Donne Chiesa Mondo

Hermana Nazha, la voz bajo las bombas en Líbano

| 09/07/2026 - 13:01





En el sótano del Colegio Notre Dame donde las bombas caen tan cerca que hacen temblar las paredes, la hermana Nazha El Khoury no les pide a los niños que se callen. Les pide que hablen. “Repetid después de mí”, dice, guiándolos por el pasillo. Algunos lloran, otros se aferran a su hábito. Las palabras son sencillas: una oración, una frase reconfortante, algo para seguir respirando. Así, la guerra no desaparece, pero cambia su sonido. Ya no es solo una explosión, es una voz compartida.



Es en esta imagen de 1983, atesorada por la hermana Nazha entre sus recuerdos más preciados, donde comprendemos cuándo y cómo en Líbano una mujer puede comenzar a sanar un conflicto: cuando las palabras no borran el miedo, sino que lo penetran y lo transforman en una relación. Hoy, mientras el país vive otro Viernes Santo en su historia, la hermana Nazha, superiora general de las Hermanas Antoninas Maronitas, continúa siendo un referente en un Beirut herido, coordinando con valentía y lucidez las misiones en el sur, en Rmeich, Debel y Nabatieh.

La suya es una historia de “adaptación y resistencia”, arraigada en lo que ella llama un “Edén disputado”, “un jardín de olivos y viñedos” donde la paz sigue siendo un bien preciado que debe defenderse con tenacidad contra cualquier lógica de opresión.

Su capacidad para unir a la gente nació lejos del frente. Nazha nació en Kfarchekhna, un pueblo del norte del Líbano cuyo nombre en siríaco significa “morada de la calma”. Creció en una familia maronita donde las palabras nunca eran palabras vacías, sino una misión diaria. Su padre era el sacerdote del pueblo, un hombre piadoso que consideraba a sus feligreses como sus propios hijos; su madre era una mujer sabia, tranquila, pero de una determinación inquebrantable. “La misa diaria era parte integral de nuestra vida familiar. Admiraba el compromiso de mi padre y la fe de mi madre. Para ambos, la parroquia estaba por encima de la familia”, explica.

Entre el barro

Esta herencia espiritual la preparó para una vida difícil, en la que la palabra a menudo quedaba ahogada por el ruido de las armas: En 1967, los primeros bombardeos israelíes en el sur; en 1973, los enfrentamientos entre las milicias palestinas y el ejército libanés, que le impidieron obtener su diploma de bachillerato; en 1976, la primera fase de la guerra civil, que coincidió con su primera misión en Nabatieh, donde quedó atrapada.

“Entre 1977 y 1989, cuando era estudiante en Beirut, caminábamos bajo las bombas. Un compañero murió a manos de un francotirador justo en la entrada de la universidad. Teníamos que caminar por el barro de los jardines para evitar a los francotiradores”, cuenta. En este barro, metafórico y real, la hermana Nazha aprendió a neutralizar la violencia mediante su devoción a la Palabra de Dios. “Me decía a mí misma: ‘Si el Señor me quiere, me protegerá’. Nunca he fracasado en nada por miedo. Siempre estuve segura de que lo que se me pedía era para la gloria de Dios y la salvación de la humanidad”.

Recomponer

En 1983, como directora de estudios en el Notre Dame College de Hazmieh, esta práctica se convirtió en algo cotidiano. Su voz se transformó en el instrumento para reconstruir día a día el tejido social que la guerra intentaba desgarrar. En aquellas aulas cerradas, sus palabras no solo organizaban, sino que recomponían. Mantenían unidos a estudiantes y profesores, restaurando la continuidad de una comunidad que la guerra civil intentaba fragmentar.

“Tenía que elaborar el horario de clases cada día en función de la presencia o ausencia de estudiantes y profesores. Cuando había bombardeos, llevaba a los niños al sótano. Se sentían seguros cerca de mí y allí dábamos clase”. Sus palabras nunca fueron un instrumento de poder, sino generador de significado. Hoy, como superiora, su papel se ha ampliado para abarcar todo el Líbano porque Nazha coordina, escucha, apoya y utiliza sus palabras para proteger a sus compañeras monjas que han optado por no abandonar la línea del frente.

La escuela Notre Dame en Hazmieh (Líbano). Foto: Archivo Vida Nueva

“Las hermanas de Nabatieh se vieron obligadas a abandonar la escuela. Abrieron las ventanas para escapar de la presión de las bombas y cerraron las puertas entre lágrimas”, relata Nazha con voz firme. “En cuanto a las hermanas de Debel y Rmeich las llamo todas las mañanas y todas las tardes. En cuanto leo sobre un bombardeo, marco el número. Las encomiendo al Señor y doy gracias por su seguridad. Siempre les recuerdo que sean prudentes y sabias”.

Esta red invisible de llamadas telefónicas, susurros y oraciones es un acto de pura resistencia: una voz femenina que, a pesar del aislamiento, confirma a la otra que la vida sigue naciendo. La hermana Rita Eid, la hermana Gerard Merhej, la hermana Josephine Khachan y la hermana Joumana Samara permanecen en el sur bajo los bombardeos más intensos y el aislamiento total del resto del mundo tras la destrucción de los puentes que permitían el paso sobre el río Litani. Su día a día no reproduce el ruido de la guerra. En cambio, genera silencio y reflexión a través de la lectura espiritual, el Rosario y la adoración del Santísimo Sacramento.

Mosaico de resistencia

La presencia de las Hermanas Antoninas Maronitas en el sur es muy importante para sus habitantes, ya que les hace sentirse más seguros. “Compartimos sus alegrías y tristezas y asistimos a la misa parroquial con ellos. Seguimos supervisando de cerca el progreso académico de nuestros estudiantes mediante clases ‘online’ asegurándonos de que su aprendizaje continúe a pesar de las difíciles circunstancias”, explican las hermanas.

“Nos sentimos aisladas porque los pueblos de los alrededores se han vaciado y tememos que la carretera a Beirut quede completamente bloqueada. La situación nos resulta insoportable, pero hemos decidido quedarnos aquí, en parte por obediencia y en parte porque el pueblo se ha quedado aquí. Estamos en una misión para ellos y con ellos. Permanecemos juntos y compartimos su destino”. Tras la última escalada entre Israel y Hezbolá, los pueblos cristianos fronterizos han permanecido aislados.

Beirut bajo los bombardeos. Foto: Archivo Vida Nueva

Estas mujeres conforman hoy un mosaico de resistencia. Cuando la hermana Nazha apaga su teléfono esa noche, esa conexión no se rompe. Continúa con una oración más personal, casi una conversación: “Me dirijo a Dios en función de mis sentimientos, especialmente cuando me preocupan mis seres queridos”. Afronta el conflicto con las palabras.

Para estas monjas, Líbano es “como un cedro” que no muere, y si lo hace, resurge como el ave fénix de sus propias cenizas. Esta imagen encierra una promesa, pero también una práctica diaria: remendar sin aspavientos, mantener unido lo desgarrado. Sus palabras, capaces de desarmar el odio y generar resiliencia, son la fuerza que impide que esta tierra se convierta en un desierto. “Si muero fuera del país, quiero que mis cenizas se esparzan en Líbano.

“Llevo a Líbano dentro de mí”, susurra la hermana Nazha. En esta fidelidad inquebrantable hay más que resistencia. Hay una labor continua, casi invisible, de reconciliación. Estas mujeres no pueden detener la guerra. Pero, palabra tras palabra, impiden que se convierta en el único lenguaje posible.


*Reportaje original publicado en el número de junio de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva

Etiquetas: Líbano
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