Cono Sur

Los curas villeros piden al papa Francisco que no les suelte la mano

| 20/03/2026 - 15:00

  • Los sacerdotes reclaman a las autoridades encarar, decididamente, las consecuencias de las heridas sociales
  • A los miembros de la Iglesia les instan a una conversión pastoral, con misericordia, para no endurecer el corazón frente al sufrimiento de la gente





En el marco del 18º aniversario de la creación de los Hogares de Cristo, los sacerdotes de las villas y barrios populares, emitieron un comunicado bajo el título: “Francisco: gracias. Y ahora, no nos sueltes la mano”.



El paso de Francisco

A casi un año de la Pascua del papa Francisco, las comunidades de las distintas regiones del país, recordaron al Pontífice argentino como el Pastor que caminó junto al pueblo y conoció la textura concreta de la historia: caminaba los pasillos, se detenía a escuchar, sabía que la vida del pueblo no es materia de estudio sino lugar teológico.

Desde aquella elección de marzo del 2013, en la que se definió como “un pecador en quien el Señor puso los ojos”, marcó lo que sería su accionar pastoral: no una Iglesia autosuficiente, sino una Iglesia que vive de la misericordia y la ofrece.

Francisco retomó la intuición del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia como Pueblo de Dios en camino: una comunión que vive la fe encarnada en una cultura concreta, donde la escucha y el discernimiento son prácticas cotidianas y con la misericordia como fundamento de toda la pastoral.

El pueblo, protagonista

Los curas villeros destacaron que, en los barrios, aprendieron que el pueblo no es objeto de asistencia o destinatario pasivo de programas pastorales. “El pueblo es sujeto creyente. Tiene memoria, símbolos, sabiduría práctica, capacidad de organización, fe resistente”, afirmaron. Y pusieron ejemplos de eclesialidad barrial: cuando una madre organiza el rosario donde hubo violencia; cuando los vecinos levantan una capilla con materiales precarios, cuando una comunidad sostiene a un joven en recuperación aunque haya recaída. Entonces, el pueblo es un sujeto histórico-cultural que expresa su fe y la encarna.

Sostuvieron que “no se trata de romantizar la pobreza ni de negar las heridas sociales. Se trata de reconocer que en medio de la fragilidad el Espíritu actúa y que la evangelización no consiste en llevar a Dios donde no está, sino en descubrir cómo ya está obrando”.

Referenciaron al papa León XIV que recuerda que los pobres no pueden ser considerados solamente como un “problema social”; son una “cuestión familiar”, “son de los nuestros” (Dilexi te, 104). Esta afirmación implica reconocer que la Iglesia no se relaciona con los pobres desde la exterioridad sino desde la pertenencia y que camina con ellos como parte de una misma familia.

Aseguraron que, en las comunidades, la presencia precede a la estructura, la comunidad al proyecto, y la escucha a la palabra; y la auténtica evangelización comienza con el encuentro personal, el acompañamiento y con el discernimiento en una búsqueda compartida de la voluntad de Dios en medio de la historia.

La realidad

Desde esta experiencia, los sacerdotes afirmaron que la experiencia les muestra que la Iglesia crece cuando se deja afectar por el dolor real del pueblo. Por eso, la pastoral no se reduce a la administración de sacramentos y eventos, sino que debe abarcar la totalidad de la vida humana: educación, trabajo, cultura, salud, vínculos, espiritualidad.

En el comunicado, enumeraron las heridas de la realidad social actual (el narcotráfico, la circulación de armas, la fragmentación social y falta de horizontes para jóvenes) que requiere una respuesta integral. Constataron que “el pueblo no espera soluciones mágicas, espera presencia fiel. Y esa presencia transforma porque reconstruye tejido comunitario y devuelve dignidad”.

Les recordaron a las autoridades del Estado que ninguna política pública será suficiente si no enfrenta el entramado del narcotráfico y el lavado de dinero, y si un Estado verdaderamente inteligente no promueve de manera sostenida la educación, el trabajo y la vivienda digna.

La Pascua de Francisco no puede quedar reducida a memoria afectiva, sino convertirse en un llamado a la conversión pastoral: revisar prácticas y seguridades, pasar de una pastoral de conservación a una pastoral misionera y cercana, escuchar al pueblo como interlocutor y asumir el tiempo y la humildad del discernimiento comunitario.

Por lo tanto, pidieron a toda la Iglesia, “porque creemos que la renovación comienza por casa”, dejarse mirar nuevamente por la misericordia para no endurecer el corazón frente al sufrimiento de la gente y no instalarse en seguridades que nos apartan de la historia real. Pidieron, finalmente, a la Virgen de Luján que Ella les enseñe a permanecer junto a los más frágiles y a sostener la esperanza.

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