José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

¿Para quién eres? Cómo ser dedo y no luna


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Cada 2 de febrero, en la fiesta de la Presentación del Señor, la Iglesia detiene el paso y enciende una luz discreta. No es un foco ni un relámpago. Es una llama pequeña, perseverante, que arde en silencio desde hace siglos: la vida consagrada como profecía humilde o como una llama que no deslumbra, pero calienta. Como un dedo índice que apunta a la luna. También en Alcalá.



Este año, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada nos lanza una pregunta tan sencilla como radical: “¿Para quién eres?”. No pregunta por la eficacia, ni por los números, ni por los resultados. Pregunta por el destino del corazón.

Ejerzo ahora modestamente mi misión en Alcalá de Henares, tierra de santos, de aulas y de claustros, donde esta pregunta resuena con una hondura especial. Nuestra diócesis es rica en vida consagrada: monasterios de clausura donde la oración sostiene el mundo, comunidades activas que educan, cuidan, acompañan, sirven. Como recuerda su obispo en su carta pastoral, son un regalo para la Iglesia particular, una presencia que no se explica por la lógica del mercado, sino por la lógica del don.

La vocación florece

El lema de este año, nos desplaza del “¿quién soy?” al “¿para quién soy?”. Porque la vocación, cuando se encierra en la autorrealización, se marchita; pero cuando se abre al servicio, florece. La vida consagrada existe para recordar a toda la Iglesia que la vida se encuentra cuando se entrega, que la identidad se esclarece cuando se ofrece.

Desde este horizonte se comprenden las cinco líneas de fuerza que la vida consagrada de Alcalá propone como caminos de trabajo y de esperanza. No son estrategias. Son opciones evangélicas nacidas de la fe y sostenidas por ella.

  • La primera es la misión compartida y la familia carismática. El Evangelio se anuncia mejor cuando se comparte la vida. Nadie evangeliza solo. Los carismas no son propiedades privadas, sino panes que se parten en la mesa común de la Iglesia. La misión compartida no diluye la identidad; la purifica. Es un camino eclesial donde religiosos y laicos caminan juntos, aprendiendo que la comunión no es un ideal lejano, sino una práctica cotidiana.
  • La segunda línea nos invita a cuidar y acompañar a las comunidades de mayores. Hay comunidades que envejecen como árboles antiguos, con raíces profundas que ya no se ven, pero sostienen el suelo. Nuestros mayores son memoria viva del Evangelio. Cuidarlos no es solo una tarea asistencial: es un acto de justicia espiritual. En su fragilidad aprendemos la sabiduría del abandono confiado, esa fe probada que no necesita demostrarse porque ha sido vivida.
  • La tercera línea mira al futuro sin ingenuidad: transmisión juvenil y vocacional. Los jóvenes no buscan discursos perfectos, sino vidas transparentes. No les atrae la nostalgia ni el miedo, sino la autenticidad. Buscan agua en mitad del desierto, atentos a cualquier signo de verdad. La vida consagrada no crece por campañas, sino por contagio: cuando alguien ve una vida entregada y se pregunta, en silencio, si ese camino también podría ser para él.
  • La cuarta línea es la sinodalidad y la fraternidad. Caminar juntos no es una técnica pastoral, sino un estilo evangélico. La sinodalidad es aprender a respirar juntos, a ajustar el paso al del más lento, a escuchar sin imponer. Es reconocer que nadie se salva solo y que el Evangelio siempre se conjuga en plural. En un mundo fragmentado, la fraternidad vivida es ya una profecía.
  • La quinta línea apunta a la visibilidad y el servicio en la Iglesia diocesana. No se trata de protagonismo, sino de presencia. Estar, como la levadura escondida, donde la masa aún no ha fermentado. Ser reconocidos en los espacios de participación diocesana no para ocupar lugares, sino para ofrecer carismas al bien común. La visibilidad auténtica no grita; ilumina.

Todas estas líneas se sostienen sobre una convicción profunda: queremos ser una llama modesta que no quiere deslumbrar, solo calentar. Por eso la vida consagrada pide ayuda, discernimiento, acompañamiento. Pide una espiritualidad fuerte, persistente y probada; no superficial ni pasajera. Pide procesos vocacionales no precipitados, formación seria, estilos de vida evangélicos, gobierno y apostolado en comunión con la Iglesia jerárquica.

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El obispo nos recuerda, en su carta pastoral, que la vocación no es autorrealización aislada, sino obediencia al plan de Dios en clave de santidad y servicio. Y nos propone la figura de Santo agustino Tomás de Villanueva: hombre de oración constante, de trabajo abnegado y de amor radical a los pobres. Un consagrado que se dejó vaciar para que Dios pudiera actuar.

La vida religiosa, desde sus orígenes, ha sido una opción profética con su vida y misión por los empobrecidos, una manera concreta de colocar la vida del lado de quienes no cuentan. Allí donde la dignidad es herida, los consagrados permanecen como centinelas del Evangelio, compartiendo mesa, tiempo y destino. No sirven desde la distancia, sino desde la cercanía que incomoda, denuncia y consuela, haciendo visible que Dios nunca abandona a los últimos.

Misión cumplida

Dice una leyenda de Asia: “Cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando el dedo”. Algo de eso hay en la vida consagrada. Nuestra tarea no es ser la luna, sino el dedo. Señalar con la vida hacia lo alto, hacia Dios, desde la pobreza, la castidad y la obediencia. Si alguien se queda solo mirando el dedo, habrá perdido lo mejor. Pero si descubre la luz, la misión habrá cumplido su sentido.

¿Para quién eres? La vida consagrada responde sin discursos: para Dios y para los hermanos. Y en esa respuesta humilde, fiel y cotidiana, la Iglesia encuentra calor, memoria y esperanza.

También en Alcalá.


El título de mi blog “Desde la valla” —clausura, reja, límite— podría parecer que la vida religiosa se encierra. Pero no: la valla no es un muro contra el mundo, sino un umbral ofrecido. Detrás de ella no se guarda la vida, se entrega. La clausura no impide amar; lo purifica. Las rejas no separan del dolor humano, lo acercan de otro modo. Allí, en el silencio fiel, la vida consagrada se vuelve intercesión, pan partido por la humanidad herida, especialmente por los pobres, cuyos nombres cruzan cada día la valla en forma de oración y esperanza.