África

El sueño de José Gras sigue vivo en Senegal 150 años después

| 22/07/2026 - 12:52

  • Presentes en tres continentes, su inculturación en este país africano simboliza la entrega de las Hijas de Cristo Rey
  • Beatriz Gamiz, que lleva 13 años allí, destaca que son “los pobres los que me evangelizan cada día”
  • Reportaje completo solo para suscriptores





Hace 150 años, el 26 de mayo de 1876, el sacerdote José Gras y Granollers inició su sueño al fundar una congregación con la que “hacer reinar a Cristo del uno al otro confín”. Esa comunidad fueron las Hijas de Cristo Rey. Fueron…, son y serán. Aquí, en España, y más allá de nuestras fronteras.



En Europa, además de en nuestro país, están en Italia y Albania. En América Latina, en Colombia, Perú, Ecuador y Argentina. Y, en África, en Togo, Benín y Senegal. En este último país, la misión se inició el 20 de abril de 1979, asentándose en la localidad de Kaolack. Desde allí, siguen dando frutos, y en abundancia.

El paso dado por “un grupo de seis mujeres”

Así lo asegura a Vida Nueva una de las herederas de esa presencia pastoral, Beatriz Gamiz, que aún se conmueve al pensar en lo que ha supuesto en su vida el paso dado por “un grupo de seis mujeres”.

Hace casi cinco décadas, las religiosas, “tres italianas y otras tres españolas”, lo dejaron todo atrás para sumergirse en lo desconocido. Fueron a Senegal “abiertas al soplo del Espíritu, que las lanzaba a confiar y a adentrarse en el continente africano sin conocer ni la lengua ni la cultura, pero con la certeza de que Dios ya las esperaba allí”.

Hijas de Cristo Rey en Senegal

Lograron adentrarse en el alma del pueblo, fieles a su carisma, “a través de la educación”. Y luego, en el día a día “con los niños y sus familias, con sencillez y gozo”, se encarnaron plenamente “en el pueblo senegalés, que nos acogió con los brazos abiertos”.

Comunidades en Kaolack, Kaffrine, Mbour y Dakar

Casi medio siglo después, esa pasión evangélica se mantiene “en las cuatro comunidades con hoy tenemos en Senegal: seguimos en Kaolack, donde todo empezó, y también estamos en Kaffrine, Mbour y Dakar”. Y, además de esa presencia paralela en Togo y Benín, su latir en África se plasma en “algunas vocaciones nativas que, enamoradas de Cristo, viven con el deseo de amarlo y hacerlo amar”.

En el caso de Gamiz, la idea de la misión brotó en mayo de 2013: “Era la directora de la Residencia Universitaria de Granada, donde nació mi vocación. Fue entonces cuando recibí la llamada de la madre general, Rita María Zurita, que me pedía ir a Senegal y compartir allí mi vida con las hermanas y sus gentes”.

Como reconoce, “mis ojos se llenaron de lágrimas y tuve una mezcla de emociones: sorpresa, agradecimiento, alegría inmensa por ir a tierra de misión y, a la vez, tristeza por dejar a ‘los míos y lo mío’, así como miedo e incertidumbre ante lo desconocido… Pero, en el fondo de mi ser, estaban la confianza y la certeza de que el Señor no me abandonaría jamás”.

Lo vivido ha configurado una nueva Beatriz

Ahora, 13 años después, ve claro que “lo vivido ha configurado una nueva Beatriz, más humana, más hermana, más sensible y más enamorada del Señor de los pobres… Porque son los pobres los que me evangelizan cada día. Con ellos aprendo a vivir en actitud acción de gracias”.

Sobre la misión como tal, Gamiz reitera que “mi presencia en Senegal es sencilla” y se asienta “en tres pilares: la eucaristía, la comunidad y los pobres, que son la escalera que me lleva a Dios”. Y es que “me siento una senegalesa blanca, ya integrada en la cultura y sus gentes, que tanto me enseñan en la vida cotidiana: los niños del cole y el equipo educativo, las familias, los jóvenes, los enfermos y los religiosos, religiosas y sacerdotes con los que comparto mi día a día… ¡Todos tienen algo que enseñarme!”.

En las aulas, su motor es plasmar con el alma lo que les pidió José Gras en una frase que adopta como lema vital: “Para educar a los niños es preciso amarlos”. Y no hay más secretos: “Lo que buscamos es iluminar su inteligencia y hacer bueno su corazón”.

El 80% de los alumnos son musulmanes

Así, “nuestro colegio, como cualquier otro de las Hijas de Cristo Rey, trata de asentar en los niños valores del Reino como la unidad, la fraternidad, la justicia, el respeto, el perdón o la compasión”. Y, ahí, entran todos. De hecho, “la mayoría de los alumnos son musulmanes, en torno al 80%”. Lo que se traduce en “considerar la educación como el principal modo de ofrecer un servicio apostólico en la Iglesia”.

Otra respuesta, más allá de la pedagógica, es la que ofrecen a “muchos chicos sin escolarizar y que mendigan por las calles de Dakar”. Para Gamiz, son “mis niños talibés… Con sus pies desnudos y heridos, y con su corazón atravesado por la lanza del desamparo, la soledad y el desamor”.

A ellos les dedica mucho de su tiempo. Y no todos lo entienden… Hasta el extremo de que “mucha gente me dice: ‘Hermana, es muy difícil ayudar y hacer frente a esta realidad. Tú no puedes cambiar nada. ¡Es el sistema político el que debe hacerlo! Además, ten cuidado porque puedes tener problemas con los marabouts [los maestros coránicos]”.

Una más entre los niños talibés

Sin embargo, no hacen mella en ella: “En el fondo de mi ser hay una voz que me invita a no tener miedo y me impulsa a compartir mi vida con ellos. Me gusta salir a la calle y ofrecer a los talibés un poco de mi tiempo, sin más. Se trata de festejar el cumpleaños o la fiesta de Navidad con ellos, u ofrecerles una sonrisa, una mano amiga, un poco de leche y un trozo de pan… Esa es la llamada de Dios en mi hoy aquí en Senegal… Ousmane, Serigne, Ibrahima, Cherif, Mamadou, Mohamed, Calidu… ¡Gracias por ser los embajadores de Dios en mi vida!”.

Antes de despedirnos, Gamiz nos cuenta que “el nombre que los talibés me han dado es ‘mamá de los domingos’. Me recuerda que mi misión en esta tierra es darme sin cálculo ni medida, como hacen las mamás… ¡Las mamás dan todo, se dan a sí mismas!”.

Después de 25 años desde su consagración, lleva algo más de la mitad, 13, en Senegal. Lloró al ir allí, pero hoy estalla de gozo: “Todo cristiano debería ser misionero. Si no, no es cristiano. Para mí, ser misionera no es algo accesorio, sino algo que constituye mi ser y mi persona, porque ya no me entiendo sin Jesús”.

Noticias relacionadas