Ocho años no son muchos, pero tampoco son pocos. No alcanzan para hablar desde la nostalgia, pero sí para mirar atrás con verdad. Ocho años de sacerdocio dan para agradecer, para reconocer límites, para confirmar algunas intuiciones… y para dejar caer otras. Dan para aceptar que el ministerio no se parece a la idea que uno tenía al inicio, y que, aun así, sigue valiendo la pena.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Fui ordenado un 24 de enero de 2018 en la Basílica del Roble de la Arquidiócesis de Monterrey. En estos años he caminado por espacios diversos de la vida de la Iglesia: comunidades concretas, procesos diocesanos, responsabilidades que llegaron pronto y exigieron más de lo que a veces me sentía capaz de dar, como en el CELAM y en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM). He conocido de cerca la complejidad institucional, las tensiones propias del servicio, las decisiones difíciles, el peso de acompañar procesos largos sin resultados inmediatos. Y he aprendido, no sin tropiezos, que el ministerio también se vive en la intemperie.
Ha habido momentos de mucha luz, sí. Pero también cansancio, dudas, silencios prolongados, incomprensiones, soledades que no siempre se dicen. He experimentado lo que significa cargar expectativas ajenas, sostener palabras cuando por dentro uno mismo está buscando, acompañar heridas que no se cierran rápido. Y he aprendido algo importante: todo eso no descalifica la vocación sino que la purifica y la vuelve más real.
Si algo me ha costado en estos ocho años ha sido aceptar mis propios límites sin endurecerme. No refugiarme en el activismo para no sentir. No anestesiar el corazón para poder seguir funcionando. No reducir el sacerdocio a lo que hago, a lo que produzco, a lo que se ve. Aprender que cuidar la interioridad no es un lujo, sino una necesidad vital para no perder el alma. En no pocas ocasiones, mi capilla, mi oficina, mi estudio y mi lugar de descanso ha sido un avión, un aeropuerto o un autobús.
Reconozco que he sido profundamente sostenido por personas concretas, por comunidades reales, por hermanos sacerdotes con los que se puede hablar sin máscaras. Por conversaciones sinceras con amigos de toda la vida y por la oración cuando ya no hay muchas palabras. Pero sobre todo, por un Dios que no me ha pedido perfección, pero sí disponibilidad; no control, sino confianza; no dureza, sino fidelidad cotidiana.
He visto mucho dolor en estos años, personal y ajeno. He acompañado pérdidas, crisis, búsquedas, rupturas. Y también he sido acompañado, porque el sacerdote no es el que no se quiebra, sino el que aprende a no endurecerse, el que sigue creyendo que vale la pena cuidar lo humano incluso cuando el mundo duele demasiado.
Hoy, al cumplir ocho años de sacerdocio, no celebro haber llegado lejos. Celebro haber seguido y haber permanecido en el camino cuando fue luminoso y cuando fue cuesta arriba. Haber aprendido que el ministerio no consiste en hacerlo todo bien, sino en seguir diciendo sí, una y otra vez, en lo pequeño, en lo ordinario, en lo que no se ve.
No sé cómo serán los años que vienen. Tampoco lo sabía al inicio, pero si algo puedo decir hoy, con serenidad, es esto: no me arrepiento del camino. Y sigo creyendo que Dios actúa más en la fidelidad cotidiana que en los momentos extraordinarios.
Ocho años después, no presumo logros. Agradezco la gracia de seguir caminando. Y eso, para mí, ya es mucho.
Lo que vi esta semana
Que el camino no se sostiene por la fuerza de uno solo, sino por la suma de presencias discretas que acompañan cuando más se necesitan.
La palabra que me sostiene
“Bástate mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad”. (2 Cor 12,9).
En voz baja
Gracias, Señor, por estos ocho años…
