El Papa regresa al santuario de la Virgen del Buen Consejo de Genazzano y reivindica la pequeñez frente a “tiempos de destrucción e incertidumbre”
El Papa en Genazzano. Foto: Vatican Media
Imaginar la paz para aprender a reconocerla cuando comienza a brotar. Esa es la invitación que León XIV ha lanzado este domingo desde el santuario de la Virgen del Buen Consejo de Genazzano, uno de los lugares marianos más ligados a su propia historia espiritual y al que ha regresado para celebrar la víspera de la Natividad de María.
“Queremos imaginar la paz, ampliar los límites de nuestra comprensión y pintarla en nuestra alma, para reconocer que ya existe, acogerla y servirla”, ha afirmado el Pontífice durante la homilía.
No se trata, ha advertido, de refugiarse en la fantasía. Para León XIV, aprender a contemplar aquello que todavía no se ve puede convertirse precisamente en un acto de profecía: “Lo necesitamos, en tiempos de destrucción e incertidumbre, para ver la obra de Dios y servirla”.
León XIV ha recordado que Genazzano fue uno de los primeros lugares a los que quiso acudir después de su elección. Ya entonces explicó que sentía “el deber y un profundo deseo” de acercarse al santuario de la Virgen del Buen Consejo, cuya presencia, aseguró, le había acompañado “durante toda la vida”.
Ahora ha regresado para confiar a María “lo que en esta pobre y magnífica humanidad todavía nace: frágil como un brote, pero signo de la fidelidad de Dios”.
Para el Papa, precisamente ahí se encuentra una de las claves de la fiesta: contemplar la llegada al mundo de una niña aparentemente insignificante que terminaría ocupando un lugar central en la historia cristiana. “María es la aurora de un día diferente, de nuestro mundo finalmente liberado del mal”, ha señalado.
En un santuario profundamente vinculado a la tradición agustiniana, León XIV ha recurrido a otro agustino, santo Tomás de Villanueva, para reflexionar sobre una paradoja: la extraordinaria importancia de María frente al silencio con el que los Evangelios cuentan buena parte de su vida.
El Papa ha recordado cómo el santo se preguntaba por qué los evangelistas habían relatado ampliamente la historia de Juan Bautista o de los apóstoles y, sin embargo, habían ofrecido tan pocos detalles sobre María.
La respuesta, ha explicado, puede estar precisamente en ese silencio. En el Evangelio de Mateo, María apenas habla. Pero basta su presencia —y la del hijo que lleva dentro— para alterar completamente la historia de José. “En María la salvación encuentra casa: Dios con nosotros”, ha resumido León XIV.
“Celebramos el nacimiento de una niña llamada a convertirse en la Madre de su Creador”, ha señalado. Sin embargo, ese acontecimiento sucede con la misma sencillez con la que nace cualquier niña “de las que tenemos en brazos”.
Dios, ha explicado, no eligió las condiciones más espectaculares para entrar en la historia, sino “las condiciones históricas más humildes y la más humilde de las criaturas”.
En el Reino de Dios, ha afirmado, “la prepotencia no tiene lugar” y la omnipotencia no se manifiesta mediante el dominio, sino como “creación, servicio y cuidado de la vida”.
Asimismo, como el profeta Miqueas fue capaz de descubrir en la pequeña Belén la posibilidad de que surgiera un rey de paz, los cristianos están llamados hoy a aprender a detectar aquello que todavía parece mínimo frente a la violencia.
En este sentido, la paz, ha explicado, no empieza únicamente cuando se firman acuerdos o terminan las guerras. Antes debe encontrar un lugar en el interior de las personas.
“Dejemos crecer la paz en nosotros”, ha pedido. Y después ha añadido una convicción que resume toda su reflexión en Genazzano: “Germinará en el mundo”.