Hace no demasiados días hemos asistido al ritual de comer doce uvas a las doce de la noche del 31 de diciembre. Un ritual que pretende atraer la suerte para el nuevo año que comienza, aunque se sepa que la cosa comenzó ‒al menos según cierta tradición‒ como una acción de ‘marketing’ ante la gran cosecha de uva que hubo en 1909 en la región alicantina del Vinalopó. En todo caso, lo importante es la creencia de que la suerte pueda ser atraída, lo de menos es el método con que se haga: en otros lugares es a base de comer lentejas, romper platos, etc.
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La presencia de Dios
En muchas culturas antiguas, la suerte como tal no existe, ya que ese hueco está ocupado por Dios o los dioses: las cosas ocurren solo por la voluntad de la divinidad, de modo que lo único que cabe hacer es determinar cuál es esa voluntad. Y aquí también los métodos son muy diversos: desde la contemplación del vuelo o el canto de las aves hasta la consulta a los muertos, pasando por el escrutinio de las entrañas de los animales. En Mesopotamia, por ejemplo, se han hallado hígados de arcilla que servían como modelo de comparación con los de los animales sacrificados para conocer cuál era la voluntad de los dioses.
En la Biblia tampoco existe la suerte, sino que es Dios el que determina los acontecimientos. Cuando en la Escritura se habla de “echar a suertes”, se está pensando en que Dios expresa su voluntad mediante los guijarros o piedras (‘goral’) con los que se procedía (algo parecido a lo que entre nosotros representaban las tabas). Así, se sortea cuál de los dos machos cabríos será sacrificado en Yom Kippur (Lv 16,8), las parcelas de la tierra prometida (Nm 33,54) o el responsable del naufragio que amenazaba el barco en el que iba Jonás (Jon 1,6).
Algo parecido a esto debían de ser los enigmáticos ‘urim’ y ‘tumim’ que aparecen cuando se describen las vestiduras del sumo sacerdote: “Las anillas del pectoral se sujetarán con las anillas del efod mediante un cordón de púrpura violácea, de modo que quede sobre el cíngulo del efod y no pueda desprenderse el pectoral del efod. Cuando Aarón entre en el Santuario, llevará grabados en el pectoral de las suertes, sobre su corazón, los nombres de los hijos de Israel, como recordatorio perpetuo ante el Señor. En el pectoral de las suertes pondrás los ‘urim’ y los ‘tumim’, que estarán sobre el corazón de Aarón cuando se presente ante el Señor. Llevará, pues, Aarón constantemente sobre su corazón, en presencia del Señor, las suertes de los hijos de Israel” (Ex 28,28-30).
En esto de la suerte, quizá cabe aplicar el famoso dicho de G. K. Chesterton: “Cuando no se cree en Dios, se cree en cualquier cosa”.
