El purpurado dominico llama a no dejar el texto de 1992 “acumulando polvo” y lo presenta como una de las grandes herencias del Papa teólogo
El cardenal Schonborn, en una imagen de archivo
El cardenal Christoph Schönborn, arzobispo emérito de Viena, ha defendido la vigencia del Catecismo de la Iglesia Católica como herramienta imprescindible para transmitir la fe. Lo hizo en el Simposio Internacional dedicado al pensamiento de Joseph Ratzinger, celebrado en la capital austriaca del 22 al 24 de octubre.
Schönborn recordó que su papel como redactor principal del texto en 1992 fue, a su juicio, “lo más apasionante de mi vida”, y atribuyó a aquella publicación, promulgada por Juan Pablo II, el mérito de haber logrado “presentar la fe de la Iglesia de manera concisa”.
El purpurado, nacido en 1945 y entonces fraile dominico y obispo auxiliar de Viena, desempeñó un papel de primer orden en la gestación del libro: fue secretario de la comisión encargada de su redacción entre 1987 y 1992.
Vivió aquel trabajo muy de cerca, junto al entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger. Y estuvo sentado a su lado el 11 de octubre de 1992, 30 años justos después de la apertura del Concilio Vaticano II, cuando el Catecismo se presentó a la prensa en el Vaticano.
En su intervención, Schönborn partió de una verdad que sustenta incluso el rezo del Credo en la misa: los cristianos creen en un solo Dios, creador, y en Jesucristo, venido para toda la humanidad. De ahí lanzó a los asistentes una pregunta deliberadamente provocadora: “¿Cómo podemos no creer que es posible expresar la fe juntos, todos nosotros, en nuestro tiempo?”.
El cardenal subrayó que la teología estudia y reflexiona sobre las fuentes de la Revelación, pero que su fundamento sigue siendo la fe que profesa la Iglesia.
El simposio, que lleva por título ‘La teología de Joseph Ratzinger en la controversia de estos días’, funciona en cierto modo como obertura en Austria de los actos previstos para el centenario del nacimiento de Ratzinger, que se cumplirá el próximo año (1927-2027).
En ese contexto, Schönborn quiso destacar hasta qué punto la obra marcó la trayectoria del propio Benedicto XVI: “El Catecismo sigue siendo un gran testimonio de la fuerza formativa del teólogo Joseph Ratzinger-Benedicto XVI”.
Según recogió el diario Avvenire, el cardenal se mostró convencido de que la obra conserva toda su actualidad, también para los creyentes de hoy, y de la importancia de hacer llegar al pueblo de Dios lo esencial de las verdades de la fe.
Lo planteó con cierta guasa dialéctica: “Si Lutero logró crear un catecismo que expresara la fe, si el Concilio de Trento lo logró, ¿por qué no iba a ser posible también en nuestros días?”.
Insistió además en que el compendio sigue siendo, más de tres décadas después, un instrumento de ayuda para comprender el abecé de lo que se cree, un texto que no hay por qué aprenderse de memoria, sino que sirve para “saber algo sobre nuestra fe”. Y añadió una advertencia a quienes lo relegan: “No está prohibido usar el Catecismo, y no solo como un objeto que acumula polvo”.
No ocultó que el proyecto tuvo detractores. “Curiosamente, hubo reservas ante el desarrollo de un catecismo, sobre todo en los países de lengua alemana, en particular en los ámbitos académicos”, afirmó.
Sus palabras llegan poco después de que el propio cardenal alertara de los límites de las reformas estructurales que impulsa el Camino Sinodal alemán, recordando que la renovación de la Iglesia no puede reducirse a meros cambios organizativos.
La elaboración del Catecismo fue siempre uno de los ejes de la labor del teólogo y cardenal Ratzinger, y Schönborn lo ha defendido en otras ocasiones. Con motivo de la muerte de Benedicto XVI, el 31 de diciembre de 2022, explicó por qué consideraba aquel libro uno de los pilares, un auténtico cenit, del magisterio del papa teólogo.
El Catecismo, dijo entonces, no debía tomar partido entre escuelas teológicas, sino ofrecer “todo lo que precede a cualquier teología y es la base de toda teología: el ‘depositum fidei’”.
El cardenal evocó la preocupación particular de Ratzinger por presentar la doctrina como un conjunto orgánico, atento al ‘nexus mysteriorum’, el vínculo interior entre las verdades de la fe, a su sinfonía.
“El Catecismo no debía convertirse en una estructura doctrinal seca y abstracta, sino dejar traslucir algo de la belleza de la fe”, señaló. Y concluyó que, bajo la guía, el aliento constante y la paternidad espiritual de Ratzinger, la obra creció hasta convertirse, con la promulgación de Juan Pablo II, en “un criterio y un punto de referencia seguro para la fe en nuestro tiempo”.