Para abordar el tema de la justicia social, la jueza argentina ofrece un amplio arco de posibilidades para ver y comprender el mundo del trabajo
Adela Pérez del Viso es abogada y notaria por la Universidad Nacional del Litoral; y magister en Derecho del Trabajo y Especialista en Educación en entornos virtuales. Entró, luego, en el Poder Judicial de San Luis como jueza multifuero; fue camarista provisoria laboral, y ahora jueza laboral de primera instancia, cargo que desempeña desde el 2023.
Da clases de Derecho Internacional público, Derecho Laboral y Oratoria en la Universidad Católica de Cuyo de San Luis. Desde 2008, es organista en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús de la ciudad de San Luis.
En diálogo con Vida Nueva, insiste en el papel de la Iglesia católica desde la sabiduría y el compromiso de la Doctrina Social de la Iglesia para la construcción del Reino de Dios.
PREGUNTA.- ¿Qué sintió y pensó ante la primera exhortación apostólica ‘Dilexi te’ del Papa León XIV?
RESPUESTA.- Los párrafos 12 y 13 de ‘Dilexi te’ me lleva a reconocer que la justicia no puede ser una abstracción técnica cuando la realidad refleja una situación de desigualdad en la que a las personas no les alcanza su salario para cubrir sus necesidades. Además, en la Exhortación, se refleja lo que ocurre con aquellas personas que trabajan y no logran salir de la pobreza, y se pone en evidencia que no es “una falta de mérito”, sino una falla estructural del sistema, respecto de la cual es necesario trabajar para generar un cambio del capital cultural (oportunidades para salir de la exclusión y creación de fuentes de riqueza y de trabajo).
Otra cosa que he pensado al meditar esta Exhortación, como mujer y cristiana, es que es muy inspiradora, porque nos invita a contemplar el amor de Cristo en los pobres y a reconocer en ellos la presencia misma de Jesús, recordándonos que nuestra fe se concretiza en gestos de amor, solidaridad y justicia hacia los más necesitados. Nos pide una auténtica transformación del corazón y de nuestra cultura para recibir, acompañar y dignificar a quienes sufren.
P.- En su trabajo como abogada y jueza laboral, ¿cuáles son las situaciones de injusticias que más la conmueven?
R.- Aquellas en las que el trabajador ha perdido la vida por un accidente de trabajo, y su familia ha quedado totalmente desamparada. Al sufrimiento de la muerte se le agrega el del agravamiento de la situación económica y la dificultad para acceder a su derecho originado por el accidente. A veces, también, se me han planteado “amparos de salud”, pidiendo la cobertura de determinada medicación; esos casos suelen ser muy fuertes porque la persona está sufriendo.
En general, toda la materia del derecho laboral es muy sensible, porque hace a lo más personal y necesitado que tiene el ser humano: el trabajo es (según la Ley de Contrato de Trabajo, art. 4) la expresión de la actividad productiva y creadora del hombre, y sólo en segundo lugar un intercambio económico.
En mi juzgado, hay que esmerarse en hacer sentir bien a las dos partes que vienen a la audiencia, y tratar de poner paz, más allá de los enojos y beligerancia. Tomo mucho tiempo en escuchar a una y otra parte, para intentar que se pongan de acuerdo, porque es lo mejor para ambas.
P.- ¿Cómo ve Ud. la tan difundida discusión que viene teniendo lugar en nuestro país respecto de la “justicia social”? ¿Quién fue el primero en acuñar este término? ¿Cómo podríamos ahondar en lo que nos propone la Doctrina Social de la Iglesia desde hace más de un siglo?
R.- La justicia social es un concepto y principio que está contenido en nuestra Constitución Nacional en el Artículo N°75, inciso 19, desde 1994. Queda claro entonces que nuestro Poder Legislativo Nacional debe buscar un progreso económico que sea socialmente justo, que asegurarán al trabajador una retribución justa.
El término de “justicia social” desde 1919, está también en la Constitución de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que menciona que la paz universal y permanente sólo puede “basarse en la justicia social”.
Se puede percibir que hay mucho sufrimiento originado por las necesidades económicas y la ausencia de herramientas personales o sociales como para salir adelante. Algunas personas nacen en familias que pueden darle apoyo de estudio y de afecto, que viven rodeadas de una idea de trabajo y cultura; otras, en cambio, viven en un entorno que no los cuida, ni tienen una cultura del esfuerzo y del estudio. Eso provoca que la situación de desigualdad social y económica se reproduzca de generación en generación, y la diferencia entre unos y otros se va ahondando.
Entonces, se comprende más la noción de justicia social, utilizada por el papa Pío XI en la encíclica ‘Quadragesimo anno’ (1931), cuando estableció en el punto 58: “A cada cual, por consiguiente, debe dársele lo suyo en la distribución de los bienes, siendo necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste a las normas del bien común o de la justicia social…”.
Por eso, como mujer cristiana católica y persona con fe, asocio la justicia social con el Reino de Dios. El Reino de Dios también está en nuestro presente, pero para eso es indispensable que todos nos arremanguemos y pongamos de nuestra parte para hacerlo realidad. Debemos trabajar por el Reino y hacerlo realidad con nuestro trabajo y nuestra forma de comportarnos.
Pienso en el Reino de Dios como una forma de vida en la cual cada uno trata de dar lo mejor de sí, aunque a veces pueda equivocarse; como una comunidad en que se busca que las personas tengan salud y paz; un ámbito en el cual unos cuidan a otros, en la medida de sus posibilidades.
P.- Hablemos de pre-juicios. ¿Cuáles son los que tienden a alejarnos de criterios reflexivos para el abordaje de nuestras realidades actuales? ¿Qué deberíamos contemplar para avanzar en una justicia social plena de verdadero sentido?
R.- En la sociedad hay prejuicios cruzados: entre sectores tildan de ideología a lo que los otros piensan y sienten. Así, ninguno se escucha, y todos utilizan la palabra “ideología” para denostar al otro. Con la cuestión de la fe y la espiritualidad pasa algo similar: a los que creen en determinada religión, se las consideran posicionadas de una manera rígida; o los que profesan una religión determinada tachan a los demás con epítetos tales como “ateos”, o diversos adjetivos “…istas”.
Como miembro de la Mesa Interreligiosa de San Luis, donde participamos miembros de distintos credos, charlando entre todos, podemos encontrar las semillas de verdad que todos tenemos en el seno de nuestras creencias, y también en relación con otras personas de buena voluntad pero sin una definición de fe determinada.
También hay prejuicios referidos al género: expresión de género, orientación sexual, identidad de género, y otras posibles causales de discriminación (enfermedad, pobreza, la carga de familia, cuestión que puede también originar prejuicios, por ejemplo, a la hora de contratar a una empleada, el tono de la piel, el origen.
En cuanto a la nacionalidad u origen, nuestro país, que se nutrió de oleadas inmigratorias, tiene un mandato constitucional de generar apertura, hospitalidad e integración. El Artículo 25 de la Constitución Nacional establece que el Estado no puede restringir o limitar la entrada en el territorio argentino a extranjeros que vengan con el propósito de trabajar la tierra, mejorar la industria o introducir y enseñar las ciencias y las artes. Y el Artículo 16 marca que todos los habitantes de Argentina son iguales ante la ley, y que la igualdad es la base del impuesto y de las cargas públicas.
Es perfectamente posible “avanzar en una justicia social plena de verdadero sentido”, dado que los instrumentos están para que el funcionario o el Juez pueda aplicarlos. Hay que tomar conciencia de que todos los actores procesales deben realizar las acciones necesarias.
Un aspecto que podría funcionar como negativo, o que impide a veces arribar a una solución justa, es el relativo a la falta de personal y de medios que a veces padece la estructura judicial. Se produce la situación de mora judicial, difícil solución. Recordemos que la justicia demorada no es justicia.
P.- ¿Su mensaje desde el Evangelio?
R.- Mi mensaje desde el Evangelio es, ante todo, un llamado a mirar al otro como un hermano y no como un expediente. El Evangelio nos recuerda la regla de oro: hacer al otro lo que quisiera que me hagan a mí y no hacer al otro lo que no quisiera que me hagan a mí.
En el ámbito de la justicia laboral, eso implica escuchar con atención, respetar la dignidad de cada persona y ejercer el poder que se nos confía con humanidad, prudencia y responsabilidad. Juzgar es, además de aplicar normas, comprender realidades concretas atravesadas por el dolor (pérdida del trabajo o de la propia empresa, enfermedad o la desigualdad).
Todos los operadores del derecho tenemos que intentar soluciones que reparen, que pacifiquen y que devuelvan dignidad, especialmente a quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad. Creo que allí se hace presente el Reino de Dios en lo cotidiano: cuando se escucha con respeto, cuando se actúa con equidad y cuando se procura que la justicia no sea una carga más, sino un camino de verdad, de cuidado y de esperanza para todos.