El frío no pregunta de dónde vienes. Cae igual sobre todos los cuerpos, pero no pesa igual sobre todas las vidas. En las noches de invierno, cuando Barcelona, por ejemplo, apaga las luces y recoge sus terrazas, hay hombres y mujeres que no pueden cerrar una puerta porque nunca la tuvieron o la perdieron. Duermen a la intemperie, abrazados al cartón, vigilando el amanecer como quien espera una absolución.
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Este enero, dos nombres se han perdido en el silencio: uno en Badalona, otro en Barcelona. Murieron de frío. Murieron de abandono. Murieron porque nadie llegó a tiempo.
Decimos “ola de frío”, pero la verdadera tormenta es anterior al termómetro. El frío, la lluvia y el viento solo intensifican una batalla diaria por la supervivencia que ya existía. En Madrid, como en Barcelona, los recorridos nocturnos lo confirman: el invierno enferma el cuerpo y también el alma. La calle desgasta, erosiona, va robando la esperanza poco a poco. Una manta, un saco de dormir, un abrigo impermeable, una sopa caliente o una palabra amable pueden marcar la diferencia entre resistir una noche más o rendirse al amanecer. A veces, la vida pende de un gesto mínimo, de una mano que se atreve a tocar otra mano helada.
Sinhogarismo
El sinhogarismo de hoy no es el de ayer. Ya no es solo la historia conocida del hombre solo y envejecido. Son jóvenes. Y también muchos son migrantes sin red, sin tiempo, sin margen de error. La migración, cuando llega sin una red de acogida sólida, se convierte en un factor de riesgo extremo frente al sinhogarismo.
No todos carecen de documentación, pero la irregularidad administrativa y las enormes dificultades para regularizarse actúan como un muro invisible. Sin papeles no hay contrato; sin contrato no hay padrón; sin padrón no hay derechos. El sistema empuja a muchos a una espera interminable donde la vida se congela. Llegaron buscando futuro y encontraron aceras. Me gustó el lema (y la solidaridad) de Caritas Madrid: “Sin hogar, pero con sueños” porque muchos llegaron con sueños y se les ofreció silencio administrativo.
La migración ya no llega solo en patera. Llega en avión, con billete legal y esperanza intacta. Llega con rostro de mujer. Mujeres que huyen de la violencia, de las mafias, de la persecución, y que en pocas semanas pasan del hotel a la calle. Mujeres embarazadas, enfermas, solas. Para ellas, la noche es más peligrosa y el frío más cruel.
Europa levanta muros invisibles y luego se escandaliza de los cuerpos que quedan atrapados en ellos. Los recuentos oficiales apenas rozan la superficie: quienes duermen en cajeros, coches o barracas no cuentan porque no se ven. Pero existen. Y el frío los encuentra siempre.
Pero el frío no habita solo en las aceras. También se cuela, silencioso, tras los muros de piedra de muchos monasterios. Muros espesos, ventanales sin aislamiento, techos altos como catedrales donde el calor se pierde antes de llegar al suelo. En decenas de conventos de toda España, centenares de monjas –muchas ancianas– rezan, trabajan y envejecen a temperaturas que rozan lo inhabitable. Pasillos, refectorios, celdas y capillas permanecen durante meses en un invierno casi perpetuo.
Algunas comunidades evitan encender la calefacción para no endeudarse. Otras solo pueden recurrir a sistemas antiguos y poco eficientes: estufas de butano, depósitos de gasóleo que se vacían demasiado rápido. Hay celdas sin radiadores, habitaciones donde solo las hermanas más frágiles reciben un poco de calor. El frío, también aquí, erosiona el cuerpo y pone en riesgo la salud. La clausura no las protege del invierno; a veces lo intensifica.
Clausura helada
Iniciativas como la campaña de la fundación DeClausura –Que no pasen tanto frío– no es solo una llamada económica, sino un gesto profundamente evangélico. Ayudar a ochenta monasterios a afrontar los gastos de calefacción es reconocer que en alguna vidas contemplativa también habita la intemperie. Pobrezas silenciosas, invisibles, que no ocupan titulares ni generan alarma social, pero que duelen igual.
La calle y el claustro parecen mundos opuestos, pero este invierno los une una misma fragilidad. Y nadie debería acostumbrarse a vivir helado.
Hay otra narrativa posible: la de quienes abren iglesias, reparten mantas, sostienen monasterios y acompañan vidas. Una narrativa que no pregunta primero por papeles, sino por nombres. Que no calcula el coste antes de ofrecer calor.
El frío mata, sí. Pero mata más la indiferencia.
