Juan Gea, misionero claretiano
En este siglo de vida profunda de las Obras Misionales Pontificias (OMP), han sido miles y miles los misioneros españoles que se han encarnado por completo en todo tipo de pueblos a lo largo y ancho del planeta. En esa senda fascinante, los ha habido que han dedicado la mayor parte de su existencia a esa entrega del alma y los hay que, por evidentes razones de edad, están justo ahora dando sus primeros pasos.
Además, en ese camino inagotable, hay experiencias como las de Juanje Gea Carrasco, misionero claretiano que, nacido hace 52 años en Vélez-Rubio (Almería), ha hecho un camino de ida y vuelta… Y, muchos años después, se vuelve a marchar. Tras ingresar en su congregación en 1992, profesó en 1996 y en 2001 recibió su ordenación sacerdotal, todo ello en Granada. A los pocos meses, ya estaba en la misión, en la Prelatura de Humahuaca (Argentina), donde estuvo entre 2001 y 2011.
Tras regresar a España y pasar aquí 15 años, le espera otra vez un reto único: ser misionero en Panamá. En esta entrevista con Vida Nueva, mientras se despide de los suyos y está a punto de irse, nos cuenta lo que supone para él todo este reinicio misionero.
PREGUNTA.- ¿Cómo surgió en usted la vocación a la vida religiosa y, concretamente, a la misionera?
RESPUESTA.- Cuando tenía 14 años, estaba en el grupo Jóvenes Sin Fronteras, de los misioneros claretianos, y ya ahí empezó a bullir esa inquietud. Buscaba mi lugar en el mundo hasta que, en una oración, al leer el relato bíblico de la vocación de Samuel, sentí la llamada.
En ese proceso de discernimiento, sentía que no quería ser un sacerdote ‘atado’ a una parroquia. Quería proclamar la Buena Noticia por el mundo. También me influyó mucho leer un manuscrito de mi madre, escrito en 1953, en el que ella reflexionaba sobre la identidad de los misioneros, así que, de algún modo, era como si esa llamada a la misión estuviera presente en mí desde el seno materno.
Además, fue clave el papel de Asunción Tirado, una claretiana muy sabia (hoy tiene 94 años) y toda una mujer de Dios que me acompañó en todo ese proceso y me hizo descubrir plenamente la figura de nuestro fundador, san Antonio María Claret, por el que siempre hemos sido una congregación con una identidad misionera. Luego, me formé en Sevilla, Granada y Madrid.
P.- Culminada su formación, sus primeros pasos pastorales fueron aquí, ¿no?
R.- Sí, siendo ya diácono, me destinaron a Almendralejo, en Extremadura, donde trabajé en un equipo misionero itinerante, Pero ya ese primer año, tras la ordenación sacerdotal, surgió una propuesta que no rechacé: irme a Argentina. Pasé una década maravillosa en Humahuaca, en su mayor parte en la parroquia de Iruya, un enclave andino donde acompañaba a 30 comunidades aborígenes de etnia coya.
P.- ¿Hasta qué punto le marcó esa primera experiencia misionera?
R.- Mucho. Ahí estaba acompañado por un grupo de misioneros en el que todos éramos españoles e implantamos varios proyectos de educación, formal y no formal. Allí conocí un pueblo con grandes valores y una espiritualidad muy fuerte que me marcaron. Además de su silencio y resiliencia (les acompañamos en la lucha por la titularidad de sus tierras), que me enamoraron y me transformaron. Era otra forma de vida que me enseñó muchas cosas más allá de los libros. Tenía un oído en la Palabra de Dios y otro en la vida de un pueblo sufrido.
P.- Y, tras una década, volvió y ha pasado 15 años en España… ¿Qué le supuso dejar atrás la misión?
R.- Tuve que regresar por la enfermedad de mi madre y para cuidar también de mi padre. Era feliz en Argentina, donde me sentía plenamente encarnado, pero hay que dar valor a los mayores y era el momento de estar con mi familia.
P.- Además de que aquí ha seguido siendo misionero…
R.- Por supuesto. He estado en Granada, en la Parroquia del Espíritu Santo. Hemos generado una comunidad muy dinámica que, por ejemplo, da testimonio de su fe en su apoyo a las personas sin hogar, a las que acompañamos por las noches con comida y amistad, por lo que ellas nos llaman “sus ángeles nocturnos”. Además de párroco, a nivel de congregación, me he dedicado a la formación misionera.
P.- Y, ahora, en plena madurez, regresa propiamente a la misión, yendo a Panamá. ¿Qué diferencia el proceso que hizo en su día con el que está a punto de iniciar ahora?
R.- Entonces tenía 27 años, todo era nuevo para mí y estaba rodeado de misioneros españoles. Ahora, los claretianos de allí conforman una comunidad muy internacional, con muchos compañeros de Asia o África. Para mí, supone salir de una zona de confort, pues también soy muy feliz en Granada, e ir a una región de frontera donde es acuciante el reto migratorio al entrar por allí muchos colombianos y venezolanos.
Eso sí, también voy con la tranquilidad de que allí llevamos presentes un siglo y son muchos los religiosos y laicos implicados. Así que, de primeras, como hice en Argentina, lo que haré será ir con los ojos muy abiertos y aprender.