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Antonio Bellella: “Bajo la ‘crisis crónica’ de la vida consagrada no hay pasividad e inercia, sino creatividad, discernimiento y valentía”

| 31/03/2026 - 13:04

El director del Instituto Teológico de Vida Religiosa reflexiona con ‘Vida Nueva’ sobre el sentido de la próxima Semana de Vida Religiosa: ‘Afrontar la reducción. Caminando y habitando en el desierto’





Entre el 8 y el 11 de abril, el Instituto Teológico de Vida Religiosa celebra en Madrid la 55 Semana de Vida Religiosa. El salón de actos del Paseo de Extremadura acogerá estas jornadas de reflexión y encuentro. Con el periodo de inscripción todavía abierto, giran en torno al lema ‘Afrontar la reducción. Caminando y habitando en el desierto’. Al frente, el director de este centro formativo, el misionero claretiano Antonio Bellella.



PREGUNTA.-Afrontar la reducción’. ¿Cree que la vida religiosa, en particular, y la Iglesia, en general, han asumido de verdad que cada vez hay menos católicos y, por tanto, menos vocaciones?

RESPUESTA.- Creo que sí. El tema no es nuevo. Suelo decir que, en la numérica vocacional, hemos pasado de la mayor cosecha de la historia -entre los años 50 y primeros 60 del siglo pasado- a la sequía más tenaz y persistente. Esta experiencia forma parte de la vida de fe de millones de católicos europeos nacidos hace 80 años. La realidad actual no se entiende si no se consideran ambos extremos. Creo no ser indulgente si afirmo que buena parte de la Iglesia, y por supuesto la vida consagrada, ha ido asumiendo con sano realismo, no exento de dolor, las implicaciones de esta coyuntura. Otra cosa es determinar cómo los elementos de este proceso interactúan entre sí en el día a día a nivel consciente e inconsciente, personal e institucional. En esto último, habría un amplísimo abanico de respuestas.

P.- Ante la falta de religiosos, ¿el laico se ve como solución, como parche o como verdadero corresponsable del carisma y la misión?

R.- Todos somos una solución y nadie es una solución. Buscar soluciones no deja de ser una trampa. Y quien mire al laico como “una solución” busca «pan para hoy y hambre para mañana». La teología de comunión y la de los carismas nos han ayudado a ver que la riqueza de las formas de vida eclesiales no es una falacia y que éstas no se pueden manipular ni encajonar en departamentos estancos. Ninguna vocación crea grupos autosuficientes y ninguno de los carismas se basta por sí mismo. Si algo pone de manifiesto la crisis de la reducción es que hay que repensar y rehacer el tejido relacional intraeclesial, a todos los niveles. Esta es para mí la mayor urgencia.

Incertidumbre latente

P.- Cierre de comunidades, de obras apostólicas… Se trata de un proceso doloroso, pero ¿cree que se está haciendo de la mejor manera posible o en este punto también habría que reforzar una cultura del cuidado y del adiós?

R.- Los criterios del cuidado se aplican cabalmente. Sin embargo, adolecemos de incapacidad para decir “adiós”, para cerrar etapas. Desde hace tiempo me pregunto cuál sería el límite de lo soportable en lo que tiene de negativo el proceso de reducción. ¿Cuánto podemos aguantar? ¿Hasta dónde se puede caer? ¿Qué haremos cuándo solo nos queden un par de casas llenas de personas en su mayoría asistidas?  Estas cuestiones están en el día a día de la mesa de los consejos generales y provinciales, y exigen tomar postura. Hay incertidumbre. Algunas decisiones son estratégicas e hipotéticamente indoloras. Otras, la mayor parte, afectan hondamente a la vida de las personas y cuesta asumirlas. Es natural que se tienda a postergarlas y, a veces, a maquillar sus consecuencias. También es verdad que la buena voluntad de los consagrados, su deseo de “morir de pie como los árboles”, que decía Pedro Casaldáliga, ofusca a menudo el análisis de la realidad. Todo cierre genera tensión, oposición y dolor, pero no más del que causa el mantenimiento agónico de actividades inviables.

P.- Una de las tentaciones ante esta falta de relevo sería conseguir números a la desesperada, con el riesgo de manipular los procesos de discernimiento, con las consecuencias que conlleva. ¿Lo ve así?

R.- A mi alrededor, en las congregaciones que conozco, no veo desesperación sobre este particular, sino aceptación serena y preocupación lúcida, que no derivan en resignación pasiva. Diría que el conjunto de la vida consagrada afronta el duro proceso de reducción y sus consecuencias sin dramatizar. Sobre la segunda parte de la pregunta, del diálogo con los responsables de la formación se deduce que los procesos de aceptación de candidatos y discernimiento vocacional se toman muy en serio. A la hora de incorporar a quienes llaman a nuestras puertas, se intenta evitar tanto la multiplicación de requisitos imposibles como la ingenua frivolidad. No olvidemos que esa frivolidad ha sido y es el campo de cultivo de algunos excesos que todos lamentamos. Por otro lado, la gran fragilidad de nuestras instituciones y personas se convierte muy pronto en un buen antídoto para quienes se acercan a nosotros por motivaciones superficiales.

P.- En esta misma línea de intentar ‘captar’ más, ¿irían esas dinámicas emotivistas sobre las que alerta la Conferencia Episcopal Española en su nueva nota doctrinal?

R.- La emoción y el entusiasmo son fenómenos presentes en cualquier experiencia transformante que irrumpe en nuestras vidas. Ambos aportan el impulso necesario para optar por algo distinto, para reconstruir la vida y los proyectos personales. No obstante, es evidente que el emotivismo no basta y es también evidente que hay que examinar su origen y desarrollo para otorgarle consistencia y construir sobre roca.

Criterios restrictivos

P.- Ante la falta de relevo vocacional en Occidente, parece que ya ha pasado el intento de suplir ausencias con consagrados de “importación”. ¿Considera que se ha dado un salto a comunidades verdaderamente internacionales donde no prima sostener como sea las obras?

R.- Las fundaciones en países que se consideran un “semillero vocacional” se hacen hoy con discreción y mesura. En esta cuestión se ha pasado de un optimismo inocente a la puesta en práctica de criterios más restrictivos, que incluyen la obligación de alargar, acompañar y cualificar los procesos formativos en el lugar de origen. Hace años que los destinos a Europa de personas consagradas nacidas en otros continentes no se inscriben en una dinámica de mantenimiento acrítico de algunas actividades, sino en la puesta en marcha y sostenimiento de proyectos apostólicos o carismáticos, que cada congregación asume como propios. Lo mismo se aplica a la creación de comunidades interculturales, al diálogo con la tradición congregacional y a la apuesta por situarnos en lugares distintos. Bajo el paraguas de la llamada “crisis crónica” de la vida consagrada no hay pasividad e inercia, sino creatividad, discernimiento y valentía.

P.- En medio del desierto que recoge el lema de las jornadas, ¿cuáles son los oasis en los que detenerse para poder decir con esperanza hay futuro en la vida religiosa?

R.- Por supuesto que hay futuro. Peor lo tuvieron quienes fueron expulsados de sus conventos en el siglo XIX y no tenían donde ir; o la Compañía de Jesús que fue suprimida en 1773 por el papa Clemente XIV; o la misma Iglesia que pasó de ser mayoritaria en la actual Turquía a tener las humildes dimensiones actuales. Reducirse no equivale a desaparecer. La vida consagrada está creando aquí y más allá de nuestras fronteras espacios distintos que mantienen su significatividad y su aportación específica. Asimismo, está repensándose a sí misma de otra manera a partir de unas nuevas claves de comunión, participación, minoridad, misión y ministerialidad.

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