Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Victoire Rasoamanarivo, la princesa de los últimos


Compartir

La figura impresionante de la beata Victoire Rasoamanarivo encarna el testimonio laical que sostuvo la fe de Madagascar en un tiempo de persecución hacia la fe en Cristo, vista como enemiga, recordándonos hoy que la fidelidad al Señor es una fuerza transformadora capaz de sostener a la Iglesia incluso en la mayor adversidad.



Pero Victoire puede ser comprendida sin analizar primero el complejo tejido social de la Madagascar del siglo XIX, un periodo de transición violenta y fascinante. Ella nació en 1848, un año en el que la isla estaba bajo el férreo control de la reina Ranavalona I, conocida por su resistencia radical a las influencias extranjeras y su persecución del cristianismo, al que consideraba una amenaza para los “fady” o tabúes ancestrales y para el culto a los antepasados que sostenía la monarquía. Victoire pertenecía a la casta de los Hova, esto es específicamente a la élite política que administraba el reino.

Su familia no solo era rica, sino que ostentaba el poder real detrás del trono; su abuelo y sus tíos ejercieron como primeros ministros, lo que la situaba en una posición donde cada una de sus decisiones religiosas tenía implicaciones. La nobleza malgache del siglo XIX no era solo una clase adinerada; era una casta sagrada que se consideraba depositaria de la bendición de los antepasados, los “razana”. En este contexto, la posición social estaba intrínsecamente ligada al “hasina”, una fuerza espiritual que emanaba de la realeza y que exigía rituales de sumisión y una etiqueta extremadamente rigurosa.

La historia de Victoire Rasoamanarivo comienza el 1 de noviembre de 1848 en Antananarivo, la “Ciudad de los Mil”, en una época donde Madagascar era un reino hermético y orgulloso. Victoire era hija de Rainiandriamanstiarivo y de Rambahinoro, lo que la convertía en la sobrina directa del poderoso primer ministro de país, Rainivoninahitriniony. Su linaje pertenecía a la casta de los Andriana (nobles), una nobleza que se creía imbuida de la fuerza sagrada.

El honor, moneda de cambio

Victoire nació en una estructura donde la jerarquía se manifestaba incluso en la arquitectura de las casas y la disposición de las personas en las audiencias reales. Como miembro de los Hova, y específicamente de la élite de los Andriana, ella estaba destinada a una vida de aislamiento aristocrático. Se esperaba que las mujeres de su rango fueran guardianas de las tradiciones, que supervisaran a los numerosos esclavos de la casa y que participaran en los complejos rituales de la corte, como el “Fandroana” o baño real, una festividad que simbolizaba la renovación de la nación y el vínculo místico entre el soberano y el pueblo. En este mundo, el honor era la moneda de cambio principal, y cualquier desviación de las normas sociales se veía como una mancha no solo para la persona, sino para todo el linaje familiar.

En el contexto cultural malgache, el nacimiento de una mujer de su rango estaba predestinado a servir de moneda de cambio en las alianzas de poder del clan Hova. Sin embargo, su vida daría un giro irreversible cuando, tras la muerte de la reina perseguidora Ranavalona I en 1861, se permitió la entrada de los misioneros católicos.

A los trece años, Victoire entró en contacto con las Hermanas de San José de Cluny. Fue allí donde la joven aristócrata experimentó una transformación que desafiaba milenios de tradición. En una sociedad donde el culto a los antepasados y los amuletos (ody) dictaban el ritmo de la vida, ella decidió recibir el bautismo el 1 de noviembre de 1863.

la beata Victoire Rasoamanarivo de Madagascar

Sus parientes, que ya veían con recelo la influencia francesa, intentaron obligarla a convertirse al protestantismo –la religión favorecida por la corte por intereses políticos ingleses–, pero Victoire se mantuvo firme. A esta temprana edad, ya demostraba que su lealtad a la conciencia estaba por encima de los edictos reales.

El gran calvario de su vida comenzó apenas un año después, el 13 de mayo de 1864, cuando fue obligada a casarse con su primo carnal, Radriaka. Él era el hijo del primer ministro y un oficial de alto rango, pero su personalidad era el reverso tenebroso de la de Victoire. Radriaka era un hombre entregado al libertinaje, cuyo alcoholismo y violencia doméstica se convirtieron en el pan de cada día de la joven esposa. Para la nobleza malgache, el comportamiento de Radriaka era un “privilegio de casta”, pero para Victoire fue una corona de espinas. Soportó infidelidades públicas que humillaban su posición social y agresiones que habrían justificado, bajo la ley civil malgache, un divorcio inmediato y ventajoso. De hecho, su propia familia le suplicaba que lo abandonara, argumentando que su “hasina” (dignidad sagrada) estaba siendo pisoteada.

Martirio silencioso

Sin embargo, Victoire transformó su matrimonio en un camino de santidad. Su sufrimiento no era resignación pasiva, sino una estrategia de amor redentor. Ella solía decir que su marido era su “prójimo más cercano” y que su misión era salvar su alma, incluso a costa de su propia felicidad terrenal.

Durante más de veinte años, Victoire respondió a las borracheras de Radriaka con silencio y oración, y a sus infidelidades con una fidelidad inquebrantable. Se levantaba cada madrugada para asistir a la misa en la catedral de Andohalo, rezando por la conversión de aquel hombre que parecía cada vez más perdido en sus vicios. Este periodo de su vida fue un martirio silencioso, vivido en medio de los lujos de la corte, pero con el corazón puesto en el Calvario.

La prueba definitiva de su fuerza espiritual llegó en mayo de 1883, cuando estalló la primera guerra franco-malgache. El gobierno expulsó a todos los sacerdotes y religiosos extranjeros, dejando a los católicos malgaches -vistos como traidores- a merced de la persecución. Fue entonces cuando Victoire, la “mujer de los dolores”, se convirtió en la “roca de la Iglesia”. Durante casi tres años, de 1883 a 1886, ella fue la cabeza de la comunidad. Organizó la Unión de Mujeres Católicas y se encargó de que la fe no se apagara. Recorría las iglesias para animar a los fieles, protegía las propiedades eclesiales de los saqueos y se enfrentaba personalmente a los ministros de la corte para defender el derecho de los católicos a reunirse.

Bautismo

Su posición como noble le daba una protección que ella usaba como escudo para los más humildes, demostrando que su fe no era una importación extranjera, sino una convicción malgache profunda. El fruto de su sacrificio personal se manifestó en 1888. Radriaka, tras una vida de excesos, sufrió un grave accidente al caer desde un balcón durante una de sus juergas. En su lecho de muerte, viendo la ternura y el perdón infinito en los ojos de la esposa a la que tanto había maltratado, el corazón del soberbio oficial finalmente se quebró y Radriaka pidió el bautismo.

Ante la ausencia de sacerdotes, fue la propia Victoire quien, con lágrimas de esperanza, derramó el agua sobre la cabeza de su esposo, bautizándolo con el nombre de José, el marido perfecto al que el suyo nunca se había parecido. Pocos días después, Radriaka moría en paz. Para Victoire, este fue el milagro más grande de su vida: la confirmación de que sus veinticuatro años de sufrimientos matrimoniales habían valido la pena para ganar un alma para la eternidad.

Tras la muerte de su esposo, Victoire se despojó de sus joyas y lujos, entregándose por completo a Andevo de la sociedad (como los parias, históricamente los descendientes de los esclavos), los leprosos, los huérfanos y prisioneros, los pobres. Su salud, ya muy debilitada por las vigilias y el estrés de los años de guerra, comenzó a fallar. Sin embargo, nunca dejó de asistir a los más necesitados hasta que sus fuerzas se agotaron por completo. Falleció el 21 de agosto de 1894, rodeada de una fama de santidad entre los más sencillos que ya había trascendido las fronteras de la isla.

Proceso de canonización

El proceso de canonización de Victoire fue un reconocimiento siempre necesario a la santidad del laicado. En una época donde la santidad se asociaba casi exclusivamente con la vida religiosa o el martirio de sangre, ella demostró que se podía ser santa siendo esposa, noble y líder social. El Papa Juan Pablo II la beatificó el 30 de abril de 1989 en la misma ciudad donde ella sufrió y amó, ante una multitud que veía en ella no solo a una beata, sino a la madre de su identidad cristiana.  En aquella ocasión, el Papa dijo:

“Ligada a sus hermanos y hermanas en esta profunda comunión, Victoire practicó la solidaridad con una constante generosidad, poco preocupada por amasar un tesoro sobre esta tierra. No se trataba solamente de dar, se trataba de ir al encuentro de los pobres, de los enfermos o de los prisioneros y de testimoniarles todo el amor de que era capaz: ella aliviaba los sufrimientos y ofrecía lo que tenía, con humildad, olvidando su rango social privilegiado”.

Juan Pablo II insistió en que no se trataba solamente de una labor solidaria, sino algo más profundo radicado en el amor de Dios que había recibido en su corazón en el bautismo:

“En el fondo de sí misma, Victoire permanecía incesantemente en presencia de Dios. Todos quedaban impresionados por la intensidad de su oración. Familiarizada con la presencia de Dios, sabía llevar a los demás a la intimidad del Señor. A imagen de la Virgen María, avanzaba a lo largo de los días en la peregrinación de la fe. ¿No había dado ella a la Unión Católica la consigna: «Santifiquémonos primero nosotros mismos; nos ocuparemos después de santificar a los demás»? El testimonio de su acción muestra bien que no se trataba de una piedad cerrada sobre sí misma. Al contrario, Victoire no imaginaba que un cristiano pudiese llevar a sus hermanos la Buena Nueva sin abrir todo su ser a la potencia de la gracia”.

Victoire Rasoamanarivo permanece como el puente entre la antigua Madagascar de los reyes y la nueva Madagascar de la fe, recordándonos que el sufrimiento aceptado por amor es la fuerza más transformadora de la historia humana. Hoy en día el 85 % de los habitantes del país se consideran cristianos y de esos la mayoría católicos. No se trata de números ni estadísticas, siempre relativos, sino de una cultura que poco a poco se ha ido abriendo a los valores del Evangelio.