Pedro Huerta: “Nos pesa más ser una escuela con apellido que ser la escuela de Jesús”

Escuelas Católicas
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Cuando aterrizó en Escuelas Católicas como secretario general, Pedro Huerta se comprometió a escuchar a todas las instituciones a las que acompaña. Ya se ha reunido con más del 70%. No es un detalle menor, teniendo en cuenta que la marca de la Federación Española de Religiosos de la Enseñanza-Titulares de Centros Católicos (FERE-CECA) y de Educación y Gestión (EyG) aglutina a 1.952 centros educativos católicos.



En ellos se educa a más de un millón de alumnos, con cerca de cien mil trabajadores, de los que unos 85.000 son docentes. A su experiencia a pie de aula, como maestro trinitario, se suman ahora las miles de inquietudes, sueños y temores de religiosos, sacerdotes y laicos, docentes y familias, chavales y personal de administración y servicios que sacan adelante cada día la misión educativa de la Iglesia en España.

Un apostolado que parece ponerse cuesta arriba para Escuelas Católicas, que representa al 15% del total del sistema educativo y al 57% de la enseñanza privada concertada, lo que la convierte en la organización más representativa de este sector.

PREGUNTA.- Educar en cristiano, hoy por hoy, no es rentable. De hecho, Escuelas Católicas advierte de un riesgo estructural que amenaza la pervivencia de los centros… No es un diagnóstico halagüeño para arrancar el curso.

RESPUESTA.- La escuela católica nunca se ha planteado como un negocio, evidentemente no. Independientemente de lo que algunos quieran decir, cada vez se está poniendo más difícil el sostenimiento económico. Pero, curiosamente, nadie levanta la voz para decir: “Esto ya no merece la pena, esto ya no nos renta”.

Lo que escucho y recibo de las personas e instituciones es dar todo lo que tienen hasta el final, porque sentimos la educación como una misión. Seguimos viendo las aulas como una oportunidad para evangelizar y para ser motor de transformación del mundo a la luz del Evangelio.

¿Qué estructura de la Iglesia o de la sociedad, cada mañana, cuando abre las puertas, como es nuestro caso, acoge a más de un millón y medio de alumnos para trasladar y vivir todo aquello que plasmamos en los idearios de los centros? Eso es lo que nos sostiene: saber que llevamos adelante una misión que se nos ha encomendado, pero que ni siquiera es nuestra. Así es como se llevan esas llagas que van saliendo.

P.- Pero, claro, la realidad es que se están cerrando no pocos colegios precisamente por esa tormenta perfecta entre dificultades de sostenibilidad, demografía y falta de relevo generacional en la vida consagrada… ¿Era evitable este escenario o estamos abocados a una disminución todavía más drástica?

R.- La situación demográfica es la que es. No sé si todo el mundo es consciente de lo que viene en los próximos diez años, que va a ser más complejo. El desafío es cómo responder estructuralmente a este contexto. No se están cerrando tantas escuelas como posiblemente, en un panorama como el que vivimos, deberían estar encima de la mesa si solo nos ajustamos a los datos.

De hecho, a algunas Administraciones públicas les duele que no se cierren tantas escuelas como estimaban, entre otras cosas, porque las familias continúan apostando por la educación católica en medio del secularismo social.

Cierre de centros

P.- En esta lucha por la supervivencia, ¿se sigue viendo al colegio cristiano de la calle de enfrente como competencia al que quitar unos cuantos alumnos de Infantil cada curso?

R.- Ese es uno de los problemas que estamos trabajando y que, por desgracia, nos afecta de un modo más doloroso. Es triste que nosotros no seamos capaces de hablar, de ponernos de acuerdo. A veces, en la vida consagrada, el carisma nos condiciona tanto que nos mete en dinámicas de exclusión, como si lo nuestro fuera lo más importante.

Nos pesa más ser una escuela con apellido que ser la escuela de Jesús. Nuestro carisma es Jesús de Nazaret y eso es lo que llevamos tiempo trabajando desde Escuelas Católicas. Hace un par de años, en un coloquio organizado por el Dicasterio para la Educación, se puso sobre la mesa el cierre generalizado de centros.

Yo le expresé al prefecto, el cardenal José Tolentino, mi preocupación, no porque se cierren escuelas en general, sino porque se cierren en aquellos lugares donde se pierde toda presencia de la escuela católica. En aquel momento, el cardenal no acababa de entender mi reflexión. Meses después, me dijo que, efectivamente, había que ir por ese camino.

Escuelas Católicas

Pedro Huerta, Secretario general de Escuelas Católicas. Foto: Jesús G. Feria

Ese es un reto que hemos asumido como Escuelas Católicas: siento que seguimos sin hablar lo suficiente para tener claro que esto va más allá de nuestro instituto o nuestra diócesis, que tenemos que dejar al margen nuestras diferencias y nuestras preocupaciones individuales, porque lo que está en juego es la presencia de la Iglesia.

Se ha dado el caso de pueblos y barriadas complicadas con dos escuelas católicas y una pública, en los que los dos colegios concertados se han puesto a competir para sobrevivir y finalmente han cerrado ambos, con el añadido del apoyo de la Administración, con la que no podemos igualarnos. Y, todo, por no haber hablado y haber perdido el horizonte común de ponernos al servicio del Evangelio.

Propuestas privadas

P.- En paralelo, emergen proyectos de educación privada que se erigen como los católicos de pura cepa, en teoría libres de las presiones económicas y políticas de los conciertos. Sin embargo, sobrevuela sobre estas propuestas un aire elitista e ideológico…

R.- Las iniciativas laicales siempre han existido y son de agradecer porque hablan de diversidad. Pero, ciertamente, se están creando ahora mismo determinadas estructuras o planteamientos cuestionables. Se presentan con un tinte católico, en algunos casos incluso ultracatólico, pero luego detrás tienen intereses económicos y de posicionamiento que no suenan del todo bien. Además, esas propuestas nos están haciendo daño a todos los demás ante la propia Iglesia, ante las familias, ante los poderes públicos…

P.- La ministra Milagros Tolón ha mostrado plena sintonía con la escuela católica, pero ¿realmente va a actualizar los módulos antes de que finalice la legislatura para lograr una financiación adecuada de los centros concertados?

R.- No. Lo expreso con claridad. En julio tuvimos dos reuniones al más alto nivel y pusimos sobre la mesa esta cuestión. Nuestra percepción es que, si no han sido capaces de hacerlo antes, ahora es inviable. Entre otras cosas, porque no hay Presupuestos Generales del Estado, lo que hace que el Ministerio de Hacienda no permita efectuar ningún cambio.

Por otro lado, tanto al Ministerio como a las Administraciones autonómicas, no solo del PSOE, lo que les preocupa es mejorar el módulo de la partida de pago delegado, es decir, la partida que va al pago de las nóminas del profesorado. Esa equiparación salarial sí se lleva a cabo, mientras la partida de otros gastos, que es la que realmente se necesita para que los colegios salgan adelante, sigue congelada.

Si el pago delegado para el profesorado ha subido un 3%, la partida de otros gastos lo ha hecho un 0,7%. Hoy, con lo que se recibe, solo se cubre de media el 45% del puesto escolar. El propio secretario de Estado nos dijo que desconocía este dato. Se nos ha prometido que en septiembre nos veríamos otra vez para retomar el diálogo. Pero, a corto plazo, no pinta bien…

Con este panorama, los centros siguen abiertos, pero asfixiados. Ni tan siquiera se ha convocado la Comisión de Estudio del coste del puesto escolar desde que se anunció en el año 2012. Reclamamos que, al menos, se haga un estudio serio sobre esta cuestión para actualizar los módulos. Porque no se trata de gastos suntuosos, sino de tener para pagar al menos la luz y la calefacción.

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