Las noticias confirman todos los días que Donald Trump es alguien arrogante, quizá fruto de un narcisismo galopante: solo él tiene razón, solo sus soluciones funcionan, solo sus propuestas son las únicas dignas de ser tenidas en cuenta.
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En la Escritura podemos hallar algunos rasgos en personajes individuales o colectivos que nos remiten a situaciones semejantes. Ahora nos centraremos en el profeta Ezequiel, donde encontramos varios oráculos sobre la ciudad de Tiro, anunciando su ruina. Pero todo arranca del concepto que Tiro tenía de sí misma, que fue, en último término, lo que le llevó al fracaso: “Oh Tiro, señora de los puertos, mercado de las naciones para los numerosos pueblos de la costa, esto dice el Señor Dios: ‘Tiro, tú decías: ‘Mi belleza es perfecta’. Tus dominios se extendían hasta el corazón del mar, tus armadores hicieron perfecto tu diseño. Con cipreses de Senir construyeron tu casco, de un cedro del Líbano, tu mástil, con robles de Basán, tus remos. Tu cubierta era de ciprés, de las islas de Quitín, taraceado de marfil. Eran un estandarte tus velas, de lino recamado de Egipto; el toldo, de púrpura y escarlata, de las costas de Elisá” (27,3-7).
Algo parecido en el capítulo siguiente: “Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: ‘Esto dice el Señor Dios: Se enalteció tu corazón y dijiste: ‘Soy un dios y estoy sentado en el trono de los dioses en el corazón del mar’. Tú, que eres hombre y no dios, pusiste tu corazón como el corazón de Dios. Te dijiste: ‘¡Si eres más sabio que Daniel, ningún enigma se te resiste!’” (28,2-3).
El destino de la mala conducta
Y algo más adelante: “Esto dice el Señor Dios: ‘Eras un dechado de perfección, lleno de sabiduría y de acabada belleza. Habitabas en Edén, en el jardín de Dios, revestido de piedras preciosas: rubí, topacio y diamante, crisólito, ónice y jaspe, zafiro, turquesa y esmeralda. De oro labrado tus pendientes y aros, preparados el día de tu creación. Yo te había establecido como querubín protector de talla elevada. En la sagrada montaña de los dioses ibas y venías entre piedras de fuego. Fue irreprensible tu conducta desde el día de tu creación hasta que se descubrió tu culpa. Por la magnitud de tu comercio te llenaste de violencia y de pecado. Por eso te expulsé de la montaña de los dioses como a un profano y te hice desaparecer de entre las piedras de fuego, querubín protector. Por tu belleza tu corazón se hizo arrogante, el esplendor echó a perder tu sabiduría. Por eso te arrojé sobre la tierra y te entregué como espectáculo a los reyes’” (28,12-17).
No, no es bueno ser arrogante, porque siempre hay alguien ‒o tu propio comportamiento‒ que demuestra que no mereces la posición que ocupas.
