“En agosto de 2018, cuando el papa Francisco me llamó para ocupar el cargo de sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado, no podía imaginar qué pasos nos depararía la Providencia”. Con esta palabras, arrancaba la despedida de Edgar Peña Parra, uno de los soportes del pontificado de Jorge Mario Bergoglio, al equipo con el que ha trabajado estos últimos años. Este lunes se comunicaba oficialmente que será el nuevo nuncio en Italia y San Marino por designación de León XIV. En plena ‘mudanza’ el arzobispo venezolano de 66 años analiza con ‘Vida Nueva’ su servicio a la Santa Sede dentro de los muros vaticanos y reflexiona sobre la actualidad y sobre su futuro.
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PREGUNTA.- Ocho años como sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado. ¿Por qué cerrar esta etapa?
RESPUESTA.- Quien conoce el funcionamiento de los Dicasterios de la Sede Apostólica sabe que los servicios en la Curia Romana se configuran habitualmente como encargos ad quinquennium, es decir, por cinco años. Se trata de responsabilidades que se asumen por un tiempo determinado en el marco de la colaboración con el Santo Padre en el gobierno y la misión de la Iglesia universal.
Estos ocho años se comprenden, por tanto, como el desarrollo de una misma tarea vivida en dos etapas: una primera correspondiente al quinquenio ordinario, y una segunda que comenzó cuando, al concluir ese periodo, el Papa Francisco, de feliz memoria, tuvo a bien renovar el encargo por otros cinco años.
En la Curia, estos encargos se viven como un servicio al Señor y a la Iglesia en la persona del Santo Padre. Por eso, tanto su inicio como su término se acogen con naturalidad, según lo que él disponga en cada momento.
Relevo institucional
P.- En los pasillos vaticanos se ha especulado con los motivos de su salida y con su nuevo destino: su buena o mala relación con el nuevo Papa, un premio o un castigo a su labor en el Pontificado anterior… En cualquier caso, es una novedad que el Sustituto no acabe en el despacho de un Dicasterio… ¿Esto es un nuevo estilo de León XIV como otras salidas producidas estas semanas en la Curia? ¿Es un cambio de proceder?
R.- Los cambios en una institución forman parte de la cotidianidad. Aún más cuando, como es el caso de la Santa Sede, el Santo Padre ha asumido recientemente su nueva misión.
Al mismo tiempo, es importante evitar una lectura netamente humana o, si se quiere, política de los distintos oficios que puedan desempeñar los sacerdotes y los obispos. En la Iglesia, las misiones que el Papa confía no se pueden interpretar en categorías de premio o castigo. Se trata de servicios que se reciben y se viven en disponibilidad, y el Santo Padre, con la libertad propia de su ministerio y con la gracia de estado que le asiste, dispone en cada momento aquello que considera más oportuno para el bien de la persona y de la Iglesia.
Por lo demás, la historia muestra con claridad que no existe un único camino para quienes han desempeñado el cargo de Sustituto. De hecho, no existen “paradas forzadas” en el caminar de un ministro. Resulta interesante considerar que el término ministro, desde su etimología, deriva del latín minister, formado por la raíz minus, que significa ‘menor’, y el sufijo -ter, que introduce una comparación. Aquello que se compara remite siempre a algo o a alguien más.
Para quienes dedicamos nuestra vida al servicio de Dios, la referencia es evidente: el Magister, el Maestro, es decir, el mayor, pues deriva de magis. Por lo tanto, el menor —el servidor— es consciente de que está al servicio del Mayor, Jesucristo.
Trazar recorridos obligatorios en la trayectoria de un ministro equivaldría a pretender limitar la libertad soberana del único Maestro y Señor. Somos enviados allí donde parece que podemos aportar más, para contribuir a que Cristo y su Evangelio sean conocidos. Entre mis predecesores, algunos han pasado posteriormente a un Dicasterio, es cierto; pero otros han sido enviados a responsabilidades pastorales o a diversos ámbitos de servicio.
Quisiera recordar a dos personas que ocuparon mi despacho, una de las cuales es un santo a quien le tengo una particular devoción: Giovanni Battista Montini, quien, antes de convertirse en Pablo VI, pasó prácticamente toda su vida sacerdotal aquí en Roma, en distintas encomiendas dentro del Servicio Diplomático de la Santa Sede, entre las cuales también fue sustituto de la Secretaría de Estado. Después de ser sustituto, él no fue a un Dicasterio, sino que fue llamado a servir como arzobispo de Milán. Podemos también recordar a Giovanni Benelli, sustituto en tiempos de san Pablo VI que, tras su trabajo en la Secretaría de Estado, fue enviado como arzobispo de Florencia.
En este sentido, mi situación no constituye una excepción, sino una más entre las diversas formas en que esta misión ha continuado en la vida de la Iglesia. Personalmente, lo vivo con gozo y naturalidad: después de haber servido al papa Francisco durante siete años, hasta el final de su vida terrena, y al papa León XIV por casi un año, se me pide ahora continuar esta misma labor desde otro lugar, como nuncio apostólico en Italia y en San Marino.
P.- Nuncio Apostólico en la República Italiana y en San Marino. ¿Se esperaba este nombramiento? No tiene pinta de que vaya a rebajar su intensidad de trabajo porque el Papa le ha confiado un servicio no menor…
R.- A lo largo de la vida, y particularmente en el Servicio Diplomático de la Santa Sede, uno aprende que no es posible prever los destinos que se le van confiando. Al mismo tiempo, ya desde el sacerdocio, cualquier ministro sabe que todo cuanto se nos pide puede y debe ser leído bajo la óptica de la Providencia divina. Personalmente, nunca imaginé las misiones que se me han ido encomendando.
Desde los primeros años, después de los estudios en la Pontificia Academia Eclesiástica, fui enviado a Kenia y estuve allí cuatro años; luego a la Nunciatura en la entonces Yugoslavia, durante un momento especialmente difícil, la Guerra del Kosovo. Más tarde fui enviado a Ginebra, a la Misión ante las Naciones Unidas y las Organizaciones especializadas, así como ante la Organización Mundial del Comercio; después a la Nunciatura en Sudáfrica y, tras mi paso por la ciudad de Pretoria, estuve cuatro años en la Nunciatura en Honduras y, luego, cuatro años más en la Nunciatura en México.
Posteriormente, el papa Benedicto XVI me envió a servir como nuncio apostólico en la Nunciatura en Pakistán y finalmente como nuncio apostólico en Mozambique, antes de ser llamado a Roma. Tampoco el servicio como sustituto estaba en mis previsiones, ni lo está ahora este nuevo encargo.
El tiempo siempre confirma lo que la fe nos dice desde el inicio: estos caminos, este “caminar sirviendo”, no responden a un proyecto propio, sino que forman parte de algo que nos precede y nos supera. Por eso lo importante es acoger cada encomienda con disponibilidad. Mi lema episcopal es Fiat voluntas tua, “Hágase tu voluntad”. Esas palabras del Padrenuestro me han acompañado siempre. Esta nueva misión estaba, de algún modo, inscrita en el corazón de Dios y se concreta a través de la voluntad del Santo Padre.
En cuanto al trabajo, no tengo duda de que Dios y el Santo Padre me confían una gran responsabilidad. Italia es una realidad eclesial particularmente rica y dinámica, con un número muy significativo de obispos, sacerdotes, consagrados e instituciones católicas, además de la responsabilidad propia de la Representación Diplomática. A ello se suma el diálogo y la relación con las otras entidades y con la realidad política y social del país, en un contexto que, como en tantas partes, está en constante evolución, lo que configura un servicio que exige dedicación y entrega.
Además, el nuncio es el decano del Cuerpo Diplomático. El Cuerpo Diplomático acreditado ante el Quirinal tiene más de ciento ochenta embajadores, de tal manera que creo que el ritmo de trabajo será constante, intenso como hasta ahora. Una labor constante al servicio de la Iglesia que peregrina en Italia y en San Marino.
P.- Es el tercer Nuncio no italiano en la República… ¿Considera que una vez más le toca navegar contracorriente en materia de opinión pública?
R.- Creo no equivocarme al afirmar que, en el cargo de sustituto de la Secretaría de Estado, también han sido llamados prelados no italianos. En los últimos años, después del cardenal Leonardo Sandri, argentino, he sido el segundo en asumir esta responsabilidad. Antes que nosotros, cabe recordar al cardenal Martínez Somalo, español, y al cardenal Cassidy, australiano, por mencionar algunos ejemplos.
Durante estos años de servicio en la Secretaría de Estado, no he percibido ningún obstáculo o dificultad en relación con mi persona debido a mi origen. Más bien, considero que en la Iglesia se ha consolidado, con el paso del tiempo, una madurez que permite reconocer progresivamente que lo verdaderamente decisivo no es la procedencia de quien recibe un encargo, sino su idoneidad por sus cualidades humanas, cristianas y sacerdotales.
Por ello, al asumir el servicio como nuncio apostólico en Italia y en San Marino, no preveo dificultades derivadas de este aspecto. Otra cuestión distinta puede ser la percepción de la opinión pública. Sin embargo, en términos generales, tampoco he advertido actitudes contrarias hacia mi persona por razón de mi nacionalidad. Desde mi ordenación episcopal en 2011, he tenido además la oportunidad de mantener una relación positiva y constructiva con los medios de comunicación.
A lo largo de los años, y también en el trato con el mundo del periodismo, he encontrado habitualmente respeto y profesionalismo, incluso en contextos diversos.
La Iglesia, por su propia naturaleza, es universal, y esa universalidad se expresa también en los servicios que se nos confían en distintos lugares. En este sentido, el origen de la persona pasa a un segundo plano frente a la misión a la que se le destina. Es verdad que, como sucede en cualquier ámbito, pueden darse opiniones distintas o incluso críticas, especialmente en un tiempo como el nuestro, marcado por la inmediatez y la exposición pública en el mundo digital y las redes sociales. Pero esto forma parte simplemente de la realidad y no me parece que pueda reducirse a términos de ir “a favor” o “en contra”.
En lo personal, he procurado mantener siempre una relación respetuosa y equilibrada con los medios, consciente también de la naturaleza del servicio que he desempeñado, el cual, por muchos aspectos, requiere discreción.
P.- Ser ‘ministro de la Presidencia’ —es el cargo equivalente en España— en un tiempo verdaderamente desafiante en el contexto mundial y eclesial: ¿Se sobrevive, se sufre…?
P.- Los años como sustituto han sido, ante todo, un tiempo de aprendizaje muy intenso. Es muy distinto ser nuncio que ser sustituto en la Secretaría de Estado, pues se trata de un servicio exigente y complejo, diferente a otros encargos en la Iglesia, pero al mismo tiempo profundamente enriquecedor, que permite una proximidad particular al Santo Padre y una visión muy amplia de la vida de la Iglesia, en contacto constante con quienes la sirven en tantas partes del mundo. Esta cercanía con el Santo Padre y el poder conocer de modo inmediato un amplio abanico de realidades, es una bendición para cualquier sacerdote, para cualquier obispo. Es algo que disfruté muchísimo y le doy gracias a Dios por haberme dado semejante oportunidad.
Además, Roma tiene esa característica única de ser lugar de encuentro. En estos años he tenido la oportunidad de conocer y encontrarme con muchas personas —sacerdotes, obispos, consagrados, laicos y autoridades de diversa índole— y de compartir con ellos el camino de la Iglesia en contextos muy diversos. Pude incluso volver a ver a personas que no veía desde hacía muchos años. Todo ello hace de ese servicio un verdadero don, que recibo con gratitud.
Naturalmente, no han faltado las dificultades, pero la cruz forma parte del camino. Vividas desde la fe, las dificultades ayudan a crecer, a purificar la propia mirada y a apoyarse con más humildad en Dios. También permiten comprender más a fondo a los demás, a vivir una fraternidad más auténtica y a ensanchar el corazón. En ese sentido, incluso lo exigente se convierte en una ocasión para servir mejor.
Al servicio de la fe
P.- Por su mesa habrán pasado asuntos más que delicados de la Iglesia universal y de la Curia. ¿Le han quitado el sueño o le han quitado la fe?
R.- La intensidad del trabajo propio de un sustituto hace que, al final de cada jornada, el cansancio sea tal que el descanso se impone en cuanto necesidad natural. Se duerme porque se ha llegado al límite de las propias fuerzas. En ese sentido, puedo decir que nunca he perdido el sueño a causa de los asuntos confiados; siempre he tenido la gracia de descansar bien.
El trabajo continuo es también buen maestro de una cierta ascética del trabajo: un modo de vivir las responsabilidades que exige saber detenerse, poner límites y abrir espacio a dimensiones esenciales de la vida, como la oración, la lectura y el necesario cultivo interior.
En cuanto a la fe, lejos de debilitarse, puedo afirmar que se ha purificado y fortalecido. Después de casi ocho años en este servicio, mi fe ha crecido en aspectos que antes quizá no conocía. Los problemas —aun los más complejos o dolorosos— no son realidades abstractas: detrás de cada dossier hay rostros concretos, comunidades, diócesis, obispos, consagrados y fieles que buscan luz en medio de sus dificultades. Esto, más que inquietar, impulsa a confiar más profundamente en el Señor.
Muchas veces las respuestas no están disponibles de inmediato; no se encuentran simplemente “en un cajón” de mi escritorio. Es necesario buscarlas, discernirlas y, sobre todo, hablarlas con el Señor. Es precisamente en la oración y en el encuentro con Dios donde, con frecuencia, se enciende una luz en medio de la oscuridad y se aprende a mirar con una perspectiva más amplia, más profunda, con una mirada sobrenatural de la realidad.
Si estos desafíos se afrontaran únicamente con criterios humanos, las soluciones serían limitadas y pasajeras. Para responder adecuadamente a situaciones complejas es indispensable caminar de la mano del Señor, sostenidos también por la cercanía materna de la Virgen. Sólo así las soluciones que se proponen adquieren una verdadera profundidad y perduran en el tiempo.
P.- ¿Llegó a pensar en algún momento en decir ‘Que se pare el mundo, que me bajo’?
R.- No forma parte del espíritu de un Diplomático de la Santa Sede —y, antes aún, de un cristiano, de un sacerdote y de un obispo, sucesor de los Apóstoles— la idea de “bajarse de la cruz”. En este sentido, hemos tenido un testimonio luminoso en san Juan Pablo II, cuyo ejemplo permanece vivo en la memoria de quienes lo conocimos y en la historia misma de la Iglesia.
El discípulo de Cristo no rehúye la cruz ni elude las dificultades. Tampoco permite que los problemas se prolonguen indefinidamente por evasión o cálculo. Esas pueden ser lógicas propias de estrategias meramente humanas, pero no corresponden al modo de proceder evangélico, que nos anima a que “entre nosotros no debe suceder así” (cf. Mt 20,26). Como enseña el Señor, los criterios del mundo no deben regir la vida de quienes están a su servicio (cf. Jn 17).
Para quienes hemos sido llamados a servir a Cristo y a la Iglesia, no existe la opción de “bajarnos” ni de abandonar aquello que nos ha sido confiado. Hay, además, un componente personal y formativo que refuerza esta convicción: nunca pasó por mi mente dar un paso atrás. Sin embargo, esta fidelidad puede expresarse de modos diversos. Cuando, tras un serio discernimiento en la presencia de Dios, se reconoce en conciencia que es necesario dejar una responsabilidad, no por ello se abandona la cruz. También entonces se permanece en ella, de un modo quizá más escondido, pero no menos real: sosteniendo a la Iglesia en la oración, en la ofrenda silenciosa y en la unión con Cristo. De este modo, el servicio no cesa, sino que se transforma y se profundiza.
Desde mi llegada a la Secretaría de Estado, en octubre de 2018, ciertamente no han faltado las dificultades ni los desafíos. Sin embargo, lejos de desalentarme, he experimentado una gracia particular: cuanto mayores son las pruebas, mayor es también la fuerza y el impulso interior para seguir adelante, con renovada confianza en el Señor.
Docilidad y confianza
P.-¿Cuál es el principal aprendizaje que se lleva de estos años al servicio de la Iglesia desde el epicentro de la Santa Sede?
R.-Si tuviera que expresar en pocas palabras el aprendizaje más profundo que el Señor me ha regalado a lo largo de estos años al servicio de la Iglesia, especialmente durante este periodo como sustituto, diría que ha sido, ante todo, aprender a permanecer unido a Dios. En medio de responsabilidades, decisiones y ritmos exigentes, se fue haciendo cada vez más evidente que nada tiene verdadero peso ni consistencia si no nace de una relación viva con Él, sostenida en la oración y en una confianza serena, arraigada en la certeza de su presencia fiel que no abandona a su Iglesia.
En este mismo horizonte aprendí también el sentido de la fidelidad al Santo Padre: una fidelidad plena, sin reservas ni condiciones, vivida con disponibilidad interior y auténtico sentido eclesial. Comprendí que no es una adhesión formal, sino una expresión concreta de comunión con la Iglesia, que hunde sus raíces en el Evangelio y se traduce en docilidad y confianza, participando con humildad en la misión que Cristo ha confiado a Pedro y a sus sucesores.
Al mismo tiempo, he aprendido que no existen atajos ni en la vida ni en el camino de Dios. Frente a la tentación de buscar soluciones fáciles, el verdadero camino es el de la fidelidad cotidiana, paciente y, muchas veces, silenciosa. Así se va haciendo cada vez más clara la certeza de que el valor de la persona no depende del reconocimiento que reciba, sino de lo que es ante el Maestro, que ve en lo escondido y conoce la verdad del corazón (cf. Mt 6,6).
El trabajo de cada día, incluso el más ordinario o menos visible, se revela entonces como un verdadero camino de santificación. Tiene valor por sí mismo, en cuanto se une a la ofrenda que la Iglesia presenta al Padre en la Eucaristía, más allá de cualquier aplauso. He ido comprendiendo cada vez más que la misión confiada no se mide por sus resultados visibles, sino por la fidelidad con la que se realiza, con la conciencia de ser, como dice el Evangelio, siervos inútiles que han hecho lo que debían hacer (cf. Lc 17,10).
En este contexto vislumbré también el valor de la lealtad, incluso cuando el camino se vuelve exigente: una lealtad que, vivida en la verdad, no aprisiona, sino que conduce a una profunda libertad interior, al liberar de la necesidad de agradar o de justificarse ante los demás.
Mirando en perspectiva, en mí resuena una convicción que se ha ido abriendo paso con claridad: tenemos que buscar, en cada circunstancia, hacer lo que es justo ante Dios, lo que Él quiere, independientemente de cualquier otra cosa. Porque es precisamente en ese ámbito discreto y escondido donde se decide la autenticidad de la vida y del servicio en la Iglesia; allí el servicio adquiere su sentido más pleno.
P.-Soy consciente de que Francisco confiaba plenamente en usted 24/7 cuando había que apagar cualquier fuego, que no han sido pocos. ¿Era un jefe exigente?
R.- Recordaré siempre al papa Francisco como un pastor con ideas muy claras: una visión definida de lo que él quería para la Iglesia y de lo que él pensaba sobre la responsabilidad que le correspondía como Pastor Supremo de la Iglesia. Tenía algunos principios inamovibles, que conocemos bien todos y que se pueden leer en su magisterio. Esa claridad de ideas se manifestó desde el inicio de su pontificado hasta el final, en opciones concretas y constantes: la cercanía a las periferias, el servicio a los pobres, la atención preferencial a los olvidados y una firme advertencia contra toda forma de ‘carrerismo’.
Era, sin duda, un Papa exigente. Pero su exigencia no respondía a criterios meramente organizativos o personales, sino al compromiso evangélico e incondicional que adquiría con lo que consideraba necesario hacer. Estaba comprometido con la radicalidad del Evangelio. Su exigencia era la del Evangelio mismo, aplicada con discernimiento a los desafíos concretos de nuestro tiempo.
Al mismo tiempo, esa actitud estaba siempre acompañada por la misericordia y la cercanía en el trato. Podría compartir numerosos ejemplos de ello, pero quizá baste decir que su modo de conducir la “Barca de Pedro” reflejaba precisamente lo que él entendía que la Iglesia estaba llamada a ser: fiel al Evangelio y, a la vez, cercana a cada persona y a cada realidad.
Ulterior desarrollo
P.- Francisco nunca quiso reconocerse como un Papa reformador, sin embargo, no son pocas las reformas que ha emprendido y que a usted le ha tocado aterrizar. ¿Se resiste la aplicación de la reforma de la Curia?
R.- Sin duda, el Papa Francisco ha impulsado un proceso amplio y significativo de reforma en la Iglesia. Basta pensar, por ejemplo, en la Constitución apostólica Praedicate Evangelium, que ha replanteado de manera orgánica la estructura y el funcionamiento de la Curia Romana y de sus instituciones.
Ahora bien, como sucede en todo proceso de reforma, su aplicación no es uniforme ni inmediata. Hay ámbitos en los que los cambios han avanzado con solidez y están dando frutos visibles; otros que, aunque ya iniciados, requieren consolidación, ajustes y un ulterior desarrollo; y algunos que se encuentran todavía en fase inicial.
Por eso, más que hablar de resistencias en sentido estricto, conviene reconocer la complejidad propia de cualquier proceso de transformación. Es cierto que pueden surgir dificultades o incluso observaciones críticas, pero no las interpretaría como una oposición de fondo a la reforma. Más bien, en muchos casos, se trata de un esfuerzo por asegurar que los cambios se implementen de manera adecuada, eficaz y en fidelidad a su propósito original.
Toda reforma auténtica es dinámica: avanza, se evalúa, se corrige y se fortalece. En este sentido, la responsabilidad no recae sólo en quienes la han iniciado, sino también en quienes están llamados a continuarla, para que dé fruto en beneficio de la Iglesia universal, de la Curia y, en definitiva, del Pueblo de Dios.
P.- Hay quien ha llegado a decir que Francisco vació de poder a la Secretaría de Estado. ¿Verdad o mentira?
R.- La Secretaría de Estado continúa siendo, en su esencia, la Secretaría del Papa. Así lo ha confirmado también el papa León XIV al inicio de su pontificado, con palabras de reconocimiento y aprecio hacia este organismo que está al servicio directo del Romano Pontífice.
Si se observa con atención la Constitución apostólica Praedicate Evangelium, se constata que la Secretaría de Estado ha conservado sustancialmente sus competencias, su naturaleza y su configuración fundamental, tal como fue concebida en su momento por san Pablo VI que —como hemos traído a colación antes— sirvió como sustituto mucho tiempo y conoció con profundidad el rol crucial que la Secretaría de Estado desempeña en la vida de la Iglesia. No ha habido, por tanto, un vaciamiento de su función, sino una reafirmación de su servicio en el conjunto de la Curia.
Es más, algunos aspectos han sido incluso fortalecidos o explicitados, como su papel de coordinación dentro de la Curia Romana. Esta coordinación no debe entenderse como una instancia de superioridad sobre los Dicasterios, sino como un servicio de comunión y de articulación, en estrecha colaboración con la misión propia del Vicario de Cristo.
Por ello, considero que ciertas afirmaciones responden más a percepciones o interpretaciones parciales que a la realidad de los hechos. La Secretaría de Estado sigue desempeñando su misión con fidelidad y continuidad. Así fue durante el pontificado del papa Francisco como ahora en el del papa León XIV, siempre al servicio del Santo Padre, de la Santa Sede y de la Iglesia universal.
Un proceso complejo
P.- Una de las encrucijadas más complejas a las que se ha enfrentado es el caso ‘Becciu’, con la fraudulenta compra-venta de un edificio en Londres. Tras un largo proceso, la justicia civil confirmó que la Santa Sede fue víctima y no cómplice. ¿Cómo vivió estar en el punto de mira y saberse incluso ‘condenado’ por algunos foros mediáticos y eclesiásticos?
R.- Bueno, forma parte de la responsabilidad que uno asume al decir “sí” al Santo Padre aceptar también todo lo que ese servicio comporta, incluidas las pruebas más exigentes. El denominado “proceso de Londres” ha sido, sin duda, un proceso complejo y particularmente arduo, por su alcance y repercusiones.
Ha requerido una dedicación considerable de tiempo y energías. Sin embargo, nunca hemos dejado de cumplir con nuestra misión: continuamos adelante con el trabajo ordinario, tanto ad intra como ad extra, sosteniendo al mismo tiempo el peso de un proceso que no ha sido fácil.
En cuanto a la experiencia personal, ha sido también una ocasión de vivir con mayor profundidad el sentido de la responsabilidad y del abandono confiado en Dios. En contextos así, donde no faltan juicios apresurados o interpretaciones parciales —incluso en ámbitos mediáticos y eclesiales—, es fundamental permanecer anclados en la verdad y en la propia conciencia.
Por lo que respecta al fondo del asunto, me limito a subrayar lo esencial: tanto en el proceso desarrollado en el Vaticano como en las instancias posteriores en el Reino Unido, se ha reconocido claramente que la Santa Sede fue víctima y no cómplice. Este punto ha quedado establecido en las decisiones judiciales, confirmando lo que desde el inicio se había sostenido.
Más allá de las dificultades, esta experiencia ha sido también una escuela de paciencia, de discernimiento y de confianza en la que, incluso en medio de situaciones complejas, la verdad termina por abrirse camino.
P.- ¿Cómo definiría León XIV en estos meses de trabajo que ha podido compartir con él?
R.- Desde el inicio de su pontificado, el papa León XIV ha sido acogido de manera muy positiva por el Pueblo de Dios. Yo diría, ante todo, que es el Papa que el Señor ha querido dar a la Iglesia en este tiempo; y en ese sentido, es un gran Papa, porque es el pastor que Cristo ha suscitado para guiar a su Iglesia hoy.
En la experiencia directa del trabajo cotidiano, he encontrado en él a un hombre profundamente entregado: con una gran capacidad de trabajo, disponible, diligente y dedicado totalmente a la misión que le ha sido confiada. Esa entrega genera en todos nosotros una renovada esperanza, al saber que la Iglesia cuenta con un servidor fiel, que continúa —en comunión con sus predecesores— el camino al servicio del Evangelio, de la Iglesia y del mundo.
En este tiempo compartido, que se acerca ya al año, puedo decir que con el Papa León XIV se trabaja mucho, pero se trabaja muy bien. Y esto se debe, en gran parte, a una cualidad que muchos ya reconocen en él: una extraordinaria capacidad para escuchar. Esa capacidad de escucha no es sólo una actitud humana, sino también una disposición espiritual que enriquece el discernimiento y fortalece la comunión.
En definitiva, es un pastor que une claridad en la misión, entrega generosa y una profunda atención a las personas, signos que iluminan el camino de la Iglesia en el momento presente. Su Santidad tiene el Evangelio de Jesucristo grabado en el corazón, y eso es lo que he visto en sus gestos y palabras.
Una misión impensable
P.- Cuando echa una vista atrás y se detiene en aquel joven al que su obispo envió a estudiar la carrera diplomática, la carrera eclesiástica en Roma, ¿se imaginaba que acabaría siendo tanto sustituto de la Secretaría de Estado como Nuncio en Italia y en San Marino?
R.- Sinceramente, no. Es difícil imaginar un camino así desde el inicio. Pero, si le soy franco, tampoco hubiera podido prever muchas otras etapas de mi vida: nunca pensé que viviría en África —y menos aún en varias ocasiones—, ni que mi misión me llevaría a lugares como Pakistán.
La vida sacerdotal tiene algo de una hermosa aventura, una aventura en la que uno descubre que aquello que habría podido proyectar para sí mismo resulta siempre pequeño frente a lo que Dios, en su amor, nos tiene preparado. Dios nos ama más de lo que somos capaces de amarnos a nosotros mismos, y su designio supera siempre nuestras expectativas.
Por eso, al contemplar mi camino, lo que brota ante todo es una profunda acción de gracias. Todo ha sido don, todo ha sido obra de Dios que ha ido guiando, paso a paso, mi existencia.
Y ahora, al mirar esta etapa más madura de la vida, surgen también pensamientos y sentimientos que invitan a prepararse para el encuentro definitivo con el Creador. Esa es la gran meta: la Pascua personal de cada uno, el encuentro con Aquel que nos llamó, que nos eligió y que nos ha amado desde siempre.
Desde el inicio, desde los albores de mi vocación, siempre he sabido que cuento con el respaldo del Señor cada vez que se me ha encomendado algo. Un nombramiento, un encargo nunca llega sólo, siempre viene acompañado de la gracia que el Señor nos da para poder llevar a cabo lo que él mismo nos pide. De verdad que me he esforzado por encarnar aquel consejo de san Francisco de Sales «nada pedir, nada rehusar»[1], recordando también la certeza que tenía san Ignacio de Loyola al enfatizar que la obediencia era un camino seguro para responder a Dios.
A Él, a Jesucristo, he intentado responder humildemente con toda mi vida, con toda mi alma y con todo mi ser; y en esa esperanza camino, confiado en su misericordia.
P.- Estamos ante un contexto internacional nada halagüeño. Más allá de las llamadas a la oración y a la concordia, ¿qué está llamada a hacer de manera efectiva la Santa Sede para frenar la actual escalada de violencia? ¿Realmente se puede frenar?
R.- Con frecuencia se percibe menos de lo que realmente hace la Santa Sede. Es cierto que el Santo Padre insiste en la oración y en la concordia —y no podría ser de otro modo, porque sería impensable que la Iglesia dejara de invocar estos caminos—, pero su acción no se limita a ello.
Existe una labor constante, discreta y muy concreta, que se desarrolla a través de la red de Representantes Pontificios, especialmente en regiones particularmente afectadas, como Oriente Medio. Los nuncios apostólicos, junto con sus equipos, mantienen un trabajo cotidiano de encuentros, gestiones, mediaciones y contactos que buscan abrir caminos de diálogo y aliviar tensiones. A ello se suma la acción de los obispos, de los consagrados y de tantos fieles que, desde distintos ámbitos, trabajan silenciosamente por la paz.
Muchas de estas iniciativas no encuentran eco en los medios de comunicación ni en las redes sociales, pero forman parte de un compromiso real e incesante. La Iglesia está llamada a hacerse presente en la historia, al lado de lo que sucede, acompañando a las personas y promoviendo, en la medida de sus posibilidades, espacios de encuentro y reconciliación.
Así lo hace el papa León XIV en su intensa agenda de encuentros y gestiones; así lo lleva adelante la Secretaría de Estado, bajo la guía del Cardenal Pietro Parolin; y así lo procuramos todos, cada uno según su responsabilidad.
Naturalmente, la Santa Sede no dispone de medios coercitivos ni de poder político en el sentido clásico. Hace todo lo que está a su alcance, pero no todo depende de ella. Sin embargo, esto no disminuye la importancia de su misión: predicar el Evangelio, elevando la voz por la paz, promoviendo el diálogo y recordando incansablemente la dignidad de toda persona humana.
¿Se puede frenar la violencia? La historia demuestra que sí, cuando hay voluntad, cuando se abren caminos de diálogo y cuando se antepone el bien común a los intereses particulares. Por eso, incluso en medio de la oscuridad, la Iglesia no renuncia a la esperanza ni deja de trabajar —de manera visible e invisible— para que prevalezca la paz sobre la guerra.
P.- Usted es venezolano. No sé si se atreve a vislumbrar un futuro a medio o largo plazo para su país…
R.- Creo que, a la luz de los acontecimientos recientes, todos los venezolanos vivimos con esperanza. Es un momento complejo, marcado por cambios profundos y todavía abiertos, en el que el futuro no está plenamente definido, pero sí intensamente anhelado.
El pueblo venezolano continúa cultivando una esperanza firme: la de una Venezuela renovada, donde puedan arraigarse de manera estable la justicia, la paz y la reconciliación. Una Venezuela que recupere lo mejor de su historia y de su identidad, y que pueda ofrecer un horizonte digno a todos sus hijos.
Esa esperanza no es ingenua ni superficial. Sabemos que el camino es complejo, que persisten heridas profundas —también en el ámbito institucional y social— y que aún quedan pasos importantes por dar. Sin embargo, hay signos que invitan a no perder la confianza: se perciben intentos, procesos en marcha, búsquedas —a veces frágiles, pero reales— de abrir caminos nuevos. Y es precisamente ahí donde se sitúa nuestra responsabilidad: acompañar, sostener y alentar todo lo que contribuya al bien común.
En este camino, resulta especialmente elocuente el testimonio reciente de los nuevos santos venezolanos, san José Gregorio Hernández y santa Carmen Rendiles, quienes han sido elevados a los altares como los primeros santos canonizados del país. Sus vidas nos recuerdan que, cuando se responde con fidelidad al llamado de Jesucristo, es posible transformar la realidad concreta en la que se vive: en la vida cotidiana, en el servicio humilde, en la entrega silenciosa. Son un signo de que la santidad no está lejos, sino que puede florecer en medio de nuestra propia historia y de que las acciones buenas que cada quien haga contribuyen de manera significativa.
Por eso, más que un simple deseo, hablaría de un anhelo profundo, una esperanza que se hace también compromiso. Confío en que ese camino, con el tiempo, pueda conducir a una convivencia pacífica, a una mayor concordia entre los venezolanos y a un orden verdaderamente democrático.
Y en medio de todo, como creyentes, seguimos afirmando que incluso en los momentos más inciertos, Dios no abandona a su pueblo y continúa escribiendo su historia con paciencia y fidelidad.
Preparativos españoles
P.- Deja la Secretaría de Estado con el viaje a España encaminado. ¿Cómo ha vivido sus preparativos?
R.- Efectivamente, los viajes del Santo Padre previstos para este primer semestre se encuentran ya en una fase muy avanzada de preparación. Tras el viaje a Mónaco, el de África progresa de manera muy positiva y, del mismo modo, el viaje a España avanza con buen ritmo y sólida coordinación.
En este proceso participan activamente la Secretaría de Estado y los distintos organismos implicados, a través de las habituales visitas preparatorias sobre el terreno. Recientemente se ha llevado a cabo una de esas visitas en España, cuyos resultados han sido muy satisfactorios y han permitido afinar los aspectos organizativos y pastorales del viaje.
Estamos convencidos de que será una visita muy significativa. España es un país que espera desde hace tiempo al Santo Padre, y esta ocasión representará una oportunidad especial para el encuentro, un momento para que los fieles puedan saludarle, escucharle, orar con él.
Todo indica que este viaje del papa León XIV será verdaderamente un tiempo de gracia, tanto para la Iglesia en España como para la sociedad en su conjunto. Los preparativos avanzan con serenidad y responsabilidad, con la esperanza de que este encuentro dé abundantes frutos espirituales.
[1] Entretiens spirituels, Dernier entretien [21], ed. Ravier – Devos, París 1969, p. 1319.

