Como es sabido, la transición entre los siglos XVIII y XIX marcó uno de los giros más profundos en la historia europea, desplazando el eje de la vida social desde las estructuras tradicionales hacia una modernidad vertiginosa y desconocida. Mientras el siglo XVIII desmantelaba el Antiguo Régimen a golpe de pensamiento crítico, sustituyendo el mandato divino por la soberanía de la razón y los derechos ciudadanos, el siglo XIX materializó ese cambio en una transformación física y económica sin precedentes.
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El auge de la Revolución Industrial arrancó a las masas de los entornos rurales para aglutinarlas en ciudades que crecían sin orden ni descanso, dando origen a una nueva clase obrera que ya no buscaba el amparo en la caridad parroquial, sino en la justicia social y la organización política. Este periodo no solo cambió la forma de producir bienes, sino que alteró la estructura misma de la familia, el papel de la mujer y la relación del individuo con el Estado, creando un escenario de tensiones donde las viejas tradiciones y las nuevas libertades luchaban por definir el rumbo de una sociedad que se volvía, por primera vez, plenamente urbana y secular.
Y fue precisamente a finales del siglo XVIII y en el XIX, en pleno aumento del secularismo en todas sus formas, cuando la Iglesia experimentará un auge sin precedentes de fundaciones dedicadas a las obras de caridad, un movimiento impulsado sobre todo por mujeres que desafiaron las convenciones sociales para servir a los más necesitados. Este florecimiento no solo representó un aumento en el número de instituciones benéficas, sino también una innovación en la forma en que se abordaban las necesidades sociales, con un enfoque particular en la educación, la atención médica y el cuidado de los marginados.
Como hemos dicho, la Revolución Industrial, con su imparable avance, trajo consigo un torbellino de cambios que reconfiguraron la vida social, económica y política de las naciones. Sin embargo, en medio de este progreso, surgieron nuevas formas de pobreza y vulnerabilidad que desafiaron las estructuras sociales tradicionales. Este contexto de convulsión y desarraigo creó un caldo de cultivo para la aparición de una nueva clase de personas necesitadas: ancianos olvidados, huérfanos desamparados, mujeres trabajadoras explotadas y enfermos marginados. La industrialización transformó radicalmente la economía, dando lugar a un nuevo proletariado que se agolpaba en las ciudades en busca de trabajo. Las fábricas, símbolo del progreso, se convirtieron en lugares donde la dignidad humana se sacrificaba en aras del beneficio económico. Las jornadas laborales eran interminables, los salarios apenas suficientes para subsistir y las condiciones de vida eran a menudo inhumanas. En este escenario sombrío, las mujeres y los niños eran los más afectados, atrapados en un ciclo de explotación que los dejaba sin esperanza.
Pobreza urbana
Por otro lado, el éxodo masivo del campo a la ciudad despojó a muchas personas de sus raíces, desintegrando las redes de apoyo familiar y comunitario que habían existido durante generaciones. La pobreza urbana creció exponencialmente, y aquellos que alguna vez habían tenido un lugar en la sociedad se encontraron a veces en la marginación. Las estructuras tradicionales de asistencia social, como los gremios y las comunidades rurales, se desmoronaron ante el avance implacable del cambio y de consecuencia ancianos vulnerables, huérfanos desamparados y enfermos olvidados quedaron a merced de un sistema que ya no podía protegerlos.
Fue en este contexto crítico donde surgieron figuras extraordinarias: mujeres valientes y decididas que comprendieron la urgencia del momento. Muchas de ellas fundadoras de congregaciones religiosas, no solo vieron el sufrimiento a su alrededor; lo sintieron en lo más profundo de sus corazones. Con una fe inquebrantable y una determinación férrea, se lanzaron a la tarea monumental de aliviar el sufrimiento humano.
Entre todas ellas podemos señalar, como auténtica precursora, a Luisa de Marillac (1591-1660), pues aunque vivió principalmente en el siglo XVII, su influencia se extendió al siglo siguiente y en realidad hasta la actualidad. Nacida en París el 12 de agosto de 1591, quedó huérfana a una edad temprana, creció en un entorno donde la ausencia materna dejó una huella profunda en su alma. Su infancia, llena de soledad y anhelos, no le impidió desarrollar un espíritu generoso y compasivo que la llevaría a convertirse en un faro de esperanza para los más necesitados.
Educada en la abadía de Poissy, Luisa se sumergió en el conocimiento y las artes, cultivando una mente brillante que contrastaba con su frágil salud. A pesar de su deseo de consagrarse a Dios en un convento, las circunstancias la llevaron a casarse con Antonio Le Gras, secretario de la reina María de Médicis. Su vida como esposa y madre fue una danza entre el deber y el deseo, donde siempre encontraba tiempo para atender las necesidades de los pobres que la rodeaban.
La muerte de su esposo en 1625 fue un punto de inflexión. En ese momento de dolor, Luisa sintió el llamado divino que la impulsaría a dedicar su vida al servicio de los más desamparados. Su encuentro con San Vicente de Paúl fue providencial; juntos fundaron las Hijas de la Caridad, una comunidad dedicada a atender a los enfermos y a los pobres. Luisa se convirtió en la madre espiritual y organizadora de esta obra, guiando a jóvenes mujeres que deseaban entregar sus vidas al servicio desinteresado.
Con un corazón lleno de amor y compasión, Luisa recorría las calles y aldeas, llevando consuelo a quienes sufrían. Su capacidad para ver a Cristo en cada persona necesitada transformó no solo su vida, sino también la vida de muchos otros. Su legado perdura hasta hoy como un símbolo del amor incondicional y del compromiso con la justicia social. Falleció el 15 de marzo de 1660, dejando tras de sí un testamento espiritual que instaba a sus hijas a vivir en amor fraternal y dedicación al servicio. Beatificada en 1920 y canonizada en 1934, es recordada como patrona de todas las obras sociales.
Incansable labor social
También en el siglo XVIII destacaron por su incansable labor social, las francesas Jeanne Delanoue (1636-1736), Marie Poussepin (1653-1744), Marie Louise Trichet (1684-1759), la francesa Margarita Bourgeoys (1620-1700) que trabajó en Canadá como pionera en la educación de la juventud, también en tierras canadienses Marguerite d’ Youville (1701-1771), la irlandesa Honora Nagle (1718-1784) y la belga Julie Billiart (1751-1816).
A caballo entre el siglo XVIII y el XIX, Magdalena Sofía Barat (1779-1865) fundó la Sociedad del Sagrado Corazón en 1800, enfocándose en la educación de las jóvenes y de modo especial a aquellas de entornos desfavorecidos. Su visión de la educación como herramienta de transformación social fue innovadora en su tiempo. También francesa Marie-Louise de Lamoignon (1763-1825) destacó por su labor de promoción de las jóvenes pobres. La barcelonesa Joaquina Vedruna (1783-1863) fundó las Carmelitas de la Caridad en 1826, dedicadas a la educación y el cuidado de los huérfanos y abandonados. Su labor fue un testimonio del amor cristiano aplicado a las necesidades más urgentes de su tiempo.
Paula Montal Fornés (1799-1889) fundó en 1829 las Hijas de María, Religiosas de las Escuelas Pías, primera congregación femenina del siglo XIX dedicada exclusivamente a la educación; en años sucesivos Paula fundó colegios en varias localidades. La primera santa canonizada de los Estados Unidos, Elizabeth Seton (1774-1821) tras convertirse al catolicismo fundó una versión americana de las Hijas de la Caridad, adaptada a la cultura de aquellas tierras.
También en el siglo XIX, la francesa Juana Jugan (1792-1879) fundaba la primera residencia de ancianos, que recogía de la soledad y el abandono; posteriormente en España Teresa Jornet e Ibars (1843-1897), fundaba las Hermanitas de los Ancianos Desamparados en 1873, con el mismo objetivo de proporcionar un hogar y atención digna a los ancianos abandonados. En Italia, Maria Elena Bettini, junto con Tommaso Manini, fundó en 1832 las Hijas de la Divina Providencia para dar instrucción laica y religiosa a las chicas del pueblo. Volviendo a nuestra tierra, la madrileña Soledad Torres Acosta (1826-1887) fundó las Siervas de María, en 1851 y su vida estuvo marcada por una profunda compasión hacia los enfermos, ofreciendo cuidados físicos y espirituales.
Otra madrileña, María Micaela del Santísimo Sacramento (1809-1865), años antes había renunciado a su alta alcurnia para trabajar con las prostitutas. La madre Cándida María de Jesús (1845-1912) fundó las Hijas de Jesús en 1871, dedicadas a la educación de niñas y jóvenes, especialmente de familias humildes. Cómo no recordar a María Rosa Molas (1815-1876), cuya labor fue un testimonio del amor cristiano aplicado a las necesidades más urgentes de su tiempo, a Petra de San José (1845-1906), dedicada a la atención de los ancianos abandonados y los niños huérfanos, a Rafaela Porras y Ayllón (1850-1925), fundadora de las Esclavas del Sagrado Corazón, y haciendo un salto a los Estados Unidos, ya a finales del siglo, Katherine Drexel (1858-1955), que dedicó su vida y sus grandes riquezas –heredadas de su célebre progenitor– a servir a las comunidades afroamericanas e indígenas que sufrían discriminación y pobreza, fundando en 1889 la Congregación de las Hermanas del Santísimo Sacramento.
Dimensión humanitaria
Además de las mencionadas, otras fundadoras también contribuyeron de manera decisiva al “boom espiritual” del siglo XIX, aportando una dimensión social y humanitaria que transformó el rostro de la España de la época: María Ràfols (1781-1853), quien al frente de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, no solo profesionalizó el cuidado de los enfermos en el Hospital de Gracia de Zaragoza, sino que se convirtió en un símbolo de heroísmo y caridad durante los devastadores sitios de la Guerra de la Independencia. En una línea similar de entrega en tiempos de conflicto, Ana María Janer (1800-1885) supo leer las necesidades de su tiempo fundando las Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell; su vida fue un testimonio de servicio itinerante, llevando consuelo sanitario y educativo a las zonas más castigadas por las Guerras Carlistas, donde la precariedad era la norma.
Bonifacia Rodríguez Castro (1837-1905) fue capaz de ver en el taller un espacio de santificación y dignidad, fundando las Siervas de San José para proteger y formar a la mujer trabajadora, evitando que cayera en la explotación propia de la Revolución Industrial. Finalmente, sor Ángela de la Cruz (1846-1932), cuyo enfoque fue radicalmente cercano: “hacerse pobre con el pobre”, rompiendo las clausuras conventuales para entrar en las casas de los necesitados y ofrecer cuidados paliativos y compañía donde nadie más llegaba.
La lista de estas mujeres protagonistas de aquella época del trabajo social en la Iglesia nos lleva a Portugal, donde María Clara do Menino Jesus (1843-1899), Rita Amada de Jesús (1848-1913), María Teresa de Saldanha (1839-1916) y Virgínia Brites da Paixão (1860–1929) fundaron instituciones al servicio de los necesitados de todo tipo; se suman a esta larga lista las italianas Agostina Pietrantoni (1864-1894), Clelia Barbieri (1847-1870), María Domenica Mazzarello (1837-1881) y Giuseppina Nicoli (1863-1924), y es justo recordar en Francia a Marie Louise Angélique Clarac (1817-1887).
Huella para la posteridad
Todas ellas, junto con muchas otras, demostraron una intuición profética, un liderazgo notable y un compromiso inquebrantable con el Evangelio y el servicio a los demás. El impacto de estas congregaciones se extendió por Europa, América Latina y poco a poco por otras partes del mundo, adaptándose a las necesidades locales y contribuyendo al desarrollo social y educativo de numerosas comunidades. Su legado perdura hasta nuestros días, inspirando a nuevas generaciones de hombres y mujeres a seguir sus pasos en la construcción de un mundo más justo y solidario.
Así, mientras el mundo avanzaba hacia nuevas eras de cambio y modernidad, estas fundadoras religiosas se convirtieron en faros luminosos en medio de la oscuridad. Con su entrega incondicional al servicio humano, transformaron vidas y comunidades enteras. En su memoria encontramos un poderoso recordatorio: ante el sufrimiento humano siempre hay una respuesta posible; siempre hay una mano dispuesta a ayudar.
