La fiesta de la Virgen de la Candelaria está profundamente arraigada en Atacama, territorio del gran desierto del norte de Chile y zona de grandes minas.
Este domingo 8, en su Santuario vecino a la ciudad de Copiapó, sector de ‘Pueblo de Indios’ luego llamado San Fernando, el obispo Ricardo Morales presidió la Misa Solemne de la Fiesta con una multitud de fieles y 54 bailes religiosos participando activamente, llegados desde muchas localidades vecinas y de otras regiones. La música de las bandas y el colorido de las vestimentas de los danzantes daban el tono de alegría, entusiasmo y cariño con que se celebra a la Virgen.
Era la culminación de la celebración anual. Son 12 días dedicados orar, meditar y celebrar: la novena y 3 días de la fiesta. Durante la novena hay rezo del rosario y luego una catequesis diaria del obispo que, este año, estuvo dedicada a la devoción a la Virgen María. En una de ellas, el pastor explicó que para ser verdaderos evangelizadores “debemos rezar juntos, esperar juntos, dejarnos incendiar por ese fuego del Espíritu Santo”. Recordó que María no es una reina en las alturas, sino la mujer de lo cotidiano y que aprender a evangelizar con ella es estar cerca de las familias, de las personas enfermas, los ancianos, los migrantes, los pobres. “Ella nos enseña a ser Iglesia, que no se encierra y que no se cansa de amar”, sostuvo.
Durante la novena, cada día tiene una dedicación especial: los enfermos, los jóvenes, los mineros, los trabajadores… En la Misa del día de los enfermos, el obispo Morales recordó que “El Señor no nos dice: vengan cuando estén bien, ni cuando ya no duela aquella situación que provoca dolor. Dice: vengan, así como están”. Añadió: “a veces el alivio es sentir que no estamos solos, que Dios nos sostiene cuando ya no damos más” e invitó a vivir la enfermedad acompañados por el Señor: “Que la enfermedad o el cuidado de un enfermo no sea una tarea solitaria, sino que se haga de la mano del Señor”, confiados en la bondad de Dios: “Esa es la confianza que nos tiene aquí, que nos anima en nuestra vida de fe”.
A los jóvenes, el obispo les recordó la instrucción de Jesús de enviar a sus discípulos sin ningún tipo de seguridad, ni túnica ni dinero. “Jesús nos quiere discípulos libres, con un corazón liviano, explicó Morales, porque cuando uno empieza a llenarse de seguridades se vuelve pesado; el que camina sencillo puede reconocer con gratitud el pan que le regalan, el techo que le ofrecen, la bondad inesperada”. Por eso, dijo que el evangelio no se anuncia desde tener todo controlado sino desde la confianza en el Señor. “No podemos ser ingenuos, tenemos que planificar y tener metas, pero siempre abandonados en el Señor”, dijo, y llamó a no quedar atrapados en el rechazo, sino a tener libertad del corazón, porque “hay puertas que se cierran, pero no para que te amargues sino más bien para seguir caminando hacia donde encuentres corazones más dispuestos. Lo que nos corresponde es caminar confiados en quien nos envía”.
En la homilía de la Misa por los trabajadores, el obispo Morales, reconoció que hay momentos en que el trabajo pesa y llamó a confiar en Jesús. Citando a San Juan Pablo II, afirmó que “el trabajo es un bien del hombre, no solo útil sino digno, expresa y aumenta la dignidad, y trabajando el ser humano se realiza en su plenitud”. Más adelante pidió al Señor “que suba a nuestra barca, a nuestro trabajo, que bendiga nuestras manos y nuestro corazón, nos devuelva la dignidad cuando nos sentimos poco reconocidos”. En la celebración se rezó por las autoridades, por quienes realizan trabajos de riesgo, por los cesantes, y se recordó a los siete trabajadores fallecidos en faenas mineras en el año.
Terminada la novena, durante los dos días previos a la Misa Solemne van llegando los bailes religiosos que se presentan a la Virgen en el santuario, uno a uno. El domingo culminó la celebración con casi 10 mil participantes y 54 bailes religiosos. Decenas de sacerdotes administran el sacramento de la Confesión y luego concelebran en la Misa Solemne, durante la mañana. En la tarde, salen en procesión las dos imágenes de la Virgen: la original, encontrada en las cercanías del Salar de Maricunga por el arriero Mariano Caro Inca en 1780, figura tallada en una piedra plana de 14 centímetros de alto; y otra imagen más grande y vestida para la ocasión. Durante 4 horas los bailes religiosos acompañaron la procesión por las calles en torno al santuario.
El arriero Caro Inca llevó su hallazgo al Pueblo de Indios donde llamó la atención, se generó la leyenda y atrajo peregrinos. Esto motivó al párroco a construir un santuario en 1800, que fue reconstruido tras un incendio en 1922. La fiesta se ha constituido en un referente de la religiosidad popular de la región de Atacama, y se han ido organizando cofradías de bailes religiosos que agrupan a mineros de la zona y se preparan durante el año para festejar a su patrona.
En la homilía de la Misa Solemne de este año, el obispo Morales señaló que Dios entra en la casa de la humanidad como una luz tranquila, “no una luz que encandila, sino que guía y orienta”, aclaró que “la verdadera luz no siempre cambia de golpe las circunstancias; muchas veces cambia primero el corazón”. Añadió que Jesús no deja a nadie indiferente: “Donde Él está se aclaran las intenciones, se caen las caretas; su luz sirve para mostrar lo más profundo del ser humano”, e invitó a preguntarse: “¿Qué revela en mí la luz de Cristo?, ¿qué ilumina en mi oscuridad?”.
El obispo propuso a los peregrinos pedir a la Virgen la gracia de no acostumbrarse a la fe y, al salir de la fiesta y regresar a casa, “no llevarnos solo el recuerdo de una bonita celebración, sino una decisión interior: ¿qué quiere el Señor?”. Llamó, además, a cultivar palabras claras y sinceras, gestos de justicia y bondad, y a crecer en paciencia y misericordia.