La valenciana Amparo Martí Pagés tiene 28 años y estudió las carreras de Psicología y Música, siendo el piano su pasión. Esta es una descripción en la que podrían encajar muchos jóvenes en nuestro país. Pero, en su caso, hay un ‘añadido’ más que importante: hace un mes hizo sus primeros votos en la congregación de las Religiosas de Jesús-María.
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Además, como le explica a Vida Nueva, sus primeros pasos en la vida religiosa están siendo ciertamente especiales, pues se ha iniciado en la misión y, desde hace cuatro semanas, vive en una comunidad en el nordeste de Marruecos.
“Fue configurando mi vocación personal en torno al servicio a los demás”
Un camino que para ella “siempre ha sido muy natural. Estudié en un colegio de jesuitas y allí tuve la suerte de poder formar parte de muchas actividades de voluntariado, tiempo libre y campamentos de verano, estando también en un grupo scout. Todo eso, poco a poco, fue configurando mi vocación personal en torno al servicio a los demás. No viene de un Jesús teórico, sino de la experiencia. De conocerlo y reconocerlo en el servicio, en la gente”.
En ese sentido, “siempre he buscado a Dios en los lugares en los que pensaba que otros no querían estar. Así, a lo largo de los años, en mi adolescencia, me fui acercando a las residencias de ancianos, al mundo de la cárcel, a centros de acogida de menores… En definitiva, allí donde sentía y pensaba que más gente hacía falta. Allí encontré a un Jesús que me enseñó a mirar y tocar a cada persona de un modo diferente”.
Cuando tenía 18 años, “mientras me fijaba en muchas religiosas con las que coincidía”, se hizo una pregunta fundamental: “¿Qué se les habrá pasado por la cabeza para dejar todo atrás y ponerse al servicio de los demás a tiempo completo?”. Con todo, “eso se quedó ahí, de fondo. Seguí haciendo mi vida y empecé a estudiar en la universidad”.
Ahí rescató la pregunta que se hacía a los 18 años
Más adelante, “ya con 23 años, había acabado la carrera, tenía pareja y parecía que mi vida iba a ser como la de cualquier joven de mi edad”. Pero había algo que no encajaba del todo: “Era feliz, pero creía que la vida que estaba viviendo no me iba a ayudar a vivir lo que yo sentía que quería vivir… No supe ponerle nombre en ese momento, pero fue ahí cuando rescaté esa pregunta sobre las religiosas que me hacía a los 18 años”.
Y así, “junto a un jesuita con el que tenía mucha confianza, empecé a buscar congregaciones femeninas de espiritualidad ignaciana. Quería conocerlas y compartir cómo era su vida”. Fue así como llegó a las religiosas de Jesús-María, “donde una de ellas empezó a acompañarme en este proceso y, así, con mis preguntas y mis miedos, fui dando respuesta a eso que buscaba”.
Tras hacer semanas atrás sus primeros votos, desde la lógica de “mostrarme disponible y libre para ir donde Dios quiera”, también entonces recibió su “primer envío”, que la ha traído “a Marruecos, con otra religión, otra cultura y otro idioma, lo que recibo como una oportunidad y un regalo”.
Por Oujda pasa una de las principales rutas migratorias
Concretamente, está en Oujda, una ciudad a 15 kilómetros de la frontera con Argelia, muy cerca de Nador y Melilla, y uno de los lugares por donde pasa una de las principales rutas migratorias: “Vienen personas de diferentes países, mayoritariamente subsaharianos, buscando una vida en paz y un lugar donde poder ser libres”.
Actualmente, forman parte de esa comunidad una religiosa del Sagrado Corazón, una joven laica que ha sido la última en incorporarse, otra religiosa de Jesús-María y ella misma. Un espíritu “abierto” que siente como “una riqueza, pues creo que Dios nos llama a vivir en común, junto a otras congregaciones y también compartiendo vida y misión junto a personas laicas”.
Como vio desde el primer día en que llegó, esa entrega común se encarna en “diferentes tareas”, como la que desarrollan “junto a una comunidad de los misioneros de la Consolata, con los que estamos acogiendo y acompañando a las personas migrantes que llegan cada día a esta casa. Ellos acogen a los hombres en la misma iglesia y nosotras abrimos nuestra casa a las mujeres”.
Un espacio para descansar y un lugar seguro
Aquí “les ofrecemos un espacio para descansar y un lugar seguro, ya que el proceso de migración es especialmente duro para ellas. Es un recurso de paso y las acompañamos en lo que ellas decidan hacer: seguir con su camino, volver a su país de origen o quedarse en Marruecos e intentar conseguir un trabajo”.
Además, la comunidad impulsa otros dos proyectos: “Uno es un taller de costura donde trabajan mujeres subsaharianas que residen en Oujda y otro se trata de una guardería para niños de dos y tres años, también de familias subsaharianas. Para nosotras, la protección de la infancia es muy importante. Abriendo este espacio para los más pequeños. Queremos que tengan otro entorno, socialicen con otros niños y niñas y, en definitiva, puedan tener una infancia feliz”.
