¿Existe el destino?


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En la última entrega en este espacio se ofrecían tres textos críticos del profeta Ezequiel sobre la ciudad de Tiro, y ello con la intención de relacionarlo con la actitud arrogante de Donald Trump. En este mismo sentido, no querría que pasaran inadvertidos dos textos sobre Babilonia de otros profetas.



El primero está en el capítulo 25 de Jeremías. Allí, el profeta empieza nada más y nada menos que llamando “siervo” a Nabucodonosor: “Esto dice el Señor del universo: ‘Por no haberme hecho caso, voy a mandar que busquen a todos los pueblos del norte ‒oráculo del Señor‒ y a mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia. Los traeré contra esta tierra [de Israel] y sus habitantes, y contra las naciones de alrededor; los consagraré al exterminio y los convertiré en objeto de estupor y burla, y en desolación perpetua” (25,8-9). Es decir, Babilonia se va a convertir en instrumento de castigo en manos del Señor.

Protestas Trump

Pero unos versículos más adelante leemos: “Después, una vez cumplidos los setenta años, pediré cuentas al rey de Babilonia y a su nación por todos sus crímenes ‒oráculo del Señor‒, y convertiré la tierra de los caldeos en desolación perpetua. Haré que se cumplan contra aquel país todas las amenazas que he pronunciado contra él, todo lo escrito en este libro: las profecías de Jeremías contra las naciones” (vv. 12-13). O sea, Babilonia y su rey Nabucodonosor parecen haber olvidado que no eran soberanos, sino meras herramientas al servicio de los planes divinos.

Sin compasión

El segundo texto que quiero mencionar se encuentra en Isaías (en realidad, en el llamado Segundo Isaías): un precioso poema contra Babilonia. En él se percibe con claridad la arrogancia de la ciudad, que le ha traído la ruina. Destaco un pasaje: “Me había enfurecido contra mi pueblo [Israel], había profanado mi heredad y la entregué en tus manos: no tuviste compasión de ellos. Abrumaste con tu yugo a los ancianos, diciéndote: ‘Seré señora por siempre jamás’, sin considerar todo esto, sin imaginar su desenlace. Pues ahora escúchalo, lasciva, que reinabas confiada, y te decías: ‘Yo y nadie más. No me quedaré viuda, no me quitarán a mis hijos’. Las dos cosas te sucederán de repente, el mismo día: la privación de tus hijos y la viudez te llegarán juntas a pesar de tus muchas brujerías y del poder de tus conjuros. Te sentías segura en tu maldad, te decías: ‘Nadie me ve’; tu sabiduría y tu ciencia te han trastornado, mientras pensabas: ‘Yo y nadie más’. Pues vendrá sobre ti una desgracia que no sabrás conjurar…” (Is 47,6-11).

Ya decíamos que no era buena cosa ser arrogante: no se trata solo de la mala imagen que se proyecta ante los otros, sino que son papeletas que se compran para el sorteo de la vida, de la mala vida.