manera, no se trata de negar el progreso científico. Se trata de recordar quién es el centro.

Lo digital ya no es una herramienta

Según la Comisión Teológica Internacional, la tecnología digital “ya no es solo una herramienta, sino que constituye un verdadero entorno de vida”. Es decir, no es algo externo al ser humano: configura sus relaciones, su manera de pensar, su forma de comprender el mundo.

En este nuevo contexto, incluso la idea de universalidad cambia. Hoy lo universal ya no remite necesariamente a una naturaleza humana compartida, sino a aquello que se comparte dentro de la conexión global, y esto supone un cambio cultural que redefine la manera de entender la realidad.

De esta manera, el documento también advierte de los riesgos que acompañan a este proceso. En el plano ambiental, el crecimiento del mundo artificial se apoya con frecuencia en una economía basada en la explotación ilimitada de los recursos naturales. De ahí surge lo que el texto describe como “una trágica consecuencia”: la deuda ecológica entre el Norte y el Sur global.

También en el plano humano aparecen nuevas formas de vulnerabilidad. En la revolución digital, el individuo puede sentirse cada vez más insignificante dentro de un flujo incontrolable de información, rodeado de contactos virtuales pero sin vínculos reales. “El mundo artificial relativiza lo natural como referencia normativa para el actuar humano”, advierte el documento.

El poder de la inteligencia artificial

En un mundo hiperconectado, advierte la CTI, el uso incontrolado de la inteligencia artificial podría llevar a que dinámicas económicas, políticas o incluso militares se vuelvan “incontrolables y, por tanto, ingobernables”. Asimimo, señala que, al mismo tiempo, aumenta el riesgo de manipulación y control social.

Además, el documento reflexiona también sobre el impacto de la tecnología en la comunicación y la política. De esta manera, apunta que los medios digitales han abierto oportunidades inéditas para la participación ciudadana y la denuncia de violaciones de derechos humanos. Pero también han creado “un mercado infinito de noticias y datos personales, no siempre verificables y muchas veces manipulados”.

En esta nueva “infosfera”, el reconocimiento social se mide con frecuencia en función de los “me gusta”. La consecuencia es una creciente polarización del debate público, que se fragmenta en grupos enfrentados. Por ello, el documento advierte que esta dinámica alimenta “la crisis actual de las democracias occidentales”, incapaces de reconocer aquello que une a los seres humanos más allá de sus diferencias.

El riesgo de un ser humano “mejorado”

El texto apunta, además, que el desarrollo biotecnológico plantea el llamado human enhancement, es decir, la mejora artificial de las capacidades humanas mediante tecnologías biomédicas, genéticas o cibernéticas. Si este proceso se desarrolla sin límites éticos, advierte el documento, surge una pregunta inevitable: ¿cómo distinguir entre lo técnicamente posible y lo humanamente sensato?.

Por otro lado, el documento reconoce que, si bien la red facilita el acceso a la información religiosa y el conocimiento de la fe, también puede convertir la religión en un “mercado espiritual a la carta”. Incluso surgen fenómenos extremos: “bendiciones virtuales, exorcismos online o formas de espiritualismo digital”. En algunos casos, advierte el texto, la tecnología termina actuando como “mediadora de lo sagrado”.

La basílica de San Pedro, recreada con Inteligencia Artificial gracias a Microsoft

La basílica de San Pedro, recreada con Inteligencia Artificial gracias a Microsoft

Una cultura sin memoria

Otro de los diagnósticos más contundentes del documento es la pérdida del sentido histórico. Por ello, el texto señala que la sociedad digital tiende a vivir en un presente permanente, donde todo está disponible como dato pero pocas cosas se experimentan como tradición viva. “La cultura de la anamnesis ha cedido el lugar a la amnesia de la cultura”, apunta el texto.

Asimismo, insiste además en que el progreso tecnológico no puede olvidar a los más vulnerables, ya que, si el desarrollo tecnológico se construye ignorando la justicia social, los pobres corren el riesgo de convertirse en simples “daños colaterales” del progreso.

La mirada cristiana, en cambio, se sitúa desde el punto de vista de las víctimas, recordando que no puede haber verdadero progreso sin justicia.“Toda existencia humana tiene un valor infinito en sí misma”, subraya el texto, que concluye recordando que “el futuro de la humanidad no se decide en los laboratorios de bioingeniería, sino en la capacidad de habitar las tensiones del presente”.

Noticias relacionadas