Más de 300 mil participantes celebraron a la Virgen del Carmen en el pequeño poblado de La Tirana, a 80 kilómetros al interior de Iquique, en pleno desierto de Atacama. Promeseros, bailarines, peregrinos, llegados desde muchas ciudades de Chile y también de algunos países vecinos.
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La fiesta comenzó en la víspera con la Solemne Eucaristía en la explanada del Santuario. A las 21:40 horas, el silencio se apoderó de los miles de devotos que esperaban la aparición de la imagen. En procesión, a los sones del baile “El chino”, la imagen fue transportada desde el interior del templo. Cuando apareció la multitud estalló en alegría: pañuelos al viento, globos, manos levantadas y el inconfundible sonido de bombos y platillos, peregrinos y bailarines saludando con entusiasmo a la Carmelita.
Presencia viva que acompaña al pueblo
En su homilía el obispo de Iquique, Isauro Covili Linfati, ofm, saludó a los peregrinos y recordó la celebración del Centenario de la Coronación de la Virgen del Carmen, en el país, señalando que esta conmemoración no representa solo el recuerdo de un hecho histórico, sino el reconocimiento de una presencia viva que continúa acompañando al pueblo chileno.
“Mirando el presente desde el Evangelio y con ojos críticos -continuó el obispo- los invito a ser testigos y profetas de comunión, de participación, de hospitalidad, de concordia, y de paz, pero no habrá ninguna de ellas en plenitud en un mundo alejado de Dios”.
También invitó a “tomar conciencia de la urgente necesidad de abrazar una conversión misionera permanente con rostro ecológico; y a caminar juntos, para ser Iglesia sinodal, evangelizadora, en diálogo con la cultura, en la que se reconoce y valora, la vocación bautismal, el ministerio sacerdotal, la vida religiosa y la vida laical en sus diversos servicios y ministerios para la sanación del mundo”.
Agregó su invitación también “a ser acogedores, cultivando la comunión eclesial, y el respeto por la dignidad humana, en los ambientes donde cada uno vive, sueña y sufre” y “a escuchar con empatía los lamentos de los heridos en el camino de la vida”.
Covili confesó que le “duele el corazón cuando veo a bautizados y a devotos de la Virgen de la Chinita que no miran a Jesús y que viven consumidos en intereses mezquinos. También a padres que, movidos por un buen corazón piden la bendición para su hijo o hija, pero han abandonado su responsabilidad de formarlos en la vida cristiana, solicitando los sacramentos de la iniciación cristiana”.
El obispo destacó en su homilía que la devoción a la Virgen debe conducir siempre a Jesucristo, invitando a los fieles a vivir una auténtica conversión, fortalecer la comunión eclesial y hacer del servicio el camino concreto del Evangelio; exhortó a asumir una conversión con rostro ecológico, promoviendo el cuidado de la creación y, particularmente, del agua en la Región de Tarapacá”.
Euforia en la medianoche
Concluida la celebración eucarística comenzó “La espera del Alba”, ceremonia que incluyó proyección de imágenes históricas de la festividad, evocando la fe transmitida por generaciones de peregrinos y bailarines. En el Momento de la Luz y del Silencio una llama encendida en medio de la explanada recordó a los antiguos devotos que legaron esta expresión de fe convertida en cultura.
En la medianoche, al anunciarse la llegada del 16 de julio, la explanada volvió a llenarse de júbilo. Se rompió el silencio con un fuerte ”¡Viva la Virgen del Carmen!”, mientras miles de voces respondieron al unísono, dando paso al canto “Reina del Tamarugal”.
Ese día de la fiesta se celebraron sucesivas Misas, decenas de sacerdotes reciben confesiones y unos 500 voluntarios colaboran en el servicio pastoral.
El dirigente de la Federación de Bailes Religiosos, Juan Pablo Maturana, dijo que de las 210 cofradías que la integran, 208 estuvieron presentes en la celebración y que, con motivo del Centenario de su Coronación, han regalado una nueva corona para la imagen peregrina que sale en procesión y que se presentó ya en esta ocasión.
Según el historiador Rómulo Cúneo Vidal, cuando el español Diego de Almagro avanzó desde Perú hacia el sur, descubriendo el actual territorio chileno, llevaba en su tropa a un príncipe inca cautivo llamado Huillac Huma con su hermosa hija, la princesa Ñusta Huillac. En un lugar cercano del actual pueblo de Pica, en pleno desierto de Atacama, muchos de los yanaconas incas huyeron hacia la pampa del Tamarugal entre ellos, Ñusta Huillac y su padre. Refugiados en los bosques de tamarugos, Ñusta Huillac organizó una rebelión generando tanto miedo en los habitantes de la zona, que la nombraron «La Tirana del Tamarugal».
Un joven expedicionario portugués llamado Vasco de Almeida, perdido en su camino hacia la Mina del Sol, llegó tiempo después y conoció a Ñusta, se enamoraron y cuando su relación fue descubierta, ambos fueron condenados a muerte. Almeyda, con el propósito de que su amor dure para siempre, convence a Ñusta Huillac para que se bautice y así tras la muerte, estarían juntos para siempre. Ambos son descubiertos en la ceremonia y asesinados por los nativos. En 1540, estaba en el pueblo el fraile Antonio Rendón, hallando una cruz y para homenajear a la pareja construye una capilla bajo el nombre de «Nuestra Señora del Carmen de La Tirana».
