No entiendo demasiado de tenis. Mis conocimientos básicos se los debo al empeño de mi formadora durante el noviciado, que es una apasionada de este deporte. Eso sí, las veces en que he visto un partido ha sido más por el ambientillo de hacerlo con otras personas que por el juego en sí. Con todo, no hace falta ser una gran forofa para conocer las últimas gestas de Carlos Alcaraz. Este joven murciano ha logrado vencer a figuras de la talla de Nadal o Djokovic en unos partidos trepidantes. Enseguida brota admirar el potencial de este chico, su energía y pensar en la necesidad de estar psicológicamente centrado para enfrentarse a quienes, seguramente, han sido sus ídolos durante mucho tiempo.
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Resulta muy sencillo imaginarse la ilusión y las emociones que habrán invadido a este chaval, que parece haber repetido la hazaña de David ante Goliat, pero a mí se me ocurre preguntarme qué pasará por la cabeza de esas figuras del deporte que han perdido y ven cómo las nuevas generaciones son capaces de dejarles a un lado. Está claro que no tengo ni criterio ni rigor como para opinar sobre si estamos ante un relevo generacional en el tenis español, pero sí que me hace darle vueltas a la dificultad con la que vivimos los cambios de referentes.
Me gusta pensar que, en esto, el Bautista fue todo un maestro, que ante Jesús aceptó con cierta naturalidad que era “necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30). Eso sí, saber las cosas no las hace más sencillas. Los deportistas de élite tienen claro que el lugar que ocupan no es para siempre, pero conocerlo no les debe ahorrar la tarea de tener que digerir y asumir la nueva situación. Tampoco nosotros estaremos libres de esa dificultad y de cierto duelo ante la pérdida, pero ¿disfrutaremos del partido y nos enorgulleceremos de otros?

