Teóloga y psicóloga

Como una ameba


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“Las amebas no enferman, pero tampoco pueden aprender coreano”. La frase pertenece a una de las escenas más bonitas de la película ‘Tres adioses’, de Isabel Coixet. Si la has visto, la recordarás; y si no la has visto, puedes intuir su significado, en todo caso. “Solo hay un ser vivo que no enferma y ese es la ameba”, dicen. Aunque sea solo un mito popular, nos recuerda una gran verdad: querer vivir impasibles, sin nada que nos dañe o deteriore, pasa por ser también im-pasibles, in-doloros, planos como una ameba, sin disfrute, sin riesgo, sin aventura, sin apuesta. Quiero pensar que es lo más contrario a la fe, a la espiritualidad.



Todas las tradiciones y corrientes espirituales cuentan con tiempos de especial entidad, donde la persona libremente (¿cómo podría ser si no es libremente?) se ejercita interiormente, elige algunas prácticas concretas que respondan al momento vital que atraviesa y a su horizonte de vida. Lógicamente, no hay trabajo interior que no pase por lo “externo”, por lo corporal, social, relacional. Y al revés. Constatar que estos tiempos de especial intensidad espiritual atraviesan todas las culturas y tiempos de la humanidad podría ayudarnos a mirar con otros ojos nuestra realidad. Me refiero, por supuesto, a las personas que cuidan su dimensión espiritual, ya sean creyentes o no, profesen una religión u otra. No me refiero a personas que toman prácticas aisladas como inercia cultural o herencia más o menos nostálgica, ya sea para asumirla acríticamente, ya sea para ensalzarla o denostarla. No, me refiero a personas que eligen, en una tradición concreta, cuidar su espíritu, “lo libre del ser humano”, como define Torralba la espiritualidad.

Fotograma de la película 'Tres adioses'

Fotograma de la película ‘Tres adioses’

Una de estas tradiciones, la cristiana, comienza en estos días la cuaresma, abriendo un tiempo y un espacio espiritual hasta la Pascua. Al menos, eso tendría que ser: un tiempo de especial intensidad espiritual, donde libremente hombres y mujeres cuidan “lo libre” de sí mismos. Y lo hacen junto a otros que comparten su fe, su esperanza, su modo de habitar la vida. Pueden votar a partido distintos e incluso no votar; visten de manera muy distinta entre ellos, viven en barrios de lo más dispares; no les gustan las mismas películas ni escuchan la misma música; ni siquiera rezan todos igual, ¡en absoluto! Pero comparten algo que les permite sentirse unidos en este tiempo: se preparan para vivir la Pascua.

Me pregunto en qué medida he vivido así la cuaresma, cuánto he puesto de obligado cumplimiento o tradición insípida y cuánto de libertad y decisión de crecimiento. Me pregunto si trivializamos prácticas como la oración, el ayuno y la limosna porque en el fondo nunca nos hemos molestado demasiado en encontrarle sentido, y menos aun en creer de corazón que necesito cambiar, necesito conversión. Cada uno verá cómo.

Tomar decisiones

Verme así, vernos así, tantas veces, me hace reconocerme más en el mundo de las amebas que en el de los humanos. Transitamos tiempos, ritos y prácticas que no conectan con el mundo, con el sufrimiento ajeno y propio, con el deseo de crecer y poner un poquito más de humanidad de la buena en nosotros. Y, quizá, por eso, tampoco acaban de conectarnos con Dios. No nos remueven, no nos cuestionan, no nos emocionan. No nos enferman, como les pasa a las amebas, pero tampoco nos permiten ir más allá, salir de nuestro propio ombligo, generar relaciones nuevas, tomar decisiones valientes.

Vive la cuaresma o no la vivas. Cuida tu espiritualidad o no la cuides. Pero lo que hagas, hazlo con la mayor verdad que te sea posible. Si lo haces, elige cómo vas a orar, cómo vas a ayunar, cómo vas a escuchar al mundo que clama a tu alrededor y a los propios gemidos de ti mismo. No somos amebas, aunque lo intentemos. No vivamos como amebas este tiempo. Convertirse es lo más parecido a vivir intensamente, a vivir en abundancia (Jn 10,10), porque no hay vida sin crecimiento, sin cambios, sin pérdidas, sin deseos, sin danza, sin compromiso, sin debilidad, sin fuerza renovada. En otras palabras, ¿en qué va a consistir tu “aprender coreano” de esta cuaresma? O salimos más vivos de ella, o será que no hemos entrado.