En un mundo agitado por Donald Trump, es mucho más que una amenaza el hecho de que Estados Unidos deslice que puede intervenir militarmente en destinos tan dispares como Irán o Groenlandia. Y es que nadie olvida que, apenas hace un mes, Nicolás Maduro fue secuestrado en Caracas y, mientras es juzgado en Nueva York, el régimen chavista, con la presidenta interina a la cabeza, Delcy Rodríguez, está siendo tutelado de un modo evidente.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
En este contexto, el castrismo, que lleva en el poder en Cuba desde hace más de siete décadas, teme ser el próximo objetivo del trumpismo. De ahí que se estén dando hechos más que significativos, como que el Gobierno de Miguel Díaz-Canel haya negado públicamente que la isla caribeña albergue “bases militares extranjeras” o que el presidente estadounidense haya admitido que “estamos negociando con Cuba para ver qué pasa”.
Leído en todos los templos
En plena crisis, con muchos municipios sufriendo una gran escasez de productos básicos y de combustible, la Conferencia Episcopal de Cuba ha hecho público un comunicado que pidió que se leyera, ayer domingo, en todos los templos del país.
En él, los pastores cubanos recuerdan otra misiva suya, del 15 de junio, en la que se dolían por “la realidad dolorosa y apremiante que experimentamos” y frente a la cual demandaban “no quedarnos únicamente en los análisis, descripción de los problemas y sus múltiples causas”, sino “cambiar el rumbo de esta situación”. Todo al constatar “que las cosas no están bien, que no podemos seguir así, que hay que hacer algo para salvar a Cuba y devolvernos la esperanza”.
Tal “reclamo” era “una invitación a todos, pero fundamentalmente a los que tienen responsabilidades más altas a la hora de tomar decisiones para el bien de la nación. Es el momento de crear un clima, sin presiones ni condicionamientos internos y externos, donde se puedan llevar adelante los cambios estructurales, sociales, económicos y políticos que Cuba necesita”.
Las cosas no podían ir peor
Siete meses después, el Episcopado admite que, “en aquel momento imaginábamos que las cosas no podían ir peor y que, por tanto, se abrirían caminos que permitieran, progresivamente, mejorar la vida de todos los que vivimos en esta tierra, favoreciendo a la vez un clima de respeto para que todas las personas con opiniones diversas, pero deseosas de contribuir al desarrollo integral de la nación, pudieran hacerlo en los ámbitos donde se necesitan los cambios”.
Pero se han topado con un muro, el de una realidad enquistada: “Lamentablemente, la situación ha empeorado y se ha agravado la angustia y la desesperanza. Las noticias recientes, que anuncian, entre otras, la eliminación de toda posibilidad de que entre petróleo al país, disparan las alarmas, especialmente para los menos favorecidos. El riesgo de un caos social y de violencia entre los hijos de un mismo pueblo es real”.
Puesto que “ningún cubano de buena voluntad se alegraría de ello”, para los prelados es un hecho que “Cuba necesita cambios y son cada vez más urgentes, pero no necesita para nada más angustias ni dolor. No más sangre ni más lutos en las familias cubanas. ¡Demasiado hemos tenido en nuestra historia reciente!”.
Renovada, próspera y feliz
En este sentido, “queremos y anhelamos una Cuba renovada, próspera y feliz, pero sin aumentar el sufrimiento de los pobres, de los ancianos, de los enfermos, de los niños cubanos”.
Echando la vista atrás, los obispos recuerdan la visita a la isla de Juan Pablo II en 1998. Ese 25 de enero, en su discurso de despedida, el Papa polaco levantó la voz contra el “aislamiento provocado” que, impuesto en forma de bloqueo económico por Estados Unidos al régimen comunista, repercutía “de manera indiscriminada en la población, acrecentando las dificultades de los más débiles en aspectos básicos como la alimentación, la sanidad o la educación”.
Casi 30 años después, ahora, cuando en octubre sufrieron el impacto del huracán Melissa, gran parte de la ayuda humanitaria llegó a través del vecino estadounidense (canalizada por su Episcopado), se vivió un hito de esperanza. En ese sentido, “nos ha alegrado la solidaridad reciente con nuestros hermanos afectados. Llegue nuestra gratitud a los fieles de todas nuestras diócesis, los familiares, los amigos de otros países, las Cáritas, gobiernos e instituciones internacionales, que han mirado con amor y compasión a los damnificados, y se han implicado en mitigar tantas penurias”.
Medidas injustas y éticamente inaceptables
Un camino por el que vuelven al “memorable discurso” de Karol Wojtyla, “cuya actualidad todavía sorprende” y en la que el Pontífice les llamó a “superar la angustia causada por la pobreza, material y moral, cuyas causas pueden ser, entre otras, las desigualdades injustas, las limitaciones de las libertades fundamentales, la despersonalización y el desaliento de los individuos y las medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país, injustas y éticamente inaceptables”.
En el presente, “la postura invariable del Papa y de la Santa Sede, coherentes con el Derecho Internacional, es que los gobiernos deberían poder resolver sus desavenencias y conflictos a través del diálogo y la diplomacia, no la coerción ni la guerra. Porque los hombres, hablando, se entienden. Y, siempre que exista buena voluntad, es posible encontrar vías para solucionar los conflictos y buscar el triunfo de la verdad y el bien, de la justicia, el amor y la libertad”.
En paralelo, “el respeto a la dignidad y al ejercicio de la libertad de cada ser humano dentro de la propia nación no puede supeditarse ni condicionarse a las variables de los conflictos externos. En múltiples ocasiones, la historia ha mostrado que un ambiente de sana pluralidad y respeto recíproco dentro de un país, precisamente, es lo que ha contribuido, y no poco, a la distensión y al intercambio fructífero a nivel internacional”.
Sin favorecer solamente a algunos
Un punto de inflexión que permite el Episcopado dejar bien claro su mensaje al régimen castrista: “Parafraseando a san Juan Pablo II, ‘que el mundo se abra a Cuba’, pero que Cuba se abra a su propio pueblo, a todos los cubanos, sin exclusiones ni estrategias que busquen favorecer solamente a algunos. Para esto, se necesita poner el bien de Cuba por encima de los intereses de parte. Se necesita alma grande, a lo José Martí, cuando soñó y trabajó para que la Patria fuera ‘con todos y para el bien de todos’”.
En este complejo proceso, que después de más de siete décadas parece abocarse a un hito que puede desembocar en un cambio radical de paradigma, “la Iglesia católica en Cuba continuará acompañando a este pueblo que amamos” y “continuará orando por todos, celebrando la fe, anunciando el Evangelio, sirviendo a los pobres, los enfermos, las familias, los presos”.
Igualmente, “continuará invitando a la conversión, a la vivencia del amor fraterno, de la justicia y la paz. Y también ofreciendo su disponibilidad para, si así se lo solicitaran, contribuir a rebajar el tono a las hostilidades entre partes y crear espacios de fecunda colaboración en orden al bien común”. “Que la sensatez y la cordura prevalezcan sobre las amenazas, discordias y posturas que parecen irreconciliables. Para que todos los hijos e hijas de esta tierra podamos vivir en paz, dignos y felices aquí”, concluyen un histórico mensaje los obispos de Cuba.
Apoyo del Papa
También ha sido muy significativo el posicionamiento del papa León XIV, el primer papa estadounidense de la Historia, que ayer domingo 1 de febrero, en el ángelus, expresó su “gran preocupación” por el aumento de la tensión entre Cuba y Estados Unidos.
Además, Prevost apoyó el mensaje de los obispos cubanos y reclamó que todos los responsables políticos apuesten por “un diálogo sincero y eficaz” que evite la “violencia” y “nuevas formas de sufrimiento” para el pueblo.