El rechazo al diálogo es más común de lo que podría pensarse. Si hay una palabra vaciada de significado en la actualidad es esta; sin embargo, ella misma encierra un potencial invaluable que no tiene fecha de vencimiento.
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El mismo fundamento bíblico y teológico que la Iglesia enseña sobre el diálogo desde el logos, palabra hecha carne que crea comunión, es muestra de ello. Bien lo dijo Benedicto XVI: “La verdad es «lógos» que crea «diá-logos» y, por tanto, comunicación y comunión” (CV, 4).
En estos días ha salido en las noticias la respuesta de la Fraternidad San Pío X, fundada por el obispo francés Marcel Lefebvre, a la propuesta del cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, de establecer un diálogo teológico y posponer la consagración episcopal prevista sin el mandato apostólico.
¿Por qué preocuparse del rechazo del diálogo?
Más allá de los argumentos expuestos y las razonadas situaciones que hacen complejo el momento, y sin ánimo de salvar o condenar —no soy nadie para ello—, no puedo dejar de sorprenderme ante el título de la nota: “La Fraternidad San Pío X rechaza el diálogo propuesto por la Santa Sede”.
Y es precisamente la posibilidad de rechazar el diálogo, de renunciar a lo que debería ser un espacio para el encuentro, un método que no es solo para momentos únicos y coyunturales, lo verdaderamente alarmante.
En mi libro: Diálogo, la vía propuesta por el papa Francisco (PPC Editorial, 2025), destaco esas aportaciones en el pensamiento del papa argentino sobre el tema; pero más que enfocarme en el magisterio de uno, interesa subrayar la madurez histórica de la enseñanza de la Iglesia al comprender que el diálogo es siempre necesario.
Quisiera pensar que el titular es fruto de la síntesis y efervescencia periodística, y que la actitud de la Fraternidad se debe a las incomprensiones no subsanadas, pero no puedo dejar de decir que la Iglesia (como Cuerpo de Cristo) sufre cuando se renuncia a algo tan fundamental y que forma parte de su esencia como el diálogo.
Podrían haber muchas frases de este camino de la madurez eclesial sobre el diálogo, y sobre todo por qué el rechazarlo no es una vía que se plantee la Iglesia, porque realmente no hay otro camino. ¿Qué seríamos sin el diálogo?, ¿Qué somos si no dialogamos?, ¿Cuál sería la otra alternativa?
Sin diálogo, todos perdemos
Francisco, como lo señalo en mi libro, no solo fue maestro del diálogo sino acompañante del diálogo en una humanidad herida, dijo en un encuentro teológico en Nápoles: “Nada se pierde con el diálogo, con el monólogo todos perdemos”, y yo me atrevería a decir, perdemos todo, porque renunciamos a la razón, al pensamiento, al intelecto, a esa impronta de Dios en el hombre que lo hace ser humano, a imagen y semejanza suya.
Creo que ya todos conocemos y padecemos un mundo de monólogos, una sociedad de monólogos, unas redes sociales de monólogos, ni hablar de líderes sociales y políticos del monólogo, por eso habrá que seguir insistiendo y dar el significado certero y el valor auténtico del diálogo.
Y aunque hoy muchos lo rechazan, habrá que seguir insistiendo en el diálogo.
Por Rixio G Portillo. Profesor de la Universidad de Monterrey
