La Asamblea Plenaria de la AMECEA concluye en Nairobi con un plan pastoral para los próximos años que apuesta por la formación, el liderazgo juvenil y el acompañamiento frente al desempleo, las migraciones y la exclusión
Philip Anyolo, arzobispo de Nairobi, en la AMECEA Plenary. Foto: AMECEA
La Iglesia de África Oriental quiere dejar de hablar de los jóvenes para empezar a caminar con ellos. Esa convicción, que ha atravesado toda la XXI Asamblea Plenaria de la Asociación de Conferencias Episcopales Miembros de África Oriental (AMECEA), se ha traducido este domingo en diez compromisos pastorales con los que los obispos pretenden acompañar a las nuevas generaciones en uno de los contextos más complejos del continente.
Al término del encuentro, celebrado durante una semana en Nairobi (Kenia), los representantes de las conferencias episcopales de Eritrea, Etiopía, Kenia, Malawi, Sudán, Sudán del Sur, Tanzania, Uganda y Zambia hicieron público un comunicado en el que se comprometen a reforzar la formación en la fe, ampliar el apoyo psicológico y la atención a la salud mental, impulsar el liderazgo juvenil y formar “misioneros digitales” capaces de evangelizar en el nuevo continente de las redes sociales.
El documento es fruto de una semana de escucha a jóvenes, agentes de pastoral y expertos, marcada por el convencimiento de que la Iglesia necesita contar con las nuevas generaciones como protagonistas de su misión. “Os queremos, creemos en vosotros y os invitamos a participar plenamente en la vida y en la misión de la Iglesia, así como en la vida de vuestros respectivos países”, afirman los obispos, dirigiéndose directamente a los jóvenes.
Las prioridades aprobadas incluyen el fortalecimiento de la pastoral juvenil y de la catequesis, una formación ética para afrontar el impacto de la inteligencia artificial y las redes sociales, la revitalización de las pequeñas comunidades cristianas —también en formato digital—, el acompañamiento a las familias, la promoción del emprendimiento y la capacitación profesional, así como el refuerzo de las políticas de protección de menores y personas vulnerables.
Los obispos también se comprometen a dialogar con los gobiernos y los organismos regionales para favorecer la libre circulación de personas, abordar las causas de las migraciones forzadas y defender políticas que protejan a migrantes y refugiados.
El comunicado reconoce que el desempleo, las migraciones, la exclusión social, la salud mental o la cultura digital constituyen algunos de los principales desafíos que afrontan los jóvenes africanos. Pero también recoge una llamada que los propios jóvenes dirigieron a la Asamblea: disponer de mayores espacios de participación y corresponsabilidad dentro de la Iglesia y de la sociedad.
“Son hijos de Dios que necesitan comprensión, acompañamiento, una catequesis más profunda y una formación integral”, señalan los obispos, convencidos de que la renovación eclesial pasa por dejar de considerar a los jóvenes únicamente como destinatarios de la acción pastoral para convertirlos en auténticos protagonistas.
Ese planteamiento encontró un claro respaldo en el mensaje que León XIV envió al comienzo de la Asamblea. El Pontífice agradeció a los obispos haber situado a los jóvenes en el centro de sus trabajos y les animó a reconocerlos “no solo como el futuro de la Iglesia, sino como una parte esencial de su presente”.
“Están llamados a caminar juntos en el camino sinodal y a contribuir activamente a la misión de la Iglesia”, afirmó. En un contexto marcado por la pobreza, los conflictos, el desempleo y la incertidumbre, León XIV pidió además a las Iglesias de África Oriental que no cedan al pesimismo.
“La Iglesia está llamada a renovar su confianza en Cristo, nuestra esperanza, y en la capacidad de los jóvenes para ser agentes de transformación”, aseguró, invitando a seguir “construyendo puentes de comunión” mediante el diálogo, la formación y un liderazgo inspirado en el Evangelio.
Durante la semana, más de un centenar de obispos, junto a sacerdotes, religiosos, laicos y jóvenes delegados, reflexionaron sobre cómo responder a una región donde seis de cada diez habitantes tienen menos de 25 años y donde los desafíos sociales y económicos condicionan profundamente el futuro de las nuevas generaciones.
La Asamblea concluye así con una convicción compartida: la sinodalidad solo será creíble si se traduce en una Iglesia capaz de escuchar, acompañar y confiar en los jóvenes, no como un problema que resolver, sino como protagonistas de la transformación de la Iglesia y de la sociedad.