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Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

“Pedir gracias a Dios”


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Cada vez tengo más la intuición de que no somos nosotros quienes elegimos la tarea ni el lugar pastoral en el que nos desplegamos. Al final, antes o después, es la vida (y Dios en ella) la que nos sitúan en uno u otro ámbito. Ese es el motivo por el que hacía mucho que no celebraba la eucaristía en una comunidad en la que los niños participen junto con sus padres. Al menos, así era hasta el pasado fin de semana, mientras acompañaba a un número de personas miembros de fraternidades escolapias. En la celebración, no solo los adultos compartían los ecos del día, hacían sus peticiones o daban gracias, sino que también lo hacían los más pequeños, que habían tenido algunas actividades paralelas durante la jornada. En el momento de acción de gracias tras la comunión, un niño de 2º o 3º de Primaria, que luego supe que se llamaba Oier, pidió el micrófono.



La formalidad de Oier al ponerse de pie y tomar la palabra nos hizo brotar a todos los adultos una sonrisa que contrastaba con su seriedad. La cuestión es que, en dos ocasiones, expresó su deseo de “pedir gracias a Dios”. Como es fácil suponer, hablar varias lenguas hizo que el chaval se confundiera de verbo y, en vez de “dar gracias”, utilizara “pedir gracias”. La anécdota tiene más hondura de la que cabría imaginar y me ha dado para pensar varias cosas. En primer lugar, lo fácil que nos brota la confusión entre “pedir” y “dar” en lo cotidiano. No me refiero a la hora de emplear uno u otro verbo, sino, más bien, en la relación con los demás y con el mismo Dios. En general, nos resulta mucho más sencillo reclamar y solicitar de otros que aportar nosotros aquello que podemos ofrecer para el bien común.

Parroquia San Pablo de Huelva

Además, este lapsus es mucho más teológico de lo que podría parecer, porque el reconocimiento de aquello que no merecemos y que se nos regala por puro don tiene que ver también con aceptar que las realidades más importantes, esas que necesitamos en lo profundo y que solo pueden ser acogidas como regalo, tenemos que pedirlas porque no pueden ser arrebatadas. Así sucede con la confianza, el cariño, la capacidad de perdonar…

Dispuestos a recibir

Pedir nos dispone a recibir, especialmente cuando Aquel a quien pedimos está deseando darnos lo mejor, aunque eso no corresponda exactamente con lo que quisiéramos que nos diera, porque “Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11,13). Al final, sea o no consciente de ello Oier, “pedir gracias” y “dar gracias” son dos dinámicas en estrecha relación. Una vez más, las grandes verdades nos llegan por la boca de los más pequeños.