Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.444
Nº 3.444

Hacia una cultura del cuidado en la vida consagrada

Es suficiente una mirada panorámica a los orígenes de los distintos institutos de vida consagrada para comprobar que el cuidado late como motor en la mayoría de ellos. Todos surgieron con la intención de dar respuesta a alguna situación histórica capaz de movilizar los deseos de anunciar el Evangelio, sea con palabras o sin ellas. Un número ingente de instituciones nacieron impulsadas por la necesidad de atender la fragilidad de otros. Se constata así que el cuidado está en el ADN de la vida consagrada. A pesar de ello, con frecuencia nos hemos ocupado y preocupado más por mejorar la calidad y la calidez de la atención que ofrecemos hacia fuera de nuestras comunidades que por la que requiere cada una de las personas que configuran la comunidad.



En los tiempos fundacionales fueron las diversas situaciones, percibidas como ‘signos de los tiempos’, las que sirvieron como acicate que impulsaba hacia la misión. En la actualidad vivimos sumergidos en una crisis global de abusos en la Iglesia. Esta situación no es un “mero inconveniente”, pues también requiere ser comprendida como un ‘signo de los tiempos’, esto es, como una invitación a dejarnos interpelar sin miedo, como una luz capaz de iluminar aspectos de la realidad que son más complejos de lo que pensábamos y como una oportunidad para acoger la llamada que el Señor nos hace en estas circunstancias. No se trata ni de “algunas manzanas podridas” ni únicamente de los delitos sexuales. El papa Francisco planteó con claridad que en la Iglesia vivimos una cultura de abuso que está llamada a transformarse en una ‘cultura del cuidado’ (Carta al Pueblo de Dios’, 20 de agosto de 2018).

Llamada a la conversión

Como planteaba Francisco, las instituciones eclesiales están urgidas por esta llamada a la conversión, entre ellas las congregaciones e institutos de vida consagrada. En las últimas décadas, los escándalos provocados por los abusos en la Iglesia nos están haciendo cada vez más conscientes de que quizá no sabemos tratarnos entre nosotros tan bien como pensábamos. Hemos ido descubriendo que este tipo de delitos son la expresión última de unas dinámicas abusivas mucho más sutiles que delatan un modo de relación que no es sano. Esta situación de crisis nos permite reconocer que quizás haya maneras de tratarnos que hemos podido considerar normales durante mucho tiempo y que, a la luz de esta mayor consciencia y lucidez que nos ofrece el contexto actual, no deberían ser normales.

Monjas jóvenes en el descanso de un congreso de Vida Religiosa

Monjas jóvenes en el descanso de un congreso de Vida Religiosa

El punto de partida de cualquier proceso de conversión es reconocer que no vivimos lo que quisiéramos. La transformación de nuestras culturas institucionales requiere mirar la realidad sin miedo y no dar la vida fraterna por supuesta. Por más que nos llamemos ‘hermanos’ y ‘hermanas’, demasiadas veces nuestra manera de tratarnos no es coherente con el modo en que nos denominamos. Atrevernos a decírnoslo, sin dramas ni autoflagelaciones por ello, es la condición ‘sine qua non’ para ponernos en camino, para desear de manera efectiva ir evangelizando nuestra cultura congregacional y para disponernos a que el Señor, que es Quien nos transforma por dentro, haga “de las suyas”.

Mirada creyente

Es fácil deducir que esta actitud requiere evitar la tentación de espiritualizar la realidad. Con “espiritualizar” nos referimos a esa tendencia que nos suele brotar con facilidad a aplicar un barniz religioso y espiritual que nos dificulta abordar cuanto sucede con realismo y llamar a las cosas por su nombre. Toda realidad que no se mira a la cara, por más que no nos guste, y que preferimos esconder bajo discursos piadosos, se vuelve en nuestra contra, pues nos impedimos a nosotros mismos discernir, poniéndolo con honestidad ante el Señor para que Él nos muestre qué hacer con ello. La fraternidad será un taller de aprendizaje para nosotros y un testimonio del Evangelio para el resto en la medida en que vayamos combinando la más cruda realidad, que no edulcora, suaviza ni espiritualiza, con esa mirada creyente que nos permite intuir esa hondura no evidente de cuanto acontece.

Lo dicho hasta ahora no contradice que alertemos contra el riesgo de creer que el único modo de prevenir situaciones abusivas es regularizando cada escenario posible. En los últimos años se han multiplicado los protocolos de actuación en caso de escenarios de abuso. Se trata de un recurso necesario y útil, porque necesitamos saber cómo actuar en cada momento cuando descubrimos una problemática de este tipo en el seno de nuestros grupos. A pesar de esta necesidad y utilidad, el gran desafío es transformar el modo en que nos tratamos.

Confianza lúcida

Las relaciones humanas tienen siempre un elemento de complejidad inevitable, por más que nos enriquezcan sobremanera. Una forma errónea de percibir la crisis de los abusos en la Iglesia sería judicializar la vida diaria. La invitación es, más bien, a vivir con una confianza lúcida, pero no con una actitud defensiva que descubra abusos a cada momento y complejice esas dificultades cotidianas que siempre acompañan el hecho de compartir la existencia con otras personas.

Capítulo General de los Dominicos en Cracovia

Capítulo General de los Dominicos en Cracovia

Los lectores que hayan llegado hasta aquí se habrán percatado de dos cuestiones que quisiera puntualizar. Se habrán dado cuenta, en primer lugar, de que me refiero a la vida consagrada y sus instituciones. Eso no debería servir de excusa para que ninguno de los lectores se sienta exonerado y considere que lo que se diga en estas páginas no le afecta o no tiene nada que ver con él o con ella. Cualquier grupo humano, especialmente en el ámbito eclesial, se encuentra invitado a realizar la misma transición hacia una cultura del cuidado.

Vínculo con los demás

En segundo lugar, quienes lean estas páginas también se habrán hecho cargo de que vamos a centrarnos en las relaciones ‘ad intra’ de las comunidades. Esta opción no busca prescindir de la reflexión sobre cómo tratamos y cuidamos a otros en aquellas tareas que encarnan la misión. De hecho, nuestra intención está muy lejos de pretender centrarse en el propio grupo, como si de un refugio cálido se tratara, pues nace de la convicción de que las personas somos una unidad y que, si mejora nuestra manera de relacionarnos con quienes compartimos el día a día, también lo hará el modo en que nos vinculamos con los demás.

La comunidad es el taller cotidiano donde aprendemos a conjugar el verbo amar en todos sus modos, tiempos y personas en lo cotidiano del día a día. Como bien sabemos por propia experiencia, aprendemos a través del ensayo y el error y, además, lo hacemos de manera procesual, en la medida que vamos adquiriendo capacidad para ello. Nos hace bien recordar que no sabemos querer como estamos llamados a hacerlo, pues esta es una misión que dura toda la vida. En esta carrera de amar como somos amados por Dios, solo nos graduaremos cuando nos encontremos cara a cara con Quien es el Amor (cf. 1 Jn 3, 2). Eso sí, mientras tanto, cuidar no deja de ser una asignatura obligatoria de los primeros cursos. (…)

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Índice del Pliego

1. NO DAR LA VIDA FRATERNA POR SUPUESTA

2. CUIDAR: UNA ASIGNATURA DE PRIMERO DE AMAR

3. APRENDIZAJES DE CAÍN Y ABEL

4. CONVERSIÓN A LA FRAGILIDAD

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