Antoine Hérouard, vicepresidente de la COMECE. Foto: Diócesis de Dijon
Con motivo de su viaje a Francia, León XIV ha visitado Metz, ciudad vinculada a uno de los padres fundadores de la comunidad europea, Robert Schuman.
Aprovechando esta circunstancia, Vida Nueva ha conversado con Antoine Hérouard, arzobispo de Dijon y vicepresidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE).
P.- ¿Qué mensaje ha querido transmitir León XIV visitando Metz?
R.- Esta visita muestra, ante todo, la importancia que el Papa concede a la cuestión europea y su voluntad de dirigir un mensaje a los franceses sobre Europa, estableciendo en particular un vínculo entre Europa y la paz. El Papa habla mucho de la paz.
En el mundo fragmentado en el que vivimos, Europa puede ser un espacio, un “oasis”, de una cultura que no esté solo dominada por la fuerza estadounidense, el poder económico chino o la dictadura rusa. Se trata de recordar qué puede ser el proyecto europeo y cuáles son los valores que lo sustentan.
El Papa es muy consciente de que Europa puede ser un factor de estabilidad en un mundo convulso. El Estado de Derecho, el respeto mutuo, las libertades fundamentales: todo ello permite afirmar otra manera de organizar las relaciones entre los pueblos. Europa debe poder ser más ella misma y hacer oír lo que puede aportar al mundo.
León XIV ha venido, por tanto, a hablar a una Europa en crisis. El proyecto europeo es extremadamente complejo. Existen diferencias y divergencias entre sus miembros, pero Europa también intenta afirmarse con mayor fuerza. Lo vemos, en particular, en su apoyo a Ucrania o en las posiciones que trata de adoptar ante los grandes conflictos internacionales.
P.- Habla de los valores europeos. ¿Sigue estando de actualidad la cuestión de las raíces cristianas de Europa?
R.- El debate sobre las raíces cristianas de Europa, en cierto modo, ha quedado atrás. Ya se ha zanjado. La cuestión que hoy me parece mucho más importante es qué quiere decir Europa al mundo contemporáneo, qué valores quiere defender.
Evidentemente, están vinculados a la historia del cristianismo y a una determinada concepción cristiana del ser humano. Pero no por ello son valores puramente confesionales. Se trata de una determinada visión de la persona humana, del respeto de las libertades fundamentales, de la dignidad de cada uno, de la solidaridad y de la paz. Esto es lo que hoy debemos ser capaces de reafirmar.
P.- Sin embargo, Europa está atravesada por un importante euroescepticismo…
R.- Efectivamente, en algunos países existen fuerzas políticas que han llegado a defender la salida de la Unión Europea. Pero no creo que hoy esa perspectiva sea realista, entre otras cosas porque las poblaciones están profundamente vinculadas a Europa. En cambio, sí existe una verdadera crítica a la construcción europea y a su funcionamiento.
Se puede debatir sobre la libre circulación de personas, las políticas europeas, la toma de decisiones…, pero el entramado europeo está hoy mucho más presente que antes en la vida cotidiana. Por tanto, el euroescepticismo se refiere más al funcionamiento de la UE que a su propia existencia. Los europeos saben perfectamente que se necesitan unos a otros.
P.- ¿Cuál ha sido el mensaje esencial del Papa en Metz?
R.- Creo que nos invita a volver a las razones profundas que llevaron a la construcción europea. Basta con releer atentamente la declaración de Robert Schuman del 9 de mayo de 1950. Parte del carbón y del acero, es decir, de recursos que entonces estaban directamente relacionados con la capacidad de producir armas y hacer la guerra, pero su objetivo no es simplemente económico; habla de paz mundial.
Eso es lo que debemos recuperar hoy: comprender que Europa no se construyó únicamente para crear un mercado o facilitar los intercambios. Se construyó, ante todo, para permitir que pueblos que habían combatido entre sí pudieran vivir juntos y construir la paz. En el mundo actual, esta ambición sigue estando plenamente vigente.