Han pasado más de 50 años. Pero hay recuerdos que el tiempo no puede borrar. En el caso de Fernando Urbieta, esos recuerdos van ligados a la Semana Santa y a su familia, a los nervios de los preparativos los meses previos a la procesión y a una fe que se vivía en la calle. “Eran otros tiempos. Éramos jóvenes y lo vivíamos con mucha ilusión. Había un ambiente alrededor de la procesión, cuando salía, muy distinto a lo que se ha vivido años después”, explica a ‘Vida Nueva’. “Recogías el traje, lo planchabas un poco, y después de la procesión había que devolverlo limpio. Era un trabajo sencillo, pero lo vivías como algo ilusionante, no como un esfuerzo, sino casi como un entretenimiento”, añade.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Era otra forma de vivirlo. “Todo lo que rodeaba a la procesión lo vivías con predisposición y con la ilusión propia de la juventud. Era algo que te apetecía hacer”, prosigue. Y luego, de repente, nada. Y es que hace ya más de cinco décadas que San Sebastián vio cómo sus calles perdían sus pasos. “Durante todos estos años, lo que quedaba era nostalgia y no saber muy bien por qué dejaron de hacerse las procesiones, porque no era solo una, eran varias y desaparecieron todas”, lamenta.
Urbieta habla al otro lado del teléfono, pero al pie, de nuevo, de los pasos junto a los que caminaba en su juventud. Y es que la capital guipuzcoana, la única de nuestro país que no tenía procesión, recupera este año el paso bajo el paraguas de la Cofradía Nuestro Padre Jesús Nazareno, creada en 1927 y puesta de nuevo en marcha por un grupo de laicos que ya ha conseguido reunir a más de 400 participantes. “Cuando vi el anuncio de que volvía la procesión, volvió también esa nostalgia, pero también la ilusión de los preparativos y de poder participar”, asegura Urbieta, que ahora lo vive “con la distancia de la edad, pero con la misma ilusión”. Y, sobre todo, con sorpresa al ver “a tanta gente apuntada y a gente joven… eso da muchísima alegría”.
Para este laico comprometido, algo más preocupante que la ausencia de procesiones: “En San Sebastián estamos llegando a una situación de ignorancia, más que de ateísmo, y eso es más preocupante”. “Ahora está muy de moda decir que no se bautiza a los hijos ni se les lleva a catequesis para que decidan cuando sean mayores, pero, ¿cómo van a decidir si no se les ha enseñado nada?”, lamenta. Por eso, lo que está ocurriendo ahora con este despertar cofrade no es algo menor para él: “Que vuelva la procesión y que la religión salga a la calle produce alegría”.
Algo improvisado
No ha sido una recuperación institucional. Ni un plan diseñado meticulosamente. Ha sido algo mucho más improvisado. “Estamos empezando de cero: planchar, pintar, lijar, sacar brillo… todo lo que hace falta para que salga adelante”, explica Thais Munuera, una de las impulsoras. “Teníamos interés en que saliera una procesión”, señala. “Ya había una de la Virgen, que sube al Sagrado Corazón de Urgull, y también una del Sagrado Corazón, pero ninguna en las calles de San Sebastián”, recuerda. El primer paso fue sencillo: hablar. “Estuvimos hablando con el párroco de la catedral, el padre Jon Molina, y nos acogió con muchísima ilusión, porque él también tenía ese interés”, relata.
“Enseguida nos pusimos de acuerdo y formamos un grupo de trabajo para repartir tareas. Empezamos a trabajar en julio o agosto”, rememora. Sin certezas. Solo un pequeño grupo de personas que querían sacar la fe a la calle. “Tampoco sabíamos si esto iba a ser secundado por 50 personas, por dos o por ninguna”, detalla. Por eso, que haya ya más de 400 es algo que “nos ha sorprendido mucho”.
“La respuesta fue inmediata y con mucho cariño. Incluso hay gente que nos ha contado que ya había participado antes y nos ha enseñado fotos”, agrega. En principio, “hicimos talleres porque había muchas cosas que preparar: pintar, limpiar, plata que estaba negra y no se veía nada”. Y, lo que comenzó como una pequeña convocatoria, acabó congregando cada día a más de 25 personas de todas las edades. “Venían niñas después del colegio a pegar carteles, personas mayores, como Fernando, con 80 años, limpiando plata… Ha sido algo muy bonito”, señala Munuera.
Patrimonio en mal estado
“La Semana Santa es el momento más importante para un católico”, apunta Munuera, ya que durante este periodo “se puede compartir la fe de manera pública, hacer presente la Pasión”. Además, “también es parte de nuestra historia y cultura”. Por eso, confiesa que está “deseando llegar a las mil personas para ir al centro de atracción turística y decir: ‘Oiga, somos mil, a ver qué van a hacer’. Aunque sea un folleto”. Mientras tanto, hay quien ha tenido que empezar por lo más básico: reconstruir. “Todo el patrimonio de la cofradía que existió en su momento se había deteriorado mucho”, explica Santiago Reyes. “Además, se había perdido bastante, porque muchas imágenes fueron dadas a cofradías de otras localidades. Nos encontramos con muy pocas cosas y en mal estado”, cuenta.
Él ha formado parte de un grupo de personas que se ha dedicado a adecentar todo, recuperando tres pasos originales de la procesión: Jesús Nazareno, el Cristo yacente y la Virgen de la Soledad, que han sido restaurados y que, 59 años después, volverán a salir en andas de la Catedral del Buen Pastor, esta vez, el Viernes Santo –3 de abril– a las 20:30 horas.
“No he sido solo yo, sino un grupo de varias personas que nos hemos dedicado a adecentarlo: quitar el polvo, rehacer algún dedo… Ha sido un trabajo conjunto”, insiste Reyes, haciendo hincapié en la comunidad que se ha creado a partir de esta tarea: “Hay una mujer de 89 años que ha confeccionado las vestiduras, un chico ha estado pintando, una enfermera ayudaba por las tardes…”. Cada uno con lo suyo. “Ha sido un grupo de trabajo muy variado, cada uno aportando lo que podía”, señala. Incluso otras parroquias se han sumado: “Nos han dejado sus imágenes y entre unas y otras hemos compuesto los pasos”.