El patriarca latino de Jerusalén, que ve cómo la violencia “ya es parte de la cultura” local, pide a los cristianos ser auténticas semillas de paz y fraternidad
Pierbattista Pizzaballa
El cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, está convencido de que, pese a todas las dificultades, la Iglesia de Tierra Santa puede “sanar al mundo de sus heridas”. ¿Cómo? “Con mansedumbre y con el valor del perdón”.
Sacudida en los últimos años la convivencia local por la guerra en Gaza y, estas semanas, por una inusitada escalada bélica que ha tenido como epicentros Irán y Líbano, el purpurado ha realizado un profundo ejercicio de introspección y ha dirigido a sus fieles una larga carta.
La misiva, titulada ‘Regresaron a Jerusalén con gran alegría. Una propuesta para vivir la vocación de la Iglesia en Tierra Santa’, es una suerte de ‘Diario del alma’ de Juan XXIII.
Así, recoge su “necesidad de ofrecer una palabra más articulada y una reflexión más completa”. Siendo en definitiva un “instrumento de discernimiento”, su fin último es “promover el diálogo y la reflexión dentro de nuestros contextos eclesiales, de nuestras comunidades, en los monasterios y en las familias”.
No tanto para ofrecer “respuestas inmediatas o soluciones técnicas”, sino para “ayudar a cada uno a interrogarse sobre cómo vivir hoy la fe cristiana en esta Tierra a la luz del Evangelio”.
En consecuencia, busca ir mucho más allá de las “habituales declaraciones”, que “a menudo se suceden casi idénticas unas a otras”. Y es que “siento con una urgencia aún mayor la necesidad de palabras verdaderas y significativas para nosotros”.
De hecho, “el sufrimiento de este tiempo no permite limitarse a discursos edulcorados y abstractos (y por ello no creíbles) ni nos permite detenernos en los enésimos análisis o denuncias”.
Desde ese punto de partida, lanza al aire la pregunta fundamental: “¿Cómo estar como cristianos, en cuanto asamblea eclesial, dentro de esta situación de conflicto (político, militar, espiritual) que sabemos que durará aún muchos años?”.
Y más cuando, pese a la tristeza, no puede evitar admitir que la guerra “es ya parte integrante de la vida eclesial, de la existencia ordinaria de cada uno de nosotros. Lamentablemente, ya es parte de la cultura de esta Tierra Santa”.
Por ello, en un ámbito “donde las fronteras identitarias están tan fuertemente marcadas, nuestro ser cristianos debe convertirse en testimonio de un modo particular de vivir, incluso dentro de la contienda, y debe hallar una expresión visible y reconocible en lo que decimos y hacemos”.
De ese modo, “estamos llamados a ofrecer una interpretación del tiempo actual según una perspectiva cristiana que nos distinga de modo claro y reconocible”.
Lo que, en definitiva, pasa por clamar al cielo que “la vocación” de su Iglesia solo puede ser una: “Sanar al mundo de sus heridas. Sanar las laceraciones con mansedumbre y con el valor del perdón. Esta es la misión sublime de Jerusalén, donde los cristianos son sal, luz y levadura dentro de unas sociedades a las que pertenecen de pleno derecho”.
Hay que tener en cuenta que el nombre de Pizzaballa sonó con fuerza en el cónclave del pasado año, siendo uno de los más reconocidos cardenales italianos.
De hecho, habría sido un hito, pues el país que más papas ha dado a la Iglesia no encuentra ‘sucesor’, en este sentido, desde la elección de Juan Pablo I en 1978, quien murió a los 33 días del “habemus papam”.
Con todo, de haber sido elegido, casi nadie habría pensado en él como “un italiano”. Y es que estamos ante el principal representante de la Iglesia en la tierra de Jesús, nacido en Belén, criado en Nazaret y crucificado y resucitado en Jerusalén.
Consagrado franciscano en 1989 y sacerdote en 1990, ha pasado buena parte de sus 61 años (los acaba de cumplir) en la Ciudad Santa para cristianos, musulmanes y judíos. Allí se formó en su juventud y allí, entre 2004 y 2016, fue el máximo responsable de la Custodia Franciscana de Tierra Santa.
Hasta que, hace una década, Francisco le designó administrador del Patriarcado Latino de Jerusalén. En 2020 ya le nombró oficialmente patriarca. Y, en 2023, le entregó el birrete cardenalicio.