La esperanza dentro de la Iglesia no anda muy bien. No me refiero a la virtud teologal, que con la fe y el amor llamado caridad se apoya en Dios mismo. Hablo de una actitud humana que, desde el pasado, mira al futuro para afrontar las dificultades presentes. Apunto al buen ánimo, pues medir la esperanza teologal sería muy difícil por ser algo personal, no societario, ni siquiera de la Iglesia entera, que ¡ojalá se llene de hermanos que aman, esperan y confían en Dios!