El capuchino Roberto Pasolini inaugura las meditaciones de Cuaresma en el Vaticano con una llamada a la conversión y a la humildad como camino real hacia la paz
Roberto Pasolini
Las guerras que sacuden el mundo también resonaron esta mañana en el Aula Pablo VI del Vaticano. Allí, ante el Papa y la Curia romana, el predicador de la Casa Pontificia, el fraile capuchino Roberto Pasolini, inauguró el 6 de marzo las meditaciones de Cuaresma con una reflexión que no eludió la gravedad del momento histórico.
El tema elegido para estas semanas —‘La conversión. Seguir al Señor Jesús por el camino de la humildad’— atraviesa todas las meditaciones que se celebrarán los viernes hasta el 27 de marzo, justo antes del inicio de la Semana Santa. El hilo conductor lo marca una frase de san Pablo: “Si alguno está en Cristo, es una nueva creación” (2 Cor 5,17).
Pasolini comenzó situando la reflexión en el contexto de un mundo herido por la violencia. “En días nuevamente marcados por el dolor y la violencia”, afirmó, “hablar de pequeñez podría parecer abstracto, casi un lujo espiritual. En realidad, es una responsabilidad concreta, ligada al destino del mundo”.
Para el predicador de la Casa Pontificia, la paz no depende únicamente de estrategias diplomáticas o de equilibrios de poder. “La paz nace no solo de acuerdos políticos, ni de estrategias diplomáticas o militares, sino de hombres y mujeres que encuentran el coraje de hacerse pequeños”, subrayó.
Según explicó, esa pequeñez evangélica implica algo muy concreto: “ser capaces de dar un paso atrás, de renunciar a la violencia en todas sus formas, de no ceder a la tentación de la opresión y de optar por el diálogo incluso cuando las circunstancias parecen negarlo”. Un camino que, reconoció, exige una conversión real del corazón.
En su primera predicación de Cuaresma, Pasolini quiso detenerse precisamente en esa palabra que atraviesa todo el tiempo litúrgico que conduce a la Pascua: conversión. Para explicarlo recurrió a la figura de san Francisco de Asís, al que definió como “un hombre traspasado por el fuego del Evangelio, capaz de reavivar en cada persona el anhelo de una nueva vida en el Espíritu”.
Sin embargo, antes de avanzar en el argumento, el predicador ha advertido que no siempre se entiende bien qué significa convertirse. “La conversión evangélica es ante todo iniciativa de Dios, en la que el hombre está llamado a participar con toda su libertad”, explicó.
Ese cambio ocurre en lo más profundo de la persona. Allí donde, según la tradición cristiana, permanece inscrita la imagen de Dios. “Sucede en lo más íntimo de nuestra naturaleza, donde la imagen de Dios impresa en nosotros espera ser despertada”.
Pasolini recordó que san Francisco hablaba de “hacer penitencia” cuando describía el inicio del camino espiritual. Esto implica aprender a mirar la vida, a los demás y a uno mismo desde el Evangelio. “La conversión ya no es un intento de enderezar la vida con las propias fuerzas, sino la respuesta a una gracia que ha redefinido los parámetros de nuestra forma de percibir, juzgar y desear”, ha subrayado el fraile.
Del mismo modo, en su reflexión, el predicador abordó también la cuestión del pecado. “En la conciencia común —y a veces incluso en la vida de la Iglesia— todo se explica como fragilidad, herida o limitación”, señaló. “Si ya no existe la posibilidad del verdadero mal, ni siquiera podemos creer en la posibilidad del verdadero bien. Si el pecado desaparece, incluso la santidad se convierte en un destino abstracto e incomprensible”.
En este contexto, Pasolini volvió a la figura de san Francisco de Asís para explicar por qué la humildad ocupa un lugar central en la vida cristiana. “La humildad es un camino que todo bautizado está llamado a seguir si desea acoger plenamente la gracia de la vida en Cristo”.
“La humildad no empobrece al hombre: lo restituye a sí mismo. No lo disminuye: lo restituye a su verdadera grandeza”, añadió. En este sentido, “el pecado original surge de la negativa a aceptarse como un ser humano finito, dependiente de Dios”.
“Los pequeños, con su fragilidad, despiertan la misericordia, que es quizás la energía más preciosa del mundo”, continuó. “Cuando elegimos hacernos pequeños —no permanecer pequeños— porque hemos reconocido la pequeñez de Dios y nos hemos sentido acogidos por Él, esta elección no es una regresión: es el rostro del hombre nuevo”.
“Conversión significa iniciar continuamente este movimiento del corazón, mediante el cual nuestra pobreza se abre a la gracia de Dios”, concluyó. “Pensamos a menudo que la pequeñez evangélica solo es posible cuando todo marcha bien. En realidad ocurre lo contrario. La luz muestra su fuerza no cuando todo está claro, sino cuando reina la oscuridad”.