Juan José Aguirre, obispo de Bangassou
“La ausencia de desarrollo humano es sinónimo de guerra”. Así de claro lo explica a Vida Nueva el misionero comboniano cordobés Juan José Aguirre, obispo de Bangassou (República Centroafricana) desde hace 27 años, aunque llegó al país hace 46.
Una experiencia de casi medio siglo que le hace ver de un modo cristalino que, si “negras nubes de violencia están cayendo sobre todo el este de Centroáfrica”, es algo que no puede sorprender a nadie: “Conozco esta zona (la punta del país que termina en un punto donde Centroáfrica, Sudán del Sur y el Congo confluyen), extensa pero muy poco poblada, pues aquí se desarrolla mi trabajo apostólico”. Una pastoral por la que es uno más entre la gente, en su gran mayoría, “agricultores pacíficos, gente sencilla que viven con un euro al día y que comen de lo que producen”.
Tristemente, una vida que debería ser apacible es golpeada a diario: “La violencia actual ha sido desatada por grupos de jóvenes que están hartos de las mentiras del Gobierno, que promete desarrollo y no da nada desde hace años. Ayudados por jóvenes allende la frontera de Sudán del Sur, se hacen llamar ‘Ani Kpi Gbié’ (AAKG), que sería algo así como ‘zandes somos, y ya hemos muerto demasiados’”.
Como lamenta Aguirre, “de violentos contestatarios en 2022, se han convertido hoy en criminales sin piedad. La ciudad de Zemio se ha vaciado por el miedo y 30.000 de sus habitantes han huido a Zapai, pasando el río Ombomu y ocupando un campo de refugiados donde viven con extrema pobreza. Cien kilómetros más allá está Mboki, ciudad mártir, donde muchos de sus habitantes no musulmanes fueron tragados por la vorágine de soldados rusos y centroafricanos venidos de la capital”.
Unos 80 kilómetros más allá “está Obo, mi primer amor hace 46 años, a donde todos los habitantes de 50 kilómetros a la redonda han confluido huyendo del terror”. Hasta, “finalmente, llegar a la frontera, Bambouti, donde la Navidad ha sido pasada por sangre y 1.500 familias han huido a la misión de Source Yubu, ya en Sudán del Sur, para escapar de la violencia”. En “revancha”, los AAKG “secuestraron a la delegada del Gobierno el 28 de diciembre y la tienen aún retenida”.
Con el alma en un puño, el obispo de Bangassou advierte que “este lugar tranquilo de mis primeros años de misión fue pisoteado en 2005 por criminales ugandeses del Ejército de Resistencia del Señor (LRA), llegados de no sabemos dónde, atacando a un pueblo tranquilo que no los conocía ni de oídas”. Durante años, “paramilitares de ese grupo secuestraron a miles de jóvenes para convertirlos en niños soldado o carne fresca a la que violar”. Poco después, “llegó un grupo islámico llamado la Seleka, que nos pisoteó aún más sin saber de dónde venían ni qué querían”. Aunque se responde él mismo: “Poder, seguramente, y minerales”.
Hasta que “a estos los sustituyeron los Anti-Balaka, que decían proteger a la población, pero que la pisotearon sin vergüenza alguna”. Y, finalmente, “llegaron los Wagner rusos y los soldados Faca centroafricanos, queriendo poner orden, aunque cada vez fue de mal en peor”. Ahora, “estos AAKG han acabado de rematar la faena de abusos y tropelías”.
Desolado, Aguirre eleva al cielo un clamor sordo y con el que abrazo a su pueblo crucificado: “Decía aquel sabio papa, Pío XII, que el desarrollo era el nuevo nombre de la paz. Pero nadie ha traído desarrollo a esta región desde hace décadas y la ausencia de él se ha convertido en el nuevo nombre de la guerra y la violencia”.