La cita de Manuel II Paleólogo sobre Mahoma provocó una tormenta mundial, pero el verdadero corazón de la intervención de Joseph Ratzinger salía en defensa del encuentro entre fe y razón frente al fundamentalismo y al positivismo occidental
Benedicto XVI
El 12 de septiembre de 2006, Benedicto XVI volvió durante unas horas a ser profesor. Lo hizo en la Universidad de Ratisbona, durante un viaje a su Alemania natal, con un discurso académico que acabaría convirtiéndose en uno de los momentos más controvertidos y, al mismo tiempo, más decisivos de su pontificado.
Han pasado 20 años de Ratisbona y buena parte de aquella intervención sigue reducida a una sola cita. Ratzinger recuperó entonces un diálogo que el emperador bizantino Manuel II Paleólogo habría mantenido hacia 1391 con un intelectual persa sobre cristianismo e islam.
Al abordar la relación entre religión y violencia, citó unas palabras extraordinariamente duras del emperador sobre Mahoma: “Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba”.
Que aquellas palabras fueran mencionadas por el Papa trajo consigo protestas en numerosos países, ataques contra cristianos y un rechazo frontal de instituciones musulmanas como la Universidad de Al-Azhar, uno de los principales referentes del islam suní.
Pero convertir Ratisbona únicamente en “el discurso sobre el islam” supone quedarse precisamente en aquello que Ratzinger utilizó como punto de partida. Porque su pregunta era ¿puede una religión justificar una acción contraria a la razón apelando simplemente a la voluntad de Dios?
Tras reproducir las polémicas palabras de Manuel II, Ratzinger explicaba el razonamiento posterior del emperador: “La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma”. Y continuaba citándole: “Dios no se complace con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios”.
La fe, sostenía aquel diálogo medieval, “es fruto del alma, no del cuerpo”. Por eso, para convencer a otra persona, hacen falta “la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente”, no “la violencia ni las amenazas”.
Ratzinger se preguntaba, así, si “la convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o vale siempre y por sí mismo?”. Su respuesta estaba en el prólogo del Evangelio de Juan. “En el principio ya existía el Logos”. Y Logos, recordaba Ratzinger, “significa tanto razón como palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero precisamente como razón”.
“El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad”, afirmaba. Mucho antes de que naciera formalmente la teología cristiana, sostenía Ratzinger, la propia revelación bíblica ya había comenzado a abrir un camino desde el mito hacia una comprensión racional de Dios.
El “Yo soy” de la zarza ardiente, por ejemplo, suponía para él una afirmación del ser divino frente al universo de divinidades mitológicas. Más adelante, durante el exilio de Israel, esa comprensión de Dios se ampliaría hasta presentarlo como Dios del cielo y de la tierra. Ese proceso desembocaría en el encuentro del cristianismo con “lo mejor del pensamiento griego”: “el encuentro entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión”.
De esta manera, aunque el cristianismo nació en Oriente, para Ratzinger su encuentro con Grecia y después con Roma terminó configurando una síntesis que “creó a Europa y permanece como fundamento de lo que, con razón, se puede llamar Europa”.
En su razonamiento, Benedicto XVI reconocía que dentro de la propia historia cristiana también habían aparecido tendencias capaces de separar la voluntad divina de la razón. En la Baja Edad Media, explicaba, algunas corrientes teológicas rompieron la síntesis entre pensamiento griego y cristiano hasta acercarse a una imagen de un “Dios-Arbitrio”, cuya voluntad podría situarse por encima incluso de la verdad y del bien.
“Incluso nuestra razón, nuestro sentido de la verdad y del bien, dejan de ser un auténtico espejo de Dios”, subrayó. “El Dios verdaderamente divino es el Dios que se ha manifestado como ‘logos’ y ha actuado y actúa como ‘logos’ lleno de amor por nosotros”.
Ratzinger no solo advertía entonces del peligro de una religión que rompiera sus vínculos con la razón. También cuestionaba una razón occidental que hubiera decidido expulsar de sí misma cualquier pregunta religiosa o metafísica. Ese proceso de “deshelenización” habría recorrido, según el Papa, distintas etapas desde la Reforma hasta Kant y la teología liberal de los siglos XIX y XX.
Kant, recordaba, había llegado a afirmar que “había tenido que renunciar a pensar para dejar espacio a la fe”. Y Adolf von Harnack buscó reducir el cristianismo al Jesús histórico y a un mensaje moral despojado de aquello que consideraba construcciones filosóficas posteriores. El resultado, advertía Ratzinger, era una razón cada vez más limitada a aquello que puede verificarse experimentalmente.
“Si la ciencia en su conjunto es solo esto, entonces el hombre mismo sufriría una reducción”, advertía. Las preguntas por el origen, el destino, la ética o Dios quedarían relegadas a la esfera subjetiva. Cuando eso ocurre, añadía, “el ethos y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto totalmente personal”.
“Se debe reconocer sin reservas lo que tiene de positivo el desarrollo moderno del espíritu”, afirmaba, agradeciendo las posibilidades abiertas por la ciencia y los progresos logrados por la humanidad. En este sentido, “la intención no es retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso”. “Solo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo”, defendía.
“Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas”, concluía Benedicto XVI. “Occidente, desde hace mucho, está amenazado por esta aversión a los interrogantes fundamentales de su razón, y así solo puede sufrir una gran pérdida”.