Ante más de 78.000 jóvenes, el Papa respondió a inquietudes sobre la fe, la incertidumbre y el compromiso en una vigilia en el estadio de Saint-Denis
León XIV preside la Vigilia de Oración en el Stade de France, en Saint-Denis, a las afueras de París. Foto: Vatican Media
“Vosotros sois la esencia de Fracia”. Este fue el grito espontáneo del papa León XIV que se reunió con la juventud en una multitudinaria Vigilia de Oración en el Stade de France, en Saint-Denis –todo ello en el entorno de París–. El evento, enmarcado en su Viaje Apostólico a Francia, comenzó con un recorrido del Santo Padre entre los fieles en un vehículo descubierto. La diversidad de los jóvenes presentes ha sido una constante que se ha visibilizado en toda la celebración junto a la música y una puesta en escena muy visual con la historia del cristianismo galo.
Durante la apertura, el obispo de Saint-Denis, Étienne Guillet, dio la bienvenida a los 78.000 jóvenes de entre 17 y 35 años venidos de todo el país. El prelado destacó que se encontraban en “el departamento más joven y más cosmopolita de Francia”, un lugar donde las comunidades cristianas, habitadas de un gran deseo de vivir su fe, construyen la paz y “puentes fraternos” invitando a sus amigos judíos, musulmanes e hindúes.
Por su parte, los jóvenes, a través de diversos testimonios, expresaron que a pesar de enfrentar incertidumbres provocadas por las guerras, las divisiones de la sociedad, la crisis climática y los desafíos tecnológicos, existe en ellos “un verdadero deseo de Dios, una sed de fe”. A ejemplo de los numerosos santos que forjaron la historia de Francia, la juventud reafirmó su anhelo de convertirse en “una generación de testigos, una generación que se atreve a creer, amar y servir”.
El momento central y más esperado de la noche fue el diálogo del Papa con los jóvenes. Chloé, de 25 años y estudiante de farmacia además de animadora en los barrios populares, planteó al pontífice –– el desafío de anunciar a Cristo en una sociedad que “a veces parece incluso ajena a la cuestión de Dios”, preguntando cómo conjugar “la fuerza de nuestro impulso misionero con la autenticidad de una vida fraterna con aquellos que no comparten nuestra fe”.
León XIV respondió recordando la frase de san Pablo: “para mí la vida es Cristo”. Aseguró que “es el hombre quien se extravía cuando afirma que Dios ha muerto: si Dios no está con él, el hombre ya no tiene salvación y pierde el sentido de su existencia, que queda reducida a un callejón sin salida o a la nada”.
El Papa exhortó a anunciar a Jesús “como Evangelio de salvación, como Palabra de verdad y de vida”, subrayando que “el Evangelio de Jesús, en realidad, no conduce al conflicto, sino que siempre invita al perdón: mientras ilumina el drama de la historia, nos educa en el cuidado fraterno”. Además, enfatizó firmemente que “el mensaje cristiano no es un obstáculo para la convivencia fraterna, al contrario, lo promueve”, agregando que “es imposible dar testimonio de Cristo sin amar a quienes deseamos anunciarlo”.
Posteriormente, François, un estudiante de agronomía comprometido con su diócesis con las peregrinaciones ciclistas y la pastoral universitaria, compartió cómo “la ansiedad y la incertidumbre a menudo hacen frágil el entusiasmo de nuestra juventud”, y preguntó cómo discernir el llamado del Señor para servir y entregar la vida.
El pontífice agradeció su deseo de servir y reconoció que sentimientos como la ansiedad y la incertidumbre son “muy difundidos, debido a la precariedad de los planes para el futuro, la naturaleza provisional de los vínculos afectivos y la fragilidad de las relaciones”, a los que se suma la ansiedad por el clima, las pantallas y la situación internacional. Frente a este panorama, los invitó a ir hacia adelante, “transformando los miedos en esperanza y las quejas en compromiso responsable”. Aclaró que “la fragilidad propia de la vida humana no nos asusta, sino que nos une como criaturas que se descubren hermanos y hermanas en Cristo”.
El Papa aconsejó a los jóvenes realizar su discernimiento iluminados por la Palabra, la oración, el silencio y el ejemplo de los santos, quienes “cambiaron el curso de la historia, haciendo que muchos pasaran del sufrimiento a la esperanza, porque primero cambiaron sus propios corazones”. Finalmente, animó a todos a decir “sin miedo, pero con confianza y llenos de alegría ‘¡Heme aquí Señor!”.
También lanzó un enérgico llamado a quienes sienten vocación al sacerdocio o a la vida consagrada: “¡La Iglesia en Francia os necesita mucho! Ella reza por vosotros, os está esperando. Queridos amigos, ¡no tengáis miedo de esta llamada!”.
En un segundo momento tras el diálogo con los jóvenes, en un momento de celebración de la Palabra, León XIV destacó en su homilía el significado de la libertad y el llamamiento a la santidad, a partir de una lectura de san Pablo. Dirigiéndose directamente a los presentes, reconoció que “lleváis en su corazón un inmenso deseo de libertad, palabra que resuena con fuerza en vuestra cultura”, pero advirtió que “la fuente de la verdadera libertad” radica en “la relación viva con Jesús”.
Para guiar a los jóvenes en este recorrido vital, el pontífice propuso tres verbos fundamentales del apóstol que interpelan la libertad: “huye, tiende, lucha”. En primer lugar, instó a huir del egoísmo y de un estilo de vida superficial que “nos empuja a tenerlo todo, pero a no ser nadie; a recibir una gran cantidad de “me gusta”, pero quedándonos solos con nosotros mismos”.
Al explicar el segundo verbo, el Papa invitó a “tender” hacia lo mejor, adentrándose en el “camino de santidad”. Recordó el testimonio del beato Marcel Callo, un joven scout francés que, incluso “en la oscuridad del campo de concentración, nunca dejó de tender hacia el bien, conservando su libertad interior”. Para ayudar en el discernimiento diario, el Santo Padre entregó un criterio claro para elegir el bien: “el bien da vida, nunca la quita; el bien cuida, no toma para sí”. Asimismo, subrayó que asumir estas virtudes evangélicas “no es sólo un compromiso moral: es la decisión de convertirnos en hombres y mujeres auténticos, libres de concesiones”.
Finalmente, el Obispo de Roma exhortó a la multitud a “luchar” la batalla de la fe, precisando la naturaleza de este combate: “Nuestra lucha no es una batalla contra los demás; no recurre a las armas de la violencia, el desprecio o la opresión. Nuestra única arma es el amor que se entrega”. Animó a los jóvenes a buscar alianzas en los santos, pidiendo especialmente a santa Teresa del Niño Jesús que les enseñe su “‘caminito’ del amor cotidiano, fundamento sólido de toda paz duradera”. Como broche de oro de su alocución, el Papa invitó a contemplar las reliquias expuestas de la túnica y la cruz, asegurando que “la cruz, de instrumento de muerte, se convierte en signo de esperanza” y que, juntas, ambas reliquias “nos representan a nosotros, a nosotros la Iglesia que nace de la vida de Dios entregada al mundo”.
La multitudinaria y emotiva Vigilia, que incluyó un profundo momento de recogimiento frente a la reliquia de la Santa Túnica de Argenteuil –la prensa sin costuras que según la tradición fue portada por Cristo en su Pasión que fue entregada a Carlomagno en su coronación– y a las reliquias de 60 santos franceses que tanta importancia han cobrado en el espectáculo inicial, concluyó con una oración legada por san Juan Pablo II en la que se pide a Dios: “¡haznos descubrir el verdadero sentido de nuestra vida y de nuestra vocación!”.