El Papa aterriza en el país africano con un mayor crecimiento económico, pero que no logra reducir la desigualdad y la pobreza
León XIV, en Angola
León XIV quiere un futuro para Angola que borre “los obstáculos al desarrollo humano integral, luchando y esperando junto a aquellos a quienes el mundo ha descartado, pero que Dios ha elegido”.
Así lo manifestó esta tarde en el encuentro que mantuvo con las autoridades del país africano tras ser recibido por el presidente João Manuel Gonçalves Lourenço. Fueron las primeras palabras de Robert Prevost en el país después de aterrizar a media tarde en el aeropuerto de la capital, Luanda, dentro de su gira africana.
“Quisiera asegurar mi oración por las víctimas de las fuertes lluvias e inundaciones que han afectado a la provincia de Benguela, así como expresar mi cercanía a las familias que han perdido sus hogares”, dijo nada más arrancar su discurso, un comentario que fue respaldado con emoción por el auditorio.
Más allá de la realidad angoleña, el Papa subrayó que “África es para el mundo entero una reserva de gozo y de esperanza que no dudaría en calificar de virtudes ‘políticas’, porque sus jóvenes y sus pobres aún sueñan, aún esperan, no se conforman con lo que ya existe, desean levantarse, prepararse para grandes responsabilidades, jugarse en primera persona”.
El Papa reivindicó la fuerza de la juventud frente a “los déspotas y tiranos, tanto de cuerpo como de espíritu”, que “buscan volver las almas pasivas y las pasiones tristes, propensas a la inercia, dóciles y sumisas al poder”. A la vez, alertó de tentaciones como “el fanatismo, la sumisión, la manipulación mediática, el espejismo del oro y el mito de la identidad”.
Al hilo de esta cuestión, apuntó que “la sabiduría de un pueblo, en efecto, no puede ser extinguida por ninguna ideología” y que cualquier deseo de “transformación social” es “más profundo que cualquier programa político o cultural”.
Así, se mostró convencido de que “África necesita urgentemente superar las situaciones y los fenómenos de conflicto y enemistad que desgarran el tejido social y político de muchos países, alimentando la pobreza y la exclusión”.
En medio de este contexto, León XIV presentó a la Iglesia como el actor que desea ser la levadura en la masa y fomentar el crecimiento de un modelo justo de convivencia, libre de la esclavitud impuesta por élites con riquezas desmedidas y falsas alegrías”.
Lo cierto es que el Papa llega con un país que dejó atrás una guerra civil hace veinte años, pero que continúa sin entrar en una fase de desarrollo estable y, sobre todo, equitativa. Con el 57 % de población católica, es un país con vastas reservas minerales y petrolíferas, y su economía se encuentra entre las de mayor crecimiento del mundo, aunque esa pujanza económica es muy desigual, con un 39,3 % de pobreza y una tasa de desempleo del 14,1%.
Con estas credenciales, León XIV se presentó dispuesto a “escuchar y alentar a quien ya ha elegido el bien, la justicia, la paz, la tolerancia y la reconciliación”. “Al mismo tiempo, junto a millones de hombres y mujeres de buena voluntad que son la primera riqueza del país, quisiera hacer un llamamiento a la conversión de quien elige caminos opuestos e impide el desarrollo armonioso y fraterno”, dejó caer.
“¡Cuánto sufrimiento, cuántas muertes, cuántas catástrofes sociales y ambientales trae consigo esta lógica extractiva!”, denunció sobre “un modelo de desarrollo que discrimina y excluye”.