En la noche más solemne del calendario litúrgico, el papa León XIV presidió en la noche de este Sábado Santo la Vigilia Pascual en la basílica de San Pedro, desde donde lanzó un mensaje de esperanza ante las crisis globales. Durante su homilía, el pontífice estableció un paralelismo entre la piedra que sellaba el sepulcro de Cristo y las barreras contemporáneas que dividen a la humanidad, haciendo un encendido llamamiento a no dejarse paralizar por “la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones”.
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La celebración comenzó en la oscuridad, iluminada gradualmente por el Cirio pascual, un rito que el Papa describió en su homilía como “el signo de la luz pascual, que nos une en la Iglesia como lámparas para el mundo”. Ante miles de fieles congregados, León XIV recordó que esta celebración, para san Aguntín, es la “madre de todas las vigilias”, en la que se revive “el memorial de la victoria del Señor de la vida sobre la muerte y el infierno”. Reflexionando sobre el sacrificio de la cruz, el pontífice interpeló a los presentes preguntando: “¿Hay una caridad más grande, una gratuidad más total?”.
Romper barreras
Durante su reflexión, el Papa repasó la historia de la salvación, destacando cómo, desde la creación, Dios actuó “sacando del caos el cosmos, del desorden la armonía”. Subrayó que, a lo largo de los siglos, ante “la dureza del pecado que divide y mata”, la respuesta divina siempre ha sido “el poder del amor que une y devuelve la vida”. Algo que el Papa destacó fijándose en las mujeres que acudieron al sepulcro en la mañana de Pascua.
León XIV comparó así la roca que sellaba la tumba como una metáfora del pecado humano, definiéndolo como “una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza”. Sin embargo, ensalzó la actitud de María Magdalena y la otra María, quienes “no se dejaron intimidar” y fueron testigos de que la potencia del amor de Dios es “capaz de ‘expulsar el odio’ y de ‘doblegar a los poderosos’”. Para el Papa, “el hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, va más allá de la muerte y ningún sepulcro la puede aprisionar”.
Testigos del evangelio
A lo largo de la celebración, un grupo de catecúmenos adultos llegados de diversas partes del mundo han recibido los sacramentos de la iniciación cristiana: el bautismo, la confirmación y la primera comunión. Dirigiéndose a ellos, les invitó a ser “criaturas nuevas” y “testigos del Evangelio”, el pontífice dirigió su mirada a las fracturas del mundo contemporáneo. León XIV advirtió que “tampoco faltan en nuestros días sepulcros que abrir” y lamentó que a menudo “las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles”.
Para el Papa esas piedras modernas que “oprimen el corazón del hombre” con, entre otras “la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor”, mientras que otras rompen los lazos sociales y generan “la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones”. Ante este panorama, clamó: “¡No dejemos que nos paralicen!”.
Para concluir, León XIV invitó a los fieles a seguir el ejemplo de aquellos que, a lo largo de la historia y “fortalecidos por la gracia del Resucitado”, tuvieron el valor de actuar frente a las adversidades, incluso a costa de su propia vida. El Papa conluyó pidiendo a la Iglesia y al mundo que asuman este compromiso vital, “para que en todas partes y siempre, en el mundo, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y la paz”.